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1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

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Charles Darwin quotation

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge: it is those who know little, and not those who know much, who so positively assert that this or that problem will never be solved by science

Jean-Baptiste Colbert quotation

L'art de l'imposition consiste à plumer l'oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris

Somebody quotation

El miedo es la via perfecta hacia el lado oscuro. El miedo lleva a Windows, Windows a la desesperacion, esta al odio hacia Bill Gates y ese odio lleva a LINUX

Vares Velles

Vares Velles
Al Tall

Això és Espanya (vara seguidilla) per Al Tall

dimecres, 11 de març de 2009

Dimecres, relats d'altri. La guerra con los fnuls. Philip K. Dick

Fa uns dies vaig acabar de llegir l'últim volum dels contes complets de Philip K. Dick. La neurosi de guerra freda que s'adverteix en els primers volums queda bastant aminorada, i l'humor es fa més sarcàstic.

Com una mostra d'aquest humor deixaré aquí un dels contes: "La guerra amb els fnuls".

LA GUERRA CON LOS FNULS

Maldita sea -dijo el capitán Edgar Lightfoot, de la ClA-, los fnuls han vuelto, mayor. Han tomado Provo, Utah.

Con un gemido, el mayor Hauk le pidió a su secretaria que le trajera el dossier fnul de los archivos secretos.

-¿Qué forma adoptan esta vez?

-Pequeños vendedores de bienes inmuebles.

La última vez, pensó el mayor Hauk, habían sido empleados de estaciones de servicio. Era lo que pasaba con los fnuls. Cuando uno de ellos adoptaba una forma, todos lo hacían. Esto, clara está, facilitaba enormemente las cosas a los equipos de detección de la CIA. Pera también hacía que parecieran absurdos, y a Hauk no le gustaba luchar contra un enemigo absurdo; era una característica que tendía a impregnar a los dos bandos y a transmitirse incluso a su propia oficina.

-¿Cree que estarían dispuestos a negociar? -preguntó medio retóricamente-. Podríamos sacrificar Provo, Utah, si accedieran a quedarse allí. Hasta podríamos renunciar a las partes de Salt Lake City que están pavimentadas con esos espantosos ladrillos rojos.

-Los fnuls nunca negocian, mayor -respondió Lightfoot-. Su meta es la dominación del sistema solar. La dominación definitiva.

En ese momento la señorita Smith apareció al lado del mayor Hauk y dijo:

-Aquí está el dossier sobre los fnuls, señor. -Con la otra mano se cubrió la parte alta de la blusa, en un gesto que podía significar una tuberculosis avanzada o una enorme timidez. Algunos indicios parecían sugerir que se trataba de esto último.

-Señorita Smith -se quejó Hauk-, los fnuls están aquí, tratando de apoderarse del sistema solar, y a mí me trae su dossier una mujer con un sujetador de la talla cien. ¿No le parece un poco surrealista...? A mí sí, al menos. –Apartó cuidadosamente los ojos de ella, acordándose de su mujer y sus dos hijos-. Póngase otra cosa de ahora en adelante -le dijo-. O tápese. Es decir, por Dios, seamos razonables, seamos realistas.

-Sí, mayor -dijo la señorita Smith-. Pero no olvide que me eligieron al azar de la reserva de empleados de la ClA. No pedí ser su secretaria.

Con el capitán Lightfoot a su lado, el mayor Hauk abrió los documentos que componían el dossier fnul.

En el Smithsonian lnstitute había un enorme fnul disecado, de casi un metro de alto, guardado en un cubículo que imitaba su hábitat natural. Durante años, los colegiales habían acudido a observar con fascinación a la criatura, que, pistola en mano, amenazaba a unos terrícolas inocentes. Con sólo pulsar un botón, los niños hacían que los terrícolas (que no estaban disecados, eran de imitación) se dieran a la fuga, y el fnul los desintegraba con una moderna arma de energía solar. Luego las figuras volvían a su posición inicial, preparadas para empezar otra vez el espectáculo.

