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1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

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Charles Darwin quotation

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge: it is those who know little, and not those who know much, who so positively assert that this or that problem will never be solved by science

Jean-Baptiste Colbert quotation

L'art de l'imposition consiste à plumer l'oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris

Somebody quotation

El miedo es la via perfecta hacia el lado oscuro. El miedo lleva a Windows, Windows a la desesperacion, esta al odio hacia Bill Gates y ese odio lleva a LINUX

Vares Velles

Vares Velles
Al Tall

Això és Espanya (vara seguidilla) per Al Tall

dimecres, 29 d’abril de 2009

Dimecres, relats d'altri. El fotógrafo. Rafik Schami

I amb aquest capítol 98 de la novel·la de Rafik Schami "El lado oscuro del amor" acabe aquesta petita incursió en aquest llibre de 304 capítols, tots tan interessants com aquests pocs que, durant aquest mes d'abril he anat pujant. Si algú, després d'açò decideix llegir-lo, me n'alegraré per ell.


El fotógrafo


Nada fascinaba tanto a Farid como las fotos. En su primera infancia eran menos frecuentes que las estampas de santos. En la casa había siete cuadros de la Virgen María y dos cruces de la codiciada madera del huerto de los olivos de Jerusalén, En un nicho del comedor destacaba una pequeña imagen de san Antonio de Padua con el niño Jesús, copia de la famosa obra de Juan de Juni que los franciscanos habían divulgado por todo el mundo. Elías la había recibido, poco antes de nacer Farid, de manos de un abad del convento de los franciscanos, no sólo en agradecimiento por su generoso donativo, sino también porque san Antonio podía ser útil como patrón de los panaderos y como ayuda en los partos, e incluso para encontrar cosas perdidas. El abad enumeró a Elías más de diez situaciones en las que la protección del santo podía servir de ayuda, y Elías esperó fervientemente que san Antonio lo ayudara a encontrar sus llaves y que velara por Claire en el parto después de tantos abortos.

En cambio, en el salón sólo había tres fotos: una de su madre cuando tenía dieciséis años, y otra de sus padres, él de traje oscuro y ella con vestido de novia blanco, tomada una semana después de su boda secreta en Beirut; el traje y el vestido eran prestados. La tercera instantánea mostraba a Farid con dos años, vestido de marinerito y dormido en el regazo de su madre, que sonreía al fotógrafo. Junto a ella se sentaba su padre muy tieso, mirando con gran seriedad más allá de la cámara. Detrás de los padres estaba el abuelo Nagib y la abuela Lucía, ésta tan rígida como su yerno, pero el abuelo reía mirando hacia lo alto.

A finales de los años cuarenta, Basil abrió el primer estudio de fotografía moderno de la ciudad vieja. Lo llamó Estudio de las Estrellas, con el propósito de dar a su clientela un halo de Hollywood cuando posaran para su cámara.

Para Farid la fotografía era algo enigmático. Las personas estaban vivas, y sin embargo aparecían congeladas en un trozo de papel. Pero la profunda dimensión de esa magia se le hizo relmente patente cuando, en una ocasión, vio a un fotógrafo trabajando en la calle. Farid acababa de cumplir siete años ese verano, y su abuelo necesitaba hacerse con urgencia una foto por alguna razón.

- Ven, vamos al fotógrafo – le dijo a Farid.

Cerca de Bab Tuma había tres fotógrafos ante sus aparatos, grandes cajas de madera sobre trípodes ajustables también de madera. Los clientes se sentaban al aire libre en sillas plegables delante de una pared a la que habían sujetado una tela negra.

Farid y su abuelo tuvieron que esperar. Dos campesinos y un joven iban delante de ellos en la fila. Uno de los campesinos se irritó porque no quería hinchar los carrillos como le pedía el fotógrafo. Éste ordenó al campesino que le obedeciera si no quería que en la foto su cara saliera como unos calzoncillos estrujados. El otro campesino temía que la fotografía pudiera robarle el alma.

