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1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

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Charles Darwin quotation

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge: it is those who know little, and not those who know much, who so positively assert that this or that problem will never be solved by science

Jean-Baptiste Colbert quotation

L'art de l'imposition consiste à plumer l'oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris

Somebody quotation

El miedo es la via perfecta hacia el lado oscuro. El miedo lleva a Windows, Windows a la desesperacion, esta al odio hacia Bill Gates y ese odio lleva a LINUX

Vares Velles

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Al Tall

Això és Espanya (vara seguidilla) per Al Tall

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dimecres, 11 de març del 2009

Dimecres, relats d'altri. La guerra con los fnuls. Philip K. Dick

Fa uns dies vaig acabar de llegir l'últim volum dels contes complets de Philip K. Dick. La neurosi de guerra freda que s'adverteix en els primers volums queda bastant aminorada, i l'humor es fa més sarcàstic.

Com una mostra d'aquest humor deixaré aquí un dels contes: "La guerra amb els fnuls".

LA GUERRA CON LOS FNULS

Maldita sea -dijo el capitán Edgar Lightfoot, de la ClA-, los fnuls han vuelto, mayor. Han tomado Provo, Utah.

Con un gemido, el mayor Hauk le pidió a su secretaria que le trajera el dossier fnul de los archivos secretos.

-¿Qué forma adoptan esta vez?

-Pequeños vendedores de bienes inmuebles.

La última vez, pensó el mayor Hauk, habían sido empleados de estaciones de servicio. Era lo que pasaba con los fnuls. Cuando uno de ellos adoptaba una forma, todos lo hacían. Esto, clara está, facilitaba enormemente las cosas a los equipos de detección de la CIA. Pera también hacía que parecieran absurdos, y a Hauk no le gustaba luchar contra un enemigo absurdo; era una característica que tendía a impregnar a los dos bandos y a transmitirse incluso a su propia oficina.

-¿Cree que estarían dispuestos a negociar? -preguntó medio retóricamente-. Podríamos sacrificar Provo, Utah, si accedieran a quedarse allí. Hasta podríamos renunciar a las partes de Salt Lake City que están pavimentadas con esos espantosos ladrillos rojos.

-Los fnuls nunca negocian, mayor -respondió Lightfoot-. Su meta es la dominación del sistema solar. La dominación definitiva.

En ese momento la señorita Smith apareció al lado del mayor Hauk y dijo:

-Aquí está el dossier sobre los fnuls, señor. -Con la otra mano se cubrió la parte alta de la blusa, en un gesto que podía significar una tuberculosis avanzada o una enorme timidez. Algunos indicios parecían sugerir que se trataba de esto último.

-Señorita Smith -se quejó Hauk-, los fnuls están aquí, tratando de apoderarse del sistema solar, y a mí me trae su dossier una mujer con un sujetador de la talla cien. ¿No le parece un poco surrealista...? A mí sí, al menos. –Apartó cuidadosamente los ojos de ella, acordándose de su mujer y sus dos hijos-. Póngase otra cosa de ahora en adelante -le dijo-. O tápese. Es decir, por Dios, seamos razonables, seamos realistas.

-Sí, mayor -dijo la señorita Smith-. Pero no olvide que me eligieron al azar de la reserva de empleados de la ClA. No pedí ser su secretaria.

Con el capitán Lightfoot a su lado, el mayor Hauk abrió los documentos que componían el dossier fnul.

En el Smithsonian lnstitute había un enorme fnul disecado, de casi un metro de alto, guardado en un cubículo que imitaba su hábitat natural. Durante años, los colegiales habían acudido a observar con fascinación a la criatura, que, pistola en mano, amenazaba a unos terrícolas inocentes. Con sólo pulsar un botón, los niños hacían que los terrícolas (que no estaban disecados, eran de imitación) se dieran a la fuga, y el fnul los desintegraba con una moderna arma de energía solar. Luego las figuras volvían a su posición inicial, preparadas para empezar otra vez el espectáculo.