El mayor Hauk lo había visitado una vez, y le había hecho sentirse intranquilo. Los fnuls, declaraba siempre que tenía ocasión, no eran ninguna broma. Pero había algo en ellos que... En fin, los fnuls eran una forma de vida bastante estúpida. Ése era el quid de la cuestión, Imitasen lo que imitasen, siempre conservaban el aspecto de una de esas cosas que regalan en las inauguraciones de los supermercados, junto con los globos y las orquídeas violetas. El mayor Hauk había llegado a la conclusión de que era un mecanismo de supervivencia. Hasta el nombre. No era posible tomárselos demasiado en serio, a pesar de que en aquel mismo momento estuvieran invadiendo Provo, Utah, disfrazados de minúsculos vendedores de bienes raíces.

-Quiero que capture a un fnul en su forma actual, Lightfoot -le ordenó Hauk-. Tráigamelo y hablaremos. Me siento con ánimo diplomático. Llevo veinte años luchando contra ellos. Estoy cansado.

-Si se encuentra con uno cara a cara -le advirtió Lightfoot podría imitarlo, y ése sería el fin. Tendríamos que incinerarlos a ambos para no correr riesgos.

-Estableceremos una contraseña ahora mismo, capitán -dijo Hauk con tono fúnebre-. La palabra será «masticar». La usare en una frase... Por ejemplo... «tengo que masticar estos datos». El fnul no lo sabrá, ¿verdad?

-Cierto, mayor. -El capitán Lightfoot suspiró y saliú de la oficina. Se dirigió al helipuerto del otro lado de la calle y partió hacia Provo, Utah.

Pero tenía un mal presentimiento.

Cuando el helicóptero aterrizó en un extremo del cañón de Provo, a las afueras del pueblo, se vio abordado al instante por un hombre de menos de un metro de estatura, ataviado con traje gris y un maletín en la mano.

-Buenos días, señor -dijo el fnul con voz aguda-. ¿Le apetecería visitar algunas parcelas de primera, con unas buenas vistas? Se pueden subdividir en...

-Suba al helicóptero -dijo Lightfoot mientras le apuntaba con su 45 militar.

-Escuche, amigo -replicó el fnul con tono desenfadado-. Es evidente que nunca han pensado demasiado en lo que significa la presencia de nuestra raza en su planeta. ¿Por qué no entramos en mi oficina un momento y nos sentamos? -El fnul señaló una pequeña construcción cercana, en el que Lightfoot vio una mesa y varias sillas. Sobre la oficina colgaba un cartel:


AVE TEMPRANA
DESARROLLO URBANÍSTICO
SOCIEDAD ANÓNIMA


-«El ave temprana atrapa al gusano» -declaró el fnul-. Y los despojos son para el ganador, capitán Lightfoot. Según las leyes de la naturaleza, si conseguimos infestar su planeta y apropiarnos de ustedes, las fuerzas de la evolución y la biología estarán de nuestro lado.

-Hay un mayor de la ClA en Washington D.C. -dijo Lightfoot, que quiere hablar con ustedes.

-El mayor Hauk ya nos ha vencido dos veces -admitió el fnul. Lo respetamos. Pero es una voz que clama en el desierto. Al menos en este país. Usted sabe perfectamente, capitán, que el norteamericano medio, al ver al fnul en el Smithsonian, se limita a sonreír con tolerancia. No son conscientes de la magnitud de la amenaza.

A esas alturas se habían aproximado otros dos fnuls, también con la forma de unos diminutos vendedores de bienes raíces.

-Mira -le dijo uno de ellos al otro-, Charley ha capturado a un terrícola.

-No -lo contradijo su compañero-, el terrícola lo ha capturado a él.

-Suban los tres al helicóptero de la CIA –les ordenó Lightfoot sin bajar el 45.

-Comete usted un error -dijo el primero de los fnuls sacudiendo la cabeza-. Pero es un hombre joven. Ya madurará. –Se dirigió al helicóptero y entonces, una vez allí, se revolvió y gritó-: ¡Muerte a los terrícolas!

