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1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

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Charles Darwin quotation

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge: it is those who know little, and not those who know much, who so positively assert that this or that problem will never be solved by science

Jean-Baptiste Colbert quotation

L'art de l'imposition consiste à plumer l'oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris

Somebody quotation

El miedo es la via perfecta hacia el lado oscuro. El miedo lleva a Windows, Windows a la desesperacion, esta al odio hacia Bill Gates y ese odio lleva a LINUX

Vares Velles

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Al Tall

Això és Espanya (vara seguidilla) per Al Tall

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dimecres, 29 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El fotógrafo. Rafik Schami

I amb aquest capítol 98 de la novel·la de Rafik Schami "El lado oscuro del amor" acabe aquesta petita incursió en aquest llibre de 304 capítols, tots tan interessants com aquests pocs que, durant aquest mes d'abril he anat pujant. Si algú, després d'açò decideix llegir-lo, me n'alegraré per ell.


El fotógrafo


Nada fascinaba tanto a Farid como las fotos. En su primera infancia eran menos frecuentes que las estampas de santos. En la casa había siete cuadros de la Virgen María y dos cruces de la codiciada madera del huerto de los olivos de Jerusalén, En un nicho del comedor destacaba una pequeña imagen de san Antonio de Padua con el niño Jesús, copia de la famosa obra de Juan de Juni que los franciscanos habían divulgado por todo el mundo. Elías la había recibido, poco antes de nacer Farid, de manos de un abad del convento de los franciscanos, no sólo en agradecimiento por su generoso donativo, sino también porque san Antonio podía ser útil como patrón de los panaderos y como ayuda en los partos, e incluso para encontrar cosas perdidas. El abad enumeró a Elías más de diez situaciones en las que la protección del santo podía servir de ayuda, y Elías esperó fervientemente que san Antonio lo ayudara a encontrar sus llaves y que velara por Claire en el parto después de tantos abortos.

En cambio, en el salón sólo había tres fotos: una de su madre cuando tenía dieciséis años, y otra de sus padres, él de traje oscuro y ella con vestido de novia blanco, tomada una semana después de su boda secreta en Beirut; el traje y el vestido eran prestados. La tercera instantánea mostraba a Farid con dos años, vestido de marinerito y dormido en el regazo de su madre, que sonreía al fotógrafo. Junto a ella se sentaba su padre muy tieso, mirando con gran seriedad más allá de la cámara. Detrás de los padres estaba el abuelo Nagib y la abuela Lucía, ésta tan rígida como su yerno, pero el abuelo reía mirando hacia lo alto.

A finales de los años cuarenta, Basil abrió el primer estudio de fotografía moderno de la ciudad vieja. Lo llamó Estudio de las Estrellas, con el propósito de dar a su clientela un halo de Hollywood cuando posaran para su cámara.

Para Farid la fotografía era algo enigmático. Las personas estaban vivas, y sin embargo aparecían congeladas en un trozo de papel. Pero la profunda dimensión de esa magia se le hizo relmente patente cuando, en una ocasión, vio a un fotógrafo trabajando en la calle. Farid acababa de cumplir siete años ese verano, y su abuelo necesitaba hacerse con urgencia una foto por alguna razón.

- Ven, vamos al fotógrafo – le dijo a Farid.

Cerca de Bab Tuma había tres fotógrafos ante sus aparatos, grandes cajas de madera sobre trípodes ajustables también de madera. Los clientes se sentaban al aire libre en sillas plegables delante de una pared a la que habían sujetado una tela negra.

Farid y su abuelo tuvieron que esperar. Dos campesinos y un joven iban delante de ellos en la fila. Uno de los campesinos se irritó porque no quería hinchar los carrillos como le pedía el fotógrafo. Éste ordenó al campesino que le obedeciera si no quería que en la foto su cara saliera como unos calzoncillos estrujados. El otro campesino temía que la fotografía pudiera robarle el alma.

- No, no se preocupe, es como la pintura – lo calmaba el fotógrafo.