El mayor Hauk lo había visitado una vez, y le había hecho sentirse intranquilo. Los fnuls, declaraba siempre que tenía ocasión, no eran ninguna broma. Pero había algo en ellos que... En fin, los fnuls eran una forma de vida bastante estúpida. Ése era el quid de la cuestión, Imitasen lo que imitasen, siempre conservaban el aspecto de una de esas cosas que regalan en las inauguraciones de los supermercados, junto con los globos y las orquídeas violetas. El mayor Hauk había llegado a la conclusión de que era un mecanismo de supervivencia. Hasta el nombre. No era posible tomárselos demasiado en serio, a pesar de que en aquel mismo momento estuvieran invadiendo Provo, Utah, disfrazados de minúsculos vendedores de bienes raíces.

-Quiero que capture a un fnul en su forma actual, Lightfoot -le ordenó Hauk-. Tráigamelo y hablaremos. Me siento con ánimo diplomático. Llevo veinte años luchando contra ellos. Estoy cansado.

-Si se encuentra con uno cara a cara -le advirtió Lightfoot podría imitarlo, y ése sería el fin. Tendríamos que incinerarlos a ambos para no correr riesgos.

-Estableceremos una contraseña ahora mismo, capitán -dijo Hauk con tono fúnebre-. La palabra será «masticar». La usare en una frase... Por ejemplo... «tengo que masticar estos datos». El fnul no lo sabrá, ¿verdad?

-Cierto, mayor. -El capitán Lightfoot suspiró y saliú de la oficina. Se dirigió al helipuerto del otro lado de la calle y partió hacia Provo, Utah.

Pero tenía un mal presentimiento.

Cuando el helicóptero aterrizó en un extremo del cañón de Provo, a las afueras del pueblo, se vio abordado al instante por un hombre de menos de un metro de estatura, ataviado con traje gris y un maletín en la mano.

-Buenos días, señor -dijo el fnul con voz aguda-. ¿Le apetecería visitar algunas parcelas de primera, con unas buenas vistas? Se pueden subdividir en...

-Suba al helicóptero -dijo Lightfoot mientras le apuntaba con su 45 militar.

-Escuche, amigo -replicó el fnul con tono desenfadado-. Es evidente que nunca han pensado demasiado en lo que significa la presencia de nuestra raza en su planeta. ¿Por qué no entramos en mi oficina un momento y nos sentamos? -El fnul señaló una pequeña construcción cercana, en el que Lightfoot vio una mesa y varias sillas. Sobre la oficina colgaba un cartel:


AVE TEMPRANA
DESARROLLO URBANÍSTICO
SOCIEDAD ANÓNIMA


-«El ave temprana atrapa al gusano» -declaró el fnul-. Y los despojos son para el ganador, capitán Lightfoot. Según las leyes de la naturaleza, si conseguimos infestar su planeta y apropiarnos de ustedes, las fuerzas de la evolución y la biología estarán de nuestro lado.

-Hay un mayor de la ClA en Washington D.C. -dijo Lightfoot, que quiere hablar con ustedes.

-El mayor Hauk ya nos ha vencido dos veces -admitió el fnul. Lo respetamos. Pero es una voz que clama en el desierto. Al menos en este país. Usted sabe perfectamente, capitán, que el norteamericano medio, al ver al fnul en el Smithsonian, se limita a sonreír con tolerancia. No son conscientes de la magnitud de la amenaza.

A esas alturas se habían aproximado otros dos fnuls, también con la forma de unos diminutos vendedores de bienes raíces.

-Mira -le dijo uno de ellos al otro-, Charley ha capturado a un terrícola.

-No -lo contradijo su compañero-, el terrícola lo ha capturado a él.

-Suban los tres al helicóptero de la CIA –les ordenó Lightfoot sin bajar el 45.

-Comete usted un error -dijo el primero de los fnuls sacudiendo la cabeza-. Pero es un hombre joven. Ya madurará. –Se dirigió al helicóptero y entonces, una vez allí, se revolvió y gritó-: ¡Muerte a los terrícolas!

Levantó su maletín y un rayo de energía solar pura pasó rozando la oreja derecha de Lightfoot. Éste se apoyó sobre una rodilla y apretó el gatillo del 45. El fnul, junto a la puerta del helicóptero, cayó de bruces al suelo y se quedó allí tendido, junto al maletín. Los otros dos fnu1s observaron a Lightfoot mientras éste, cautelosamente, apartaba el maletín de una patada.

-Joven -dijo uno de ellos-, pero con buenos reflejos. ¿Has visto con qué rapidez se ha puesto de rodillas?

-Los terrícolas no son para tomárselos a broma -convino el otro-. Nos espera una dura batalla.