Levantó su maletín y un rayo de energía solar pura pasó rozando la oreja derecha de Lightfoot. Éste se apoyó sobre una rodilla y apretó el gatillo del 45. El fnul, junto a la puerta del helicóptero, cayó de bruces al suelo y se quedó allí tendido, junto al maletín. Los otros dos fnu1s observaron a Lightfoot mientras éste, cautelosamente, apartaba el maletín de una patada.

-Joven -dijo uno de ellos-, pero con buenos reflejos. ¿Has visto con qué rapidez se ha puesto de rodillas?

-Los terrícolas no son para tomárselos a broma -convino el otro-. Nos espera una dura batalla.

-Ya que está aquí -le dijo a Lightfoot el primero de los fnuls supervivientes-, ¿no quiere hacer un pequeño depósito a cuenta de una parcelita virgen que tenemos? Si quiere, con mucho gusto lo llevaré a verla. Podemos proporcionarle agua y electricidad por un pequeño coste adicional.

-Al helicóptero -repitió Lightfoot, apuntándolos con mano firme.


* * *


En Berlín, un Oberstleutnant de la SHD, la Sicherheitsdienst -la policía de seguridad de la Alemania Occidenta1-, se aproximó a su oficial superior, saludó al estilo conocido como «romano» y dijo:

-General, die Fnoolen sind wieder zuruck. Was sollen wir jetz tun?

-¿Los fnuls han vuelto? -dijo Hochflieger, horrorizado-. ¿Ya? Pero si sólo hace tres años que descubrimos su red y la neutralizamos. -Se puso en pie y empezó a pasear de un lado a otro de su abarrotado despacho en los sótanos del Bundesrat Gebaude, con sus enormes manos cruzadas a la espalda-. ¿Y qué aspecto tienen esta vez? ¿Subsecretarios de Hacienda del Interior, como la última vez?

-No, señor -dijo el Oberstleutnant-. Vienen como inspectores de maquinaria de VW. Traje marrón, tablillas con sujetapapeles, gafas gruesas, mediana edad... Una copia muy meticulosa. Y, al igual que antes, nur sesenta centímetros de estatura.

-Lo que más detesto de los fnuls -dijo Hochflieger- es su implacable empleo de la tecnología al servicio de sus destructivos fines, sobre todo de la tecnología médica. La última vez, casi nos derrotan con ese virus suspendido en el pegamento de unos sellos conmemorativos multicolores.

-Un arma terrible -admitió su subordinado-, aunque, en última instancia, demasiado fantástica para tener éxito. Lo más probable es que esta vez se decanten por el uso de la fuerza bruta, combinada con una sincronización perfecta.

-Selbsverstandlich -asintió Hochflieger-. Pero, sea como sea, tenemos que reaccionar y vencerlos, Informe a la Terpol. -Era la organización planetaria de inteligencia, cuyo cuartel general se encontraba en la Luna-. ¿Y, concretamente, dónde los han detectado?

-De momento sólo en Schweinfurt.

-Quizá deberíamos arrasar la zona.

-Si lo hacemos, aparecerán en otro sitio.

-Es cierto. -Hochflieger caviló un instante-. Lo que debemos hacer es completar la operación Hundefutter. -Hundefutter había logrado producir para el gobierno de Alemania Federal una subespecie de terrícola de sesenta centímetros de altura, capaz de adoptar gran variedad de formas. Iban a utilizarlos para infiltrarse en la red de los fnuls y destruirla desde dentro. Hundefutter, financiada por la familia Krupp, se había mantenido en el máximo secreto a la espera de este momento.

-Activaré el Kommando Einsatzgruppe II -dijo su subordinado-. Podemos empezar a lanzar a los contra-fnuls tras las líneas fnuls de inmediato. A la caída de la noche, la situación estará controlada.