- Pero el Profeta la prohibía – explicaba el hombre.

El fotógrafo empezaba a ponerse nervioso.

- El Profeta no necesitaba ningún carnet para heredar; usted sí. Contenga la respiración – indicó.

El hombre calló e hinchó los carrillos hasta ponerlos redondos y lisos.

- Pero ¿quién pinta dentro de su caja? - preguntó cuando el fotógrafo lo dejó irse.

- La luz – respondió el fotógrafo.

- Ajá – reflexionó el campesino. Retrocedió un paso y murmuró sin entender - : La luz, la luz.

El siguiente era un joven que quería una foto de su mujer para pedir un visado que le permitiera viajar a La Meca. Pero estalló una disputa infernal cuando el hombre se negó a que su esposa se levantara el velo delante de tantos hombres. El abuelo de Farid trató de mediar, pero no sirvió de nada.

- Y yo no puedo fotografiarla con el velo negro, para eso lo mismo puedes hacerle una foto a una berenjena – exclamó el fotógrafo.

El hombre cogió de la mano a su mujer y se marchó de allí hecho una furia. Todos oyeron que ella le echaba en cara que no quería que su madre y ella hicieran la peregrinación y que por eso no buscaba más que pelea.

Farid se asombró al ver que el fotógrafo se metía bajo una tela negra sujeta por detrás al aparato y no volvía a aparecer hasta un rato después. Entonces abrió un cajón lateral que estaba lleno de un líquido y cogió una pequeña imagen oscura con un par de manchas claras, que el abuelo llamó “negativo”. Finalmente, el hombre sujetaba la pequeña imagen a una tabla y la ponía un momento delante de la lente, para luego volver a desaparecer hasta los hombros bajo el paño negro.

Al cabo de un rato salió sudando, como si hubiera estado luchando con un demonio. Abrió otra vez el extraño cajón lateral y sacó la segunda foto. Era la reproducción perfecta del hombre que al principio no quería hinchar las mejillas, y de hecho en la imagen parecía mucho más sano que en la vida real.

Sin embargo, aquel día el abuelo regresó con cuatro fotografías que no servían para nada, porque en el último momento le entraba la risa. El fotógrafo se había enfadado con él, aunque el abuelo pagó igualmente las fotos. Eran imágenes divertidas. Se las regaló a Farid que las guardó en una caja como un tesoro.

- Mañana volveré – dijo el abuelo.

- ¿Y por qué no sirven? Son bonitas – se sorprendió Farid.

- A los funcionarios no les gustan las fotos en que sales riendo, porque piensan que no te tomas sus controles en serio.

dimecres, 22 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. Hachís. Rafik Schami

Un altre capítol, el 97, del llibre de Schami "El lado oscuro del amor". Aquest cop el relat ens parla d'una festa, on l'artista necessita col·locar-se prèviament per trobar les cançons. Però aquesta vegada l'artista sembla que se n'ha passat una miqueta.


Hachís


Los árabes celebran muchas cosas, pero nunca los cumpleaños. Creen que celebrándolos se envejece más deprisa. Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta los cristianos distinguidos empezaron a adoptar esta costumbre europea.

Elías, el padre de Farid, que participaba en todos los grupos de la Iglesia católica, tuvo incluso la idea comercial de incitar a los cristianos ricos a hacer mayores donativos celebrando públicamente su día. Así que pidió las fechas de nacimiento de los católicos más ricos e informó de su plan tanto al obispo como a seis párrocos. El secretario, la esposa y el ama de llaves del millonario Bardoni también sabían que el homenajeado sería despertado temprano por la banda de los scouts católicos y que la larga fiesta de cumpleaños empezaría con un baile folclórico delante de la casa. Dos periódicos y Radio Damasco informarían del acontecimiento.