-Ya que está aquí -le dijo a Lightfoot el primero de los fnuls supervivientes-, ¿no quiere hacer un pequeño depósito a cuenta de una parcelita virgen que tenemos? Si quiere, con mucho gusto lo llevaré a verla. Podemos proporcionarle agua y electricidad por un pequeño coste adicional.

-Al helicóptero -repitió Lightfoot, apuntándolos con mano firme.


* * *


En Berlín, un Oberstleutnant de la SHD, la Sicherheitsdienst -la policía de seguridad de la Alemania Occidenta1-, se aproximó a su oficial superior, saludó al estilo conocido como «romano» y dijo:

-General, die Fnoolen sind wieder zuruck. Was sollen wir jetz tun?

-¿Los fnuls han vuelto? -dijo Hochflieger, horrorizado-. ¿Ya? Pero si sólo hace tres años que descubrimos su red y la neutralizamos. -Se puso en pie y empezó a pasear de un lado a otro de su abarrotado despacho en los sótanos del Bundesrat Gebaude, con sus enormes manos cruzadas a la espalda-. ¿Y qué aspecto tienen esta vez? ¿Subsecretarios de Hacienda del Interior, como la última vez?

-No, señor -dijo el Oberstleutnant-. Vienen como inspectores de maquinaria de VW. Traje marrón, tablillas con sujetapapeles, gafas gruesas, mediana edad... Una copia muy meticulosa. Y, al igual que antes, nur sesenta centímetros de estatura.

-Lo que más detesto de los fnuls -dijo Hochflieger- es su implacable empleo de la tecnología al servicio de sus destructivos fines, sobre todo de la tecnología médica. La última vez, casi nos derrotan con ese virus suspendido en el pegamento de unos sellos conmemorativos multicolores.

-Un arma terrible -admitió su subordinado-, aunque, en última instancia, demasiado fantástica para tener éxito. Lo más probable es que esta vez se decanten por el uso de la fuerza bruta, combinada con una sincronización perfecta.

-Selbsverstandlich -asintió Hochflieger-. Pero, sea como sea, tenemos que reaccionar y vencerlos, Informe a la Terpol. -Era la organización planetaria de inteligencia, cuyo cuartel general se encontraba en la Luna-. ¿Y, concretamente, dónde los han detectado?

-De momento sólo en Schweinfurt.

-Quizá deberíamos arrasar la zona.

-Si lo hacemos, aparecerán en otro sitio.

-Es cierto. -Hochflieger caviló un instante-. Lo que debemos hacer es completar la operación Hundefutter. -Hundefutter había logrado producir para el gobierno de Alemania Federal una subespecie de terrícola de sesenta centímetros de altura, capaz de adoptar gran variedad de formas. Iban a utilizarlos para infiltrarse en la red de los fnuls y destruirla desde dentro. Hundefutter, financiada por la familia Krupp, se había mantenido en el máximo secreto a la espera de este momento.

-Activaré el Kommando Einsatzgruppe II -dijo su subordinado-. Podemos empezar a lanzar a los contra-fnuls tras las líneas fnuls de inmediato. A la caída de la noche, la situación estará controlada.

-Gruss Gott -dijo Hochflieger mientras asentía-. Que el Kommando se ponga en marcha. Permaneceremos muy atentos a sus progresos.

Si fracasaban, comprendió, habría que tomar medidas más drásticas.

«La supervivencia de nuestra raza está en juego -se dijo Hochflieger-. Los próximos cuatro mil años de historia estarán determinados por el valeroso acto de un miembro de la SHD en esta hora. Quizá yo mismo.»

Siguió caminando de un lado a otro, dándole vueltas a esta idea.


***


En Varsovia, el jefe de la Agencia Popular para la Preservación del Proceso Democrático -la APPPD-leyó varias veces el mensaje codificado que había recibido por teletipo, mientras, sentado a su mesa, tomaba un desayuno tardío a base de té, rollitos azucarados y jamón polaco. «disfrazados como jugadores de ajedrez –se dijo Serge Nicov-. Y todos utilizan la apertura de peón de reina, Qp a Q3… Una apertura poco peligrosa, sobre todo si se contrarresta con Kp a K4, aunque lleven las blancas. Pero ... »

Seguía siendo una situación peligrosa.