-Gruss Gott -dijo Hochflieger mientras asentía-. Que el Kommando se ponga en marcha. Permaneceremos muy atentos a sus progresos.

Si fracasaban, comprendió, habría que tomar medidas más drásticas.

«La supervivencia de nuestra raza está en juego -se dijo Hochflieger-. Los próximos cuatro mil años de historia estarán determinados por el valeroso acto de un miembro de la SHD en esta hora. Quizá yo mismo.»

Siguió caminando de un lado a otro, dándole vueltas a esta idea.


***


En Varsovia, el jefe de la Agencia Popular para la Preservación del Proceso Democrático -la APPPD-leyó varias veces el mensaje codificado que había recibido por teletipo, mientras, sentado a su mesa, tomaba un desayuno tardío a base de té, rollitos azucarados y jamón polaco. «disfrazados como jugadores de ajedrez –se dijo Serge Nicov-. Y todos utilizan la apertura de peón de reina, Qp a Q3… Una apertura poco peligrosa, sobre todo si se contrarresta con Kp a K4, aunque lleven las blancas. Pero ... »

Seguía siendo una situación peligrosa.

En un papel con membrete oficial escribió: «Seleccionar al tipo de jugadores de ajedrez que emplean la apertura de peón de reina». A los Equipos de Reeducación por Reforestación, decidió. «Los fnuls son pequeños, pero pueden plantar arbolitos... Ya encontraremos qué hacer con ellos. Semillas. Pueden plantar semillas de girasol para el programa de eliminación de la tundra y producción de aceite vegetal.

»Un año de trabajo duro -decidió- y se lo pensarán dos veces antes de volver a invadir la Tierra.»

Por otro lado, también podía hacer un trato con ellos, ofrecerles una alternativa a las actividades de la muy estimulante y educativa reforestación. Podían entrar en el ejército como una brigada especial y combatir en Chile, en las montañas. Como sólo medían sesenta centímetros, cabrían muchos en un submarino nuclear... Pero ¿eran de fiar?

Lo que más detestaba de los fnuls -y había acabado por conocerlos bastante bien en sus anteriores invasiones del planeta- era su falsedad. La última vez habían adoptado la forma de un grupo de bailarines étnicos... Y qué bailarines. Habían masacrado al público entero de un teatro de Leningrado antes de que nadie tuviera tiempo de intervenir. Hombres, mujeres y niños, asesinados en el sitio por armas de ingenioso diseño y construcción sólida aunque monótona, que habían logrado introducir camufladas como instrumentos tradicionales de cinco cuerdas.

No podía volver a suceder. Todos los países del Bloque Democrático estaban alertas. Los grupos juveniles habían organizado patrullas de vigilancia especiales. Pero una estratagema nueva -como por ejemplo esto de los jugadores de ajedrez- podía tener éxito, sobre todo en las repúblicas del Este, donde los jugadores de ajedrez eran recibidos con tanto entusiasmo como si fueran héroes.

Serge Nicov abrió el compartimento secreto de su mesa, sacó el teléfono especial, levantó el auricular y dijo:

-Los fnuls han reaparecido en el área del norte del Cáucaso. Recomiendo desplegar el máximo número de tanques posible para im¬pedir su avance cuando empiecen a dispersarse. Contenerlos y avanzar directamente hacia su centro. Dividirlos sucesivamente hasta que estén reducidos a pequeños grupos de los que podamos encargarnos con facilidad.

-Sí, oficial político Nicov.

Serge Nicov colgó y continuó con su desayuno, ya frío.


***


Mientras volaban en dirección a Washington D.C., con el capitán Lightfoot a los mandos del helicóptero, uno de los dos fnuls prisioneros dijo:

-¿Cómo es que, utilicemos el disfraz que utilicemos, los terrícolas consiguen detectarnos siempre? Hemos suplantado a empleados de estaciones de servicio, a inspectores de maquinaria Volkswagen, a campeones de ajedrez, a cantantes populares con sus propios instrumentos, a funcionarios de poca monta y ahora a vendedores de bienes inmuebles...