- No, no se preocupe, es como la pintura – lo calmaba el fotógrafo.

- Pero el Profeta la prohibía – explicaba el hombre.

El fotógrafo empezaba a ponerse nervioso.

- El Profeta no necesitaba ningún carnet para heredar; usted sí. Contenga la respiración – indicó.

El hombre calló e hinchó los carrillos hasta ponerlos redondos y lisos.

- Pero ¿quién pinta dentro de su caja? - preguntó cuando el fotógrafo lo dejó irse.

- La luz – respondió el fotógrafo.

- Ajá – reflexionó el campesino. Retrocedió un paso y murmuró sin entender - : La luz, la luz.

El siguiente era un joven que quería una foto de su mujer para pedir un visado que le permitiera viajar a La Meca. Pero estalló una disputa infernal cuando el hombre se negó a que su esposa se levantara el velo delante de tantos hombres. El abuelo de Farid trató de mediar, pero no sirvió de nada.

- Y yo no puedo fotografiarla con el velo negro, para eso lo mismo puedes hacerle una foto a una berenjena – exclamó el fotógrafo.

El hombre cogió de la mano a su mujer y se marchó de allí hecho una furia. Todos oyeron que ella le echaba en cara que no quería que su madre y ella hicieran la peregrinación y que por eso no buscaba más que pelea.

Farid se asombró al ver que el fotógrafo se metía bajo una tela negra sujeta por detrás al aparato y no volvía a aparecer hasta un rato después. Entonces abrió un cajón lateral que estaba lleno de un líquido y cogió una pequeña imagen oscura con un par de manchas claras, que el abuelo llamó “negativo”. Finalmente, el hombre sujetaba la pequeña imagen a una tabla y la ponía un momento delante de la lente, para luego volver a desaparecer hasta los hombros bajo el paño negro.

Al cabo de un rato salió sudando, como si hubiera estado luchando con un demonio. Abrió otra vez el extraño cajón lateral y sacó la segunda foto. Era la reproducción perfecta del hombre que al principio no quería hinchar las mejillas, y de hecho en la imagen parecía mucho más sano que en la vida real.

Sin embargo, aquel día el abuelo regresó con cuatro fotografías que no servían para nada, porque en el último momento le entraba la risa. El fotógrafo se había enfadado con él, aunque el abuelo pagó igualmente las fotos. Eran imágenes divertidas. Se las regaló a Farid que las guardó en una caja como un tesoro.

- Mañana volveré – dijo el abuelo.

- ¿Y por qué no sirven? Son bonitas – se sorprendió Farid.

- A los funcionarios no les gustan las fotos en que sales riendo, porque piensan que no te tomas sus controles en serio.

2 comentaris:

colombine ha dit...

una descripción perfecta Julio...y como casi sin darnos cuenta aviva nuestros recuerdos...

Yo he visto todas esas escenas y parece que las estoy viendo en este momento...en la cocina-entrada de mis abuelos ...los dos cuadros...el del abuelo , sólo por supuesto y en la pared principal sobre una "cómoda negra" de madera..

San Antonio me acuerdo de verlo mucho en otras casas..de la mia me acuerdo una vitrinilla con una virgen que se llevaba de casa en casa ...y de que cuando le tocaba a la casa de mi abuela..le encencían "mariposas" en un tazón de barro...

Increible como vienen los recuerdos...

un beso y un feliz puente...

lacarretera ha dit...

Hablando de historias, me acordé de ti hace unos días porque RENFE organiza un concurso literario sobre el tema del ferrocarril. Cualquier persona puede participar y enviar su relato. Pensé que, con alguna modificación, la historia del viejo y entrañable Atanasi es ideal para este concurso.

En la web de RENFE puedes consultar las bases. Los primeros premios tienen unas dotaciones económicas bastante generosas.

Un abrazo y buen puente.