Luego, una solemne procesión debía guiar al festejado, cantando y bailando, hasta el atrio de la iglesia, donde él y sus invitados disfrutarían de un banquete. Después del ágape, un cantante amenizaría la velada, y entretanto cantaría un coro del orfanato, un grupo infantil de la Escuela San Nicolás para cristianos pobres representaría una pequeña pieza teatral y un robusto pensionista recitaría una salutación rimada del hogar de ancianos.

Debido a los preparativos de la fiesta, Elías se ponía muy nervioso. Se quejaba a Claire de lo difícil que era enseñar buenas costumbres a los árabes.

- Ni siquiera son capaces de cantar de forma disciplinada una pequeña canción – se lamentaba el martes - . Cada uno canta por su lado, sin preocuparse de nada, todos chillan sin la menor armonía como si estuvieran solos en el desierto, sin darse cuenta de que vivimos en la ciudad.

El miércoles se quejaba del poder del ama de llaves de Bardoni:

- Su esposa no tiene nada en contra, pero esa vieja chiflada quiere impedir que utilicemos tambores, platillos y trompetas para despertarlo. Muy bien, como si fuera tan fácil convencer al director de la banda de que renuncie a un tercio de sus músicos. Pero no hay quien haga nada contra la voluntad de esa ama de llaves. Monsieur Antoine Bardoni la obedece como un esclavo. Quizá le grite a su mujer, pero jamás a su ama de llaves.

El viernes, Elías no pudo pegar ojo.

- Hay un problema insoluble – contó - . Hemos podido contratar al cantante favorito de Monsieur Antoine. Su secretario nos ha revelado que el fino señor Bardoni oye en secreto los discos del cantante egipcio Abdul Muttaleb. Una locura, ¿verdad? El hijo de una de las familias cristianas más ricas oye precisamente a ese egipcio fumador de hachís. Tenemos suerte, el cantante está ahora mismo en Damasco y actúa por un escaso salario en el local nocturno Sherezade. Enseguida se mostró entusiasmado con la perspectiva de ganar un sobresueldo, y aceptó. Pero esta tarde ha ocurrido una catástrofe: no puede cantar porque no le queda hachís. Imaginate, es como si tuviera la cabeza vacía, no encuentra las melodías. Se han escondido, afirma con la inocencia de un niño, y necesita hachís para sacarlas de los armarios y cajones de su memoria. Pensé que me estaba volviendo loco, ¡un cantante que no encuentra sus melodías! Imagínate, quiere volver a Egipto porque aquí en Damasco no conoce a nadie y el propietario del local se niega a proporcionarle hachís. Es comprensible, al fin y al cabo podría caerle una grave sanción: por cinco gramos es cadena perpetua. Pero si mañana regresa a su país, faltará el plato fuerte de nuestra sorpresa de cumpleaños.

- ¿Y por qué no le consigues hachís para ese día? Luego puede irse donde quiera. Lo principal es que cante para vosotros – respondió Claire con toda tranquilidad.

- ¿De dónde quieres que lo saquemos? Sólo faltaría eso: querer organizar una fiesta de cumpleaños y acabar en la cárcel para el resto de mis días – replicó Elías riendo amargamente.

- ¿Por qué no le preguntas a mi primo? - dijo Claire al cabo de un rato - . Butros trabaja como letrado para la Brigada Criminal. Me ha contado que allí guardan toneladas de hachís incautado que tienen que destruir. ¿Por qué no coger un poco y dárselo al cantante? Butros es amigo del jefe de la Unidad Antidroga y ha ganado dos procesos para él.

Elías miró perplejo los ojos insondables de su esposa.

- Llámalo y pregunta si nos haría ese favor – balbuceó.

Al día siguiente, Claire volvió de la Brigada Criminal con un paquete de hachís libanés de la mejor calidad, del tamaño de una pelota de tenis. Entregó a Elías el pañuelo con el caro botín.

- Hasta un elefante cantaría con esto – dijo.

Elías palideció. En Damasco, la posesión de semejante cantidad de hachís equivalía a tres cadenas perpetuas. Pero esa noche, cuando el cantante dijo que nunca había fumado un hachís tan bueno, estaba contento.