-Es el tamaño -dijo Lightfoot.

-El concepto no nos dice nada.

-¡Miden ustedes sesenta centímetros!

Los dos fnuls conversaron un momento y uno de ellos replicó entonces, con voz paciente:

-Pero el tamaño es relativo. Nuestras formas temporales poseen todas las cualidades absolutas de los terrícolas y, conforme a la lógica evidente...

-Mire -dijo Lightfoot-, venga aquí, póngase a mi lado. -El fnul con su traje gris y el maletín en la mano, se acercó cautelosamente . Me llega usted a la rodilla -señaló Lightfoot-. Yo mido un metro ochenta. Soy tres veces más alto, En medio de un grupo de terrícolas, destacan ustedes más que un huevo en un barril de pepinillos.

-¿Es un dicho popular? -preguntó el fnul-. Será mejor que lo apunte. -Sacó del bolsillo de su chaqueta un bolígrafo del tamaño de una cerilla-. «Un huevo en un barril de pepinillos». Qué pintoresco. Espero que, cuando hayamos borrado del mapa su civilización, parte de sus tradiciones étnicas se conserven en nuestros museos.

-Y yo -dijo Lightfoot mientras encendía un cigarrillo.

El otro fnul, tras meditar un momento, dijo:

Me pregunto si habría algún modo de crecer. ¿Es un secreto racial preservado por ustedes? -Entonces se fijó en el cigarrillo encendido que Lightfoot tenía entre los labios y añadió-: ¿Así es como consiguen su antinatural estatura? ¿Quemando palitos de fibras vegetales secas y prensadas e inhalando el humo?

-Sí –respondió Lightfoot mientras ofrecía un pitillo a los dos pequeños fnuls-. Ese es nuestro secreto. Fumar te hace crecer. Obligamos a fumar a los pequeños, sobre todo a los adolescentes.

-Voy a probarlo -le dijo a su compañero uno de los fnuls. Se colocó el cigarrillo entre los labios e inhaló profundamente.

Lightfoot parpadeó. Porque el fnul tenía ahora ciento veinte centímetros de altura y su compañero había experimentado la misma transformación al instante. Ambos eran ahora dos veces más altos que antes. Aunque parezca increíble, el humo del tabaco le había proporcionado a cada uno de ellos sesenta centímetros más.

-Gracias -dijo el vendedor de bienes inmuebles, ahora de metro veinte de estatura, con una voz mucho más profunda que antes-. Estamos avanzando a pasos agigantados, ¿no le parece?

-Devuélvame el cigarrillo -dijo Lightfoot con nerviosismo.


***


En su oficina del edificio de la CIA, el mayor Julius Hauk pulsó un botón de su mesa y la señorita Smith, tan alerta como siempre, abrió la puerta y entró en el despacho, cuaderno en mano.

-Señorita Smith -dijo el mayor-, el capitán Lightfoot no está. Ahora puedo decírselo. Esta vez los fnuls van a ganar. Como comandante en jefe de la lucha contra ellos, estoy a punto de abandonar y bajar al refugio anti-bombas construido para situaciones desesperadas como ésta.

-Lo siento mucho, señor -dijo la señorita Smith con un aleteo de sus larguísimas pestañas-. He disfrutado mucho trabajando para usted.

-Pero es que usted también está condenada -le explicó Hauk-. Van a aniquilar a todos los terrícolas; será una derrota a escala planetaria. -Abrió uno de los cajones de su mesa y sacó una botella sin abrir de whisky Bullock & Lade que le habían regalado en su último cumpleaños. -Antes voy a terminarme este whisky -informó a la señorita Smith-. ¿Quiere acompañarme?

-No, gracias, señor -dijo la señorita Smith-. Me temo que no bebo. Al menos durante el día.