En un papel con membrete oficial escribió: «Seleccionar al tipo de jugadores de ajedrez que emplean la apertura de peón de reina». A los Equipos de Reeducación por Reforestación, decidió. «Los fnuls son pequeños, pero pueden plantar arbolitos... Ya encontraremos qué hacer con ellos. Semillas. Pueden plantar semillas de girasol para el programa de eliminación de la tundra y producción de aceite vegetal.

»Un año de trabajo duro -decidió- y se lo pensarán dos veces antes de volver a invadir la Tierra.»

Por otro lado, también podía hacer un trato con ellos, ofrecerles una alternativa a las actividades de la muy estimulante y educativa reforestación. Podían entrar en el ejército como una brigada especial y combatir en Chile, en las montañas. Como sólo medían sesenta centímetros, cabrían muchos en un submarino nuclear... Pero ¿eran de fiar?

Lo que más detestaba de los fnuls -y había acabado por conocerlos bastante bien en sus anteriores invasiones del planeta- era su falsedad. La última vez habían adoptado la forma de un grupo de bailarines étnicos... Y qué bailarines. Habían masacrado al público entero de un teatro de Leningrado antes de que nadie tuviera tiempo de intervenir. Hombres, mujeres y niños, asesinados en el sitio por armas de ingenioso diseño y construcción sólida aunque monótona, que habían logrado introducir camufladas como instrumentos tradicionales de cinco cuerdas.

No podía volver a suceder. Todos los países del Bloque Democrático estaban alertas. Los grupos juveniles habían organizado patrullas de vigilancia especiales. Pero una estratagema nueva -como por ejemplo esto de los jugadores de ajedrez- podía tener éxito, sobre todo en las repúblicas del Este, donde los jugadores de ajedrez eran recibidos con tanto entusiasmo como si fueran héroes.

Serge Nicov abrió el compartimento secreto de su mesa, sacó el teléfono especial, levantó el auricular y dijo:

-Los fnuls han reaparecido en el área del norte del Cáucaso. Recomiendo desplegar el máximo número de tanques posible para im¬pedir su avance cuando empiecen a dispersarse. Contenerlos y avanzar directamente hacia su centro. Dividirlos sucesivamente hasta que estén reducidos a pequeños grupos de los que podamos encargarnos con facilidad.

-Sí, oficial político Nicov.

Serge Nicov colgó y continuó con su desayuno, ya frío.


***


Mientras volaban en dirección a Washington D.C., con el capitán Lightfoot a los mandos del helicóptero, uno de los dos fnuls prisioneros dijo:

-¿Cómo es que, utilicemos el disfraz que utilicemos, los terrícolas consiguen detectarnos siempre? Hemos suplantado a empleados de estaciones de servicio, a inspectores de maquinaria Volkswagen, a campeones de ajedrez, a cantantes populares con sus propios instrumentos, a funcionarios de poca monta y ahora a vendedores de bienes inmuebles...

-Es el tamaño -dijo Lightfoot.

-El concepto no nos dice nada.

-¡Miden ustedes sesenta centímetros!

Los dos fnuls conversaron un momento y uno de ellos replicó entonces, con voz paciente:

-Pero el tamaño es relativo. Nuestras formas temporales poseen todas las cualidades absolutas de los terrícolas y, conforme a la lógica evidente...

-Mire -dijo Lightfoot-, venga aquí, póngase a mi lado. -El fnul con su traje gris y el maletín en la mano, se acercó cautelosamente . Me llega usted a la rodilla -señaló Lightfoot-. Yo mido un metro ochenta. Soy tres veces más alto, En medio de un grupo de terrícolas, destacan ustedes más que un huevo en un barril de pepinillos.

-¿Es un dicho popular? -preguntó el fnul-. Será mejor que lo apunte. -Sacó del bolsillo de su chaqueta un bolígrafo del tamaño de una cerilla-. «Un huevo en un barril de pepinillos». Qué pintoresco. Espero que, cuando hayamos borrado del mapa su civilización, parte de sus tradiciones étnicas se conserven en nuestros museos.

-Y yo -dijo Lightfoot mientras encendía un cigarrillo.

El otro fnul, tras meditar un momento, dijo:

Me pregunto si habría algún modo de crecer. ¿Es un secreto racial preservado por ustedes? -Entonces se fijó en el cigarrillo encendido que Lightfoot tenía entre los labios y añadió-: ¿Así es como consiguen su antinatural estatura? ¿Quemando palitos de fibras vegetales secas y prensadas e inhalando el humo?