Por fin llegó el domingo y empezó la fiesta. Elías afirmaba más tarde que todo había ido mal porque la primera persona que se había encontrado era la jorobada tuerta Mathilde, que le había sonreído y le había gritado:

- ¡Saldrá mal!

Elías odiaba a la viuda.

- Entonces la banda, en vez de tocar canciones alegres, arrancó con las marchas militares que suele emitir la radio durante los golpes de estado. El millonario se llevó un susto de muerte y corrió al sótano en pijama. Costó trabajo convencerlo de que todo había sido preparado especialmente por su cumpleaños – contó Elías, y tomó un trago de agua para humedecer su seca garganta - . El millonario siguió de mala gana el desfile hasta la iglesia, y sólo se sintió feliz como un niño cuando el Patriarca de todo Oriente y el obispo de Damasco lo saludaron en el atrio. El banquete fue de la mejor calidad. Yo mismo suministré las tartas y galletas, hechas como siempre con la mejor mantequilla. Pero aun así todo salió mal, porque el cantante egipcio huyó antes de salir a escena.

- ¿Cómo es posible – preguntó Claire, incrédula.

- Porque algún gracioso le preguntó detrás del escenario, cuando se estaba fumando el tercer porro, si estaba al corriente de dónde venía el material. El cantante negó con la cabeza y ese hijo de puta susurró: “De la Brigada Criminal.” Entonces el pobre egipcio enloqueció. Quizá había fumado demasiado o quizá se volvió loco de miedo. El caso es que empezó a gritar que le habían tendido una trampa para meterlo en la cárcel. Y se largó. No quiso quedarse en Damasco ni un segundo más.

dimecres, 15 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El patinete. Rafik Schami

Continuant amb la novel·la de Rafik Schami, "El lado oscuro del amor" avui un capítol, el 96, que m'ha portat molts records per la seua exactitud en la descripció dels patins fabricats allà a Damasc a finals dels quaranta. Al meu poble, a mitjans cinquanta, també recorde la moda de construcció de patins amb rodaments de cotxe.


El patinete


Farid tenía alrededor de once años cuando los patinetes se pusieron de moda. Toni, el hijo de Dimitri el perfumista, fue el primero en llevar al callejón, un día después de Pascua, su supermodelo de tubo de metal pintado en rojo, y los niños se quedaron asombrados, como si Toni fuera un astronauta.

Su padre, que recorría el mundo para buscar y adquirir nuevos aromas, le compraba a menudo juguetes extranjeros. Pero con el patín los superó a todos. Las chicas, sobre todo Jeanette y Antoinette, estaban fascinadas, las dos quisieron dar una vuelta, y él voló con ellas ante los envidiosos muchachos.

Ante de que pasara una semana, Azar apareció con un patinete de madera, desvencijado y traqueteante. Las junturas entre la plataforma y el manillar eran simples escuadras de metal, pero aún así el juguete era una buena imitación. Las ruedas estaban hechas con grandes e indestructibles cojinetes y armaban un buen estrépito. El patinete era tan robusto, sencillo y práctico como el propio Azar.

- Mi máquina no es para chicas – dijo cuando su hermana quiso dar una vuelta.

Y de hecho era mucho más difícil mantener en equilibrio y girar su patinete que el de Toni, con sus ruedas de goma. Pero era la obra de sus propias manos. Azar fue el primero en llamar “máquina” a un patinete.

Durante las noches siguientes, Farid casi no pudo dormir; en sueños, se veía volando sobre un patín, en una ocasión incluso con el papagayo Coco sobre los hombros. Quizá el papagayo se le aparecía en sueños porque desde el día en que Azar había pasado con la máquina por el callejón ya no hablaba, sino que se pasaba las horas imitando con ensordecedores graznidos el estrépito de los cojinetes. Una semana después, su propietaria ya no puso la jaula en la ventana que daba a la calle, sino que la colgaba en la que daba al patio interior.