El mayor Hauk tomó un trago de un vaso de papel y luego otro más, pero directamente de la botella, para asegurarse de que era escocés. Luego la dejó sobre la mesa y dijo:

-Cuesta creer que vayan a aniquilarnos unas criaturas del tamaño de un gato doméstico, pero así son las cosas. -Inclinó la cabeza ante la señorita Smith-. Me marcho al refugio subterráneo, donde aguardaré el fin de la vida tal como la conocemos.

-Me alegro por usted, mayor Hauk, dijo la señorita Smith un poco intranquila-. Pero, ¿va a dejarme usted aquí para que los fnuls me hagan prisionera? Es decir... -Sus desafiantes y puntiagudos senos temblaban con sugerente unanimidad bajo la blusa-. Me parece un poco cruel.

-No tiene usted nada que temer de los fnuls, señorita Smith -dijo el mayor Hauk-. A fin de cuentas, sesenta centímetros de altura... -Hizo un ademán-. Ni siquiera una joven neurótica podría temer... -Se echó a reír-. En serio.

-Pero es terrible -dijo la señorita Smith- la idea de verse abandonada ante lo que sabemos que es un enemigo antinatural de un planeta completamente distinto.

-Le diré una cosa -dijo el mayor Hauk con tono pensativo-, creo que voy a quebrantar una serie de estrictas normas de la CIA. Puede usted venirse al refugio conmigo.

La señorita Smith dejó el cuaderno y el lápiz, corrió hacia el mayor y dijo, casi sin aliento:

-Oh, mayor, ¿cómo puedo agradecérselo?

-Usted venga conmigo -dijo el mayor Hauk con la premura de la situación, se dejó la botella de whisky olvidada en la mesa.

La señorita Smith se pegó a él mientras el mayor recorría con paso tambaleante el camino que separaba su oficina del ascensor.

-Maldito whisky -murmuró Hauk-. Señorita Smith, Vivian, ha sido usted muy prudente al no tocarlo. Teniendo en cuenta la reacción córtico-talámica que estamos experimentando todos frente al peligro fnúlico, el escocés no es el bálsamo benéfico que acostumbra a ser.

-Vamos -dijo su secretaria mientras se deslizaba bajo el brazo del hombre para ayudarlo a permanecer en pie ante la puerta del ascensor-. Trate de mantenerse firme, mayor. Ya queda poco.

-En eso tiene usted razón -asintió el mayor Hauk-. Mi querida Vivian.


***


Finalmente, llegó el ascensor.

-Está siendo usted muy bueno conmigo -dijo la señorita Smith mientras el mayor pulsaba el botón y el ascensor iniciaba su descenso.

Bueno, así puede que prolongue usted su vida un tiempo –convino el mayor Hauk-. Claro está que, a esa profundidad... La temperatura media es muy superior a la de la superficie de la Tierra. Es como el interior de una mina. Supera de largo los treinta grados.

-Pero al menos estaremos vivos – señaló la señorita Smith.

El mayor Hauk se quitó la chaqueta y la corbata.

-Debe prepararse para un calor muy húmedo-le dijo-. Venga, permita que le ayude a quitarse la chaqueta.

-Sí -respondió la señorita Smith y dejó que su jefe, en un acto de caballerosidad, la despojara de la prenda.

El ascensor llegó al refugio. No había nadie allí, por suerte. Lo tenían entero para ellos.

-Pues sí que está mal ventilado -dijo la señorita Smith cuando el mayor Hauk encendió una tenue luz amarillenta-. Oh, vaya. -Tropezó con algo en la penumbra-. No se ve bien... -Volvió a tropezar con algo. Esta vez estuvo a punto de caerse. ¿No podríamos tener un poco más de luz, mayor?

-¿Para atraer a los fnuls? -El mayor Hauk tanteó en la oscuridad hasta encontrarla. La señorita Smith se había dejado caer en una de las numerosas literas del refugio y estaba buscando su zapato en la oscuridad.

-Creo que se me ha roto el tacón -dijo.

-Bueno, al menos ha salvado la vida -dijo el mayor Hauk-. Algo es algo. -En medio de la penumbra, empezó a ayudarla a quitarse el otro zapato, que ya no servía de nada.