Los talleres de los alrededores experimentaron de pronto un asalto en toda regla en busca de cojinetes. Tras una larga búsqueda, Farid logró encontrar dos ejemplares. Eran más grandes que los de Azar, pero cuanto mayores fueran las ruedas, tanto más deprisa correría el artilugio.

- A cambio, barrerás el taller tres tardes, recogerás, prepararás té para los trabajadores y les traerás bocadillos de falafel del restaurante, ¿entendido? - indicó el dueño.

Y vaya si Farid estaba de acuerdo. Durante tres días barrió, limpió el taller y sirvió té, dulces y agua fresca. Para tener diez años, ya sabía preparar muy bien el té. Los trabajadores y el dueño estaban contentos, porque Farid nunca lo servía en vasos sucios, que era a lo que estaban acostumbrados. Los lavaba a conciencia y al final los enjuagaba con agua caliente, de forma que brillaban y humeaban. Lo había aprendido de su padre.

Al final no sólo le dieron los cojinetes, sino también las sujeciones y las bisagras del manillar, con vástagos y tornillos incluidos. Pero más importante que esos regalos fueron los valiosos consejos de los mecánicos. Finalmente, el dueño le proporcionó incluso un sencillo soporte, hecho con una barra de metal doblada.

Con esto tu patinete se mantendrá en pie y orgulloso como si fuera una Vespa, y no tendrás que apoyarlo contra la pared como una cansada bicicleta – dijo. El hombre parecía un forajido de un western barato, pero era la bondad en persona.

El más joven de sus trabajadores, un tipo de aspecto igual de siniestro y pelo enmarañado, regaló por sorpresa a Farid la pieza más valiosa: un freno. Ni Toni ni Azar tenían algo parecido. El freno consistía en un trozo de goma que Farid sujetó como un guardabarros sobre la rueda trasera.

Finalmente, Farid se dirigió con la bolsa llena de piezas a ver a su primo Georg, que era aprendiz de ebanista con un avariento carpintero. Farid se mantuvo al acecho hasta mediodía y, aprovechando que el propietario de la tienda se fue a casa, se escurrió dentro del taller. Al principio no dijo nada del patinete, sino que preguntó a su primo por su salud y su familia. Sin embargo, mientras lo hacía cambiaba continuamente de sitio la bolsa, hasta que el primo preguntó qué era eso que arrastraba de ese modo. Farid respondió que eran las piezas para un patinete, y que sólo le faltaba la madera.

- Qué pillastre, haber empezado por ahí – rió Georg, y quiso que Farid le describiera cómo tenía pensado que fuera su patinete. Fue fácil. Georg lo dejó todo y en media hora preparó todas las piezas, las juntó en un hatillo y lo cargó en los hombros de Farid.

- Lárgate antes de que ese rácano aparezca. Tú mismo puedes atornillar las piezas, pero antes tienes que encolarlas – explicó, y le dio al chico un poco de cola.

Farid corrió a casa, aunque más que correr, voló en alas de la dicha. Trabajó durante dos horas y luego posó la vista satisfecho sobre su obra de arte.

Finalmente, le quitó a la gastada bicicleta de su padre un pequeño espejo retrovisor y lo sujetó al lado izquierdo del manillar. Y su abuelo le dio varias estrellitas y lunas de chapa de colores.

Por último Farid escribió en un trozo de cartón un conjuro contra el mal de ojo que había visto en un espejo en casa de Michel, el primo de su madre. El cartel mostraba la palma de una mano, en cuyo centro había un ojo azul atravesado por una flecha. Debajo rezaba, en hermosa caligrafía árabe: “Que el ojo del envidioso quede ciego”. Como barbero, Michel tenía un amor especial por los espejos de cristal pulido. Una espléndida pieza se había roto poco después de que un cliente comentara con envidia: “¡Qué hermoso espejo!” El hombre era famoso por su mal de ojo. Contaban que era capaz de matar con la vista una paloma al vuelo si la envidiaba.

Farid sujetó con chinchetas el trozo de cartón ovalado con el proverbio protector en la parte delantera del manillar, bastante ancho. Pintó además un girasol y un canario, y al domingo siguiente se fue con su patinete a la calle Abbara, recién peinado y perfumado, vestido con camisa blanca, pantalones azules y zapatillas de deporte.

- Magnífico – exclamó Azar, y tras dar una vuelta con la máquina de Farid frenó, se balanceó un minuto en el sitio, desmontó y bajó el soporte.

El patinete se quedó erguido, en todo su esplendor, en medio de la calle. Cuando Azar describía con la palabra “magnífico” los otros chicos prestaban atención, porque no era fácil satisfacer a ese hábil constructor.

Al cabo de menos de tres semanas, diez patinetes de madera y cojinetes zumbaban por el callejón, y las madres maldecían a los talleres, culpables del infernal estrépito. Y cada ejemplar era mejor que el anterior, de forma que el “magnífico” artilugio de Farid pronto quedó relegado a un modesto nivel intermedio. Ahora había patinetes con amortiguadores, con campanilla y con bocina, y varios con un asiento acolchado para hermanos pequeños o chicas de la vecindad. Farid construyó un cesto para Tutu, un spaniel al que le encantaba ir en el vehículo.

Chalil fue el primero que pudo beber limonada durante el trayecto. La botella iba bien segura en un soporte en el centro del manillar, y una pajita permitía al avispado muchacho beber sin quitar las manos del manillar ni la vista de la calle.

Pronto la calle Abbara se quedó pequeña para tantos patinetes. Por eso, todos aceptaron la propuesta de Josef de trasladarse a la paralela calle Saitún, en la que vivía Farid. Ese día, todas las mujeres de la calle Abbara no conocían más que un santo: Josef.

Desde entonces, todos los domingos por la tarde se ofrecía un espectáculo celestial en el callejón de Farid. Diez chicos hechos un pincel iban con sus patinetes a la plaza delante de la iglesia católica y evolucionaban lentamente ante las miradas de las chicas, que, también de punta en blanco, esperaban ya la llegada de los patinetes. Los conductores desmontaban, muy tiesos, casi principescos, bajaban los soportes a cámara lenta y se sentaban en los bancos de piedra que había enfrente. Cruzaban las piernas y empezaban a charlar acerca de sus máquinas.

- ¿Puedo dar una vuelta con tu máquina? Sólo hasta el estanco y volver – rogó Toni un día en tono sumiso. Nunca le había permitido a Farid ni tocar siquiera uno de sus muchos juguetes.

- Está bien, pero ve con cuidado – dijo Farid.

- Sí, ten cuidado – gritó Chalil -, su máquina muerde a los niños...

- ...que comen queso holandés – añadió Azar, y se echó a reír.

También Josef sonrió y dio un codazo a los otros. Y por primera vez el patinete de Toni quedó tendido en el suelo sin que nadie le dedicase una mirada.

dimecres, 8 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El amigo de los gatos. Rafik Schami

Continuant amb el la novel·la de Schami, "El lado oscuro del amor" avui porte el següent capítol, el 95, El amigo de los gatos. Quantes voltes, a l'infància, vaig veure com la nostra gata, la Vuita, li portava a ma mare els ratolins caçats, encara vius, com un regal.


El amigo de los gatos


El abuelo apretaba la mano de su nieto, porque temía perder al pequeño Farid en el bullicio del zoco. A la entrada de un caravasar se detuvo a hablar con un mercader de especias. Farid aprovechó la ocasión para atisbar con curiosidad el interior del gran edificio. En el patio había caballos y mulas atados, junto a los que vio muchos mozos que se dirigían a toda prisa hacia grandes almacenes llenos de sacos. Se los echaban al hombro como si no pesaran nada y luego los cargaban en los carros que esperaban en el patio. Un hombre pálido de traje oscuro anotaba lo que los estibadores iban amontonando en los carros. Un cochero hizo chasquear el látigo y los caballos, que habían estado dormitando con la cabeza baja, despertaron y salieron al trote. El cochero gritó a la gente que despejara el camino si no querían ensuciarse la ropa. La advertencia surtió efecto: acto seguido se abrió un pasillo para su vehículo y volvió a cerrarse tras él, al tiempo que se reanudaban las conversaciones.