-¿Cuánto tiempo estaremos aquí abajo? -preguntó la señorita Smith.

-Hasta que los fnuls se marchen -le informó el mayor Hauk-. Será mejor que se ponga un traje antirradiación. Por si a esos malditos extraterrestres se les ocurre atacar la Casa Blanca con bombas de hidrógeno. Déme la blusa y la falda. Tiene que haber un mono por alguna parte.

-Está usted siendo muy bueno conmigo -dijo la señorita Smith con voz entrecortada mientras hacía lo que le pedía el mayor-. No sé cómo agradecérselo.

-Creo -dijo el mayor Hauk- que he cambiado de idea y voy a volver a por el escocés. Estaremos aquí abajo más tiempo del que pensaba en un primer momento y lo necesitaremos para que nos ayude a combatir la soledad. Quédese aquí -Volvió a tientas al ascensor.

-No tarde -se alzó ansiosa la voz de la señorita Smith tras él-. Me siento terriblemente desnuda y desprotegida aquí abajo y, además, no puedo encontrar ese traje antirradiación que ha mencionado antes.

-Vuelvo en seguida -le prometió el mayor Hauk.


***


El capitán Lightfoot, con los dos fnuls prisioneros a bordo, tomó tierra en el campo que había frente al edificio de la CIA.

-Muévanse -dijo mientras los apuntaba con el cañón de su 45.

-Es porque es más grande que nosotros, Len -le dijo uno de ellos al otro. Si fuéramos igual de altos, no se atrevería a tratarnos así. Pero al fin entendemos la naturaleza de la superioridad de los terrícolas.

-Sí -dijo el otro fnul-. Tras veinte años, el misterio se resuelve de una vez.

-Un metro veinte sigue resultando sospechoso -dijo el capitán Lightfoot, pero lo que estaba pensando era, «Si han podido crecer sesenta centímetros en un momento, sólo fumando un cigarrillo, ¿qué les impide volver a hacerlo? Entonces medirán un metro ochenta y serán idénticos a nosotros.»

«y es culpa mía», se dijo con amargura.

«El mayor Hauk acabará con mi carrera. Eso, si no acaba conmigo directamente.»

Sin embargo, debía continuar adelante y hacer cuanto estuviera en su mano. La famosa tradición de la CIA lo exigía.

-Voy a llevarlos a ver al mayor Hauk -les dijo a los dos fnuls-. Él decidirá qué se hace con ustedes.

Pero cuando llegaron a la oficina del mayor, no había nadie.

-Qué raro -dijo el capitán Lightfoot.

-Puede que haya decidido retirarse anticipadamente -dijo uno de los fnuls-. ¿Esa botella alta y de color ambarino le sugiere algo?

-Es una botella alta y ambarina de whisky escocés -dijo Lightfoot mientras la examinaba-. Y no quiere decir nada. -No obstante -le quitó el tapón-, voy a probarla. Sólo para asegurarme.

Una vez probado el escocés, se dio cuenta de que los dos fnuls estaban mirándolo fijamente.

-Es lo que los terrícolas llaman «beber» -les explicó-. A ustedes les sentaría mal
.
-Posiblemente -dijo uno de ellos-, pero mientras estaba usted bebiendo, le he quitado su revólver del 45 . Arriba las manos.

Lightfoot, de mala gana, hizo lo que se le ordenaba.

-Dénos esa botella -dijo el fnul-. Vamos a probarla. No permitiremos que se nos niegue nada. Porque lo cierto es que la cultura humana se halla abierta ante nuestros ojos.

-La bebida acabará con ustedes -dijo Lightfoot, con desesperación.

-¿Igual que el tubo ardiente de materia vegetal reseca? -dijo con tono desdeñoso uno de los dos fnuls.

Y ante los ojos de Lighttoot, entre su compañero y él apuraron la botella.