De pronto, la mirada de Farid se detuvo en un carnicero de camellos, en un rincón alejado del caravasar. En el barrio cristiano la carne de camello estaba mal vista, por eso Farid nunca había visto algo semejante, una cruel escena que nunca olvidaría.

El gran animal estaba ante la puerta de la carnicería y miraba a Farid con ojos dilatados por el miedo. Un carnicero enano afilaba su gran cuchillo, hablando con otro hombre que cosía sacos de yute cerca de allí.

Finalmente, dos hombres hicieron arrodillarse al camello. El animal seguía mirando a Farid, como pidiéndole ayuda. Entonces el carnicero movió su gran cuchillo en el cuello del camello como si deslizara un arco sobre las cuerdas de un violín. La sangre brotó, derramándose en una enorme fuente. Los ojos del camello, ya vacíos, contemplaban la eternidad. El hombre que cosía sacos no dedicó una sola mirada a la escena. Dio una puntada más al que había terminado y lo dejó sobre un gran montón.

Desde el caravasar, Farid siguió paseando con su abuelo por el barrio de Qaimariya, que tiempo atrás había sido el centro comercial de Damasco, para convertirse luego en una zona residencial con algunos talleres. Por el camino descubrió algo extraño: un hombre estaba sentado en el suelo, en su tienda, y leía en voz alta el Corán rodeado por unos treinta gatos que descansaban en su regazo, en las estanterías, en el suelo y el escaparate de la estancia, por lo demás vacía.

- ¿Vende gatos? - preguntó Farid.

- No, no – dijo el abuelo - , es un hombre santo que se preocupa de todos los gatos del barrio.

Los felinos trepaban sobre el hombre que leía, saltaban de sus hombros a los anaqueles y volvían a bajar, pero él seguía leyendo con toda calma. El abuelo sacó un billete de una lira de su monedero y lo dejó en un cuenco de cobre junto a la entrada.

- Gracias por tu buen corazón – respondió el hombre, y volvió a su lectura.

Tres gatos cruzaron el callejón. Corrieron hacia la tienda, dejaron a la puerta su botín, tres ratones, y entraron. El hombre alzó la vista.

- Estas son sus declaraciones de amor – dijo, y sonrió cuando de pronto el ratón mediano dio un salto y desapareció, rápido como el rayo, por el ventanuco de un sótano al otro lado de la calle.

- Un buen actor – comentó el abuelo, y se llevó a Farid a casa.

dimecres, 1 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. Damasco. Rafik Schami

Interrompré durant aquest mes la sèrie que vinc publicant els dimecres sobre contes de Jesús Montcada, per incloure uns quants capítols del llibre de Rafik Schami "El lado oscuro del amor"

Avui el capítol 94. Un emocionat i emocionant cant a la seua ciutat, Damasc.


Damasco


Damasco no es una ciudad, un punto en un atlas, sino una leyenda que se disfraza de casas y callejones, historias, olores y rumores.

A lo largo de sus ocho mil años de historia, la ciudad vieja ha sido víctima infinidad de veces de plagas, guerras e incendio, y a falta de un sitio mejor siempre fue reconstruida en el mismo lugar. La mano que ha marcado Damasco hasta hoy es la de un planificador urbanístico griego llamado Hipodamo de Mileto. Él dividió la ciudad en barrios cuadrangulares rigurosamente geométricos, con grandes avenidas. Los griegos amaban las líneas rectas; los árabes, en cambio, prefieren el arco, la curvatura. Algunos afirman que eso guarda relación con sus agotadores viajes por el desierto. La curvatura acorta la distancia, al menos para la vista. Otros dicen que es la vida misma la que determina el arco: la rama de olivo se comba con el peso de sus frutos, el vientre de las mujeres embarazadas es un arco y las ramas de una palmera forman una bóveda redondeada. Solamente la muerte es rectilínea. La explicación de los viejos damascenos es más profana: los callejones se pueden defender mejor cuantas más sinuosidades tienen.