Y, sí, ahora medían metro ochenta de estatura. Igual que los demás fnuls que había por todo el mundo. Por su culpa, esta vez la invasión de los fnuls tendría éxito. Había destruido la Tierra.

-Salud -dijo el primer fnul.

-Hasta la última gota -dijo el otro-. Chinchín. -Bebió y se quedó mirando a Lightfoot-. Usted ha menguado.

-No, Len -replicó el primero-. Es que nosotros hemos crecido.

-Entonces, por fin, somos iguales -dijo Len-. Por fin lo hemos conseguido. La mágica defensa de los humanos, su antinatural estatura, ha sido erradicada.

En ese momento, una voz dijo:

-Suelte ese revólver reglamentario del 45. -Y el mayor Hauk entró en la sala por detrás de los dos fnuls ebrios.

-Que me aspen -musitó el primero de los fnuls-. Mira, Len. Si es el hombre responsable de derrotarnos.

-Y es pequeño -dijo Len-. Pequeño, como nosotros. Ahora todos lo somos. Es decir, somos grandes. Maldita sea, qué más da. Sea como fuere, somos iguales. -Se abalanzó sobre el mayor Hauk...

El mayor disparó. Y el fnul llamado Len se desplomó. Estaba absoluta, innegablemente muerto. Sólo quedaba uno de los dos fnuls prisioneros.

-Edgar, han crecido -dijo el mayor Hauk, pálido-. ¿Por qué?

-Por mi culpa -admitió Lightfoot-. Primero por el cigarrillo y luego por el escocés... Su escocés, mayor, el que le regaló su esposa por su cumpleaños. Admito que ahora son imposibles de distinguir de nosotros... pero piense en esto, señor. ¿Y si volvieran a crecer?

-Ya le entiendo -dijo el mayor Hauk tras una pausa-. Si miden tres metros, serán tan llamativos como antes, cuando...

El fnul prisionero echó a correr.

El mayor Hauk disparó, pero demasiado tarde. El fnul había salido al pasillo y volaba hacia el ascensor.

-¡Cójalo! -gritó el mayor Hauk.

El fnul llegó al ascensor y, sin perder un instante, pulsó el botón; alguna ignota sabiduría fnuliana guió su mano.

-Se escapa -gimió Lightfoot.

El ascensor se había ido.

-Está bajando al refugio antirradiación -exclamó el mayor Hauk, consternado.

-Bien -dijo Lightfoot con tono sombrío-. Allí podremos capturarlo sin dificultades.

-Sí, pero... -empezó a decir el mayor, pero se contuvo-. Tiene usted razón, Lightfoot. Debemos capturarlo. Una vez en la calle será como cualquier otro hombre con traje gris y maletín.

-¿Cómo podrían volver a crecer? -dijo Lightfoot mientras el mayor Hauk y él bajaban por las escaleras-. Primero fue un cigarrillo, luego el escocés... Dos novedades para ellos. ¿Qué podría completar su crecimiento, transformarlos en monstruos de tres metros de alto? -Siguió devanándose los sesos mientras bajaban y bajaban hasta que, al fin, la entrada de acero y hormigón del refugio aparecía frente a ellos.
El fnul ya estaba dentro.

-Ésa que oye usted es... mm, la señorita Smith -admitió el mayor Hauk-. Se había... o, más bien, nos habíamos refugiado aquí de la invasión.

Lightfoot apoyó todo su peso sobre la puerta y la abrió.

Al instante, la señorita Smith se puso en pie, corrió hacia ellos y, un momento después, a salvo ya del fnul, se abrazó a sus dos salvadores.

-Gracias a Dios -gimoteó-. No me di cuenta de lo que era hasta que... -Se estremeció.

-Mayor -dijo el capitán Lightfoot-. Creo que lo hemos encontrado.

El mayor Hauk dijo rápidamente:

-Capitán, recoja usted la ropa de la señorita Smith. Yo me encargaré del fnul. El problema ya está resuelto.

El fnul, con sus casi tres metros de altura, se les acercó lentamente con las manos levantadas.