Si se quiere hablar de Damasco, hay que tener cuidado para no hundirse, porque Damasco es un mar de historias. La ciudad lo sabe y por eso conserva, pese a todo el amor de los árabes por las calles y callejones sinuosos, una sola calle recta, que precisamente recibe este nombre. Constituye el punto de referencia de todos los paseos y todos los relatos. Cuando uno se pierde en los infinitos recovecos de los callejones, siempre puede regresar a la calle Recta. Esta vía es una enorme brújula que desde hace tres mil años indica la dirección del este hacia el oeste.

Antes tenía más de veinte metros de anchura y era un fastuoso paseo con columnas y pórticos. Pero los mercaderes fueron invadiendo ambos lados de la calle con sus puestos, de manera que hoy no alcanza, en algunos lugares, los diez metros. Los mercaderes damascenos dominan a la perfección la técnica de la apropiación. Sin llamar la atención, se instalan en la acera con un cesto de verduras, una pequeña pirámide de cajas taraceadas o una bandeja con pistachos, que sólo depositan para secar al sol durante un par de horas. Luego se monta encima una ligera estructura de madera y se tiende sobre ella una tela aún más ligera, para proteger la mercancía del excesivo ardor del sol. En cuanto los transeúntes y los policías se han acostumbrado, la estructura de madera se viene abajo de vez en cuando, y los mercaderes se ven obligados a sustituir la temblona armazón por una construcción un poco más sólida. Pero, para poder gozar de una siesta sin preocuparse de los ladrones, es preciso dotar al conjunto de una puerta, y poco después de una ventanita con visillo. . Una semana más tarde, como por arte de magia, la fina madera se refuerza con adobe y, después de una acción sorpresiva en plena noche, de pronto la casita resplandece de blancura, con sus puertas y ventanas azules recién pintadas. Pronto vuelve a tener delante un cesto de verduras, sólo para llamar la atención de los clientes. El policía refunfuña, pero es tranquilizado con muchas palabras y un café... hasta que finalmente es trasladado. Su sucesor podría jurar que la calle siempre había descrito una curva en ese punto.

Damasco ha acogido y soportado a árabes, romanos, griegos, arameos y otras treinta y siete culturas. Dominaron sucesiva y a veces simultáneamente la ciudad, y ningún pueblo se marchó sin dejar su impronta. Así, Damasco se convirtió en una obra histórica confeccionada a base de retazos, una oficina de objetos perdidos de las culturas. Algunas personas también comparan la ciudad con un mosaico, cuyas teselas han sido ensambladas por los viajeros a lo largo de más de ocho mil años.

Los damascenos lo han recibido todo: una columna griega, un puente romano, un muro anodino con piedras de los palacios de siglos pasados, plantas traídas de África por manos esclavas. Hasta el día de hoy, uno cree escuchar en los callejones palabras pronunciadas por forasteros hace cientos de años. Y tropieza con personas, ya sea un mercader de verduras o un médico, cuyos antepasados vinieron de España, Yemen o Italia, y que aún así se consideran damascenos de pura cepa. Y lo gracioso es que tienen razón.

Damasco fue un fértil oasis en la seca Arabia. A finales de los años cuarenta se fundaron cerca de la ciudad algunas grandes empresas textiles, se abrieron muchos colegios, se amplió la universidad, y periódicos y revistas conquistaron los quioscos, dando testimonio de la riqueza cultural de la ciudad. Los cines se pusieron de moda y todos tenían días especiales para mujeres, y a veces un hombre enamorado esperaba tres horas en la calle sólo para poder contemplar a su amada al salir. Aunque debía tener un cuidado infernal para que nadie viera que le sonreía. Y si ella respondía a su sonrisa, eso era para él como un anticipo del paraíso.