-Sí –respondió Lightfoot mientras ofrecía un pitillo a los dos pequeños fnuls-. Ese es nuestro secreto. Fumar te hace crecer. Obligamos a fumar a los pequeños, sobre todo a los adolescentes.

-Voy a probarlo -le dijo a su compañero uno de los fnuls. Se colocó el cigarrillo entre los labios e inhaló profundamente.

Lightfoot parpadeó. Porque el fnul tenía ahora ciento veinte centímetros de altura y su compañero había experimentado la misma transformación al instante. Ambos eran ahora dos veces más altos que antes. Aunque parezca increíble, el humo del tabaco le había proporcionado a cada uno de ellos sesenta centímetros más.

-Gracias -dijo el vendedor de bienes inmuebles, ahora de metro veinte de estatura, con una voz mucho más profunda que antes-. Estamos avanzando a pasos agigantados, ¿no le parece?

-Devuélvame el cigarrillo -dijo Lightfoot con nerviosismo.


***


En su oficina del edificio de la CIA, el mayor Julius Hauk pulsó un botón de su mesa y la señorita Smith, tan alerta como siempre, abrió la puerta y entró en el despacho, cuaderno en mano.

-Señorita Smith -dijo el mayor-, el capitán Lightfoot no está. Ahora puedo decírselo. Esta vez los fnuls van a ganar. Como comandante en jefe de la lucha contra ellos, estoy a punto de abandonar y bajar al refugio anti-bombas construido para situaciones desesperadas como ésta.

-Lo siento mucho, señor -dijo la señorita Smith con un aleteo de sus larguísimas pestañas-. He disfrutado mucho trabajando para usted.

-Pero es que usted también está condenada -le explicó Hauk-. Van a aniquilar a todos los terrícolas; será una derrota a escala planetaria. -Abrió uno de los cajones de su mesa y sacó una botella sin abrir de whisky Bullock & Lade que le habían regalado en su último cumpleaños. -Antes voy a terminarme este whisky -informó a la señorita Smith-. ¿Quiere acompañarme?

-No, gracias, señor -dijo la señorita Smith-. Me temo que no bebo. Al menos durante el día.

El mayor Hauk tomó un trago de un vaso de papel y luego otro más, pero directamente de la botella, para asegurarse de que era escocés. Luego la dejó sobre la mesa y dijo:

-Cuesta creer que vayan a aniquilarnos unas criaturas del tamaño de un gato doméstico, pero así son las cosas. -Inclinó la cabeza ante la señorita Smith-. Me marcho al refugio subterráneo, donde aguardaré el fin de la vida tal como la conocemos.

-Me alegro por usted, mayor Hauk, dijo la señorita Smith un poco intranquila-. Pero, ¿va a dejarme usted aquí para que los fnuls me hagan prisionera? Es decir... -Sus desafiantes y puntiagudos senos temblaban con sugerente unanimidad bajo la blusa-. Me parece un poco cruel.

-No tiene usted nada que temer de los fnuls, señorita Smith -dijo el mayor Hauk-. A fin de cuentas, sesenta centímetros de altura... -Hizo un ademán-. Ni siquiera una joven neurótica podría temer... -Se echó a reír-. En serio.

-Pero es terrible -dijo la señorita Smith- la idea de verse abandonada ante lo que sabemos que es un enemigo antinatural de un planeta completamente distinto.

-Le diré una cosa -dijo el mayor Hauk con tono pensativo-, creo que voy a quebrantar una serie de estrictas normas de la CIA. Puede usted venirse al refugio conmigo.

La señorita Smith dejó el cuaderno y el lápiz, corrió hacia el mayor y dijo, casi sin aliento:

-Oh, mayor, ¿cómo puedo agradecérselo?

-Usted venga conmigo -dijo el mayor Hauk con la premura de la situación, se dejó la botella de whisky olvidada en la mesa.

La señorita Smith se pegó a él mientras el mayor recorría con paso tambaleante el camino que separaba su oficina del ascensor.

-Maldito whisky -murmuró Hauk-. Señorita Smith, Vivian, ha sido usted muy prudente al no tocarlo. Teniendo en cuenta la reacción córtico-talámica que estamos experimentando todos frente al peligro fnúlico, el escocés no es el bálsamo benéfico que acostumbra a ser.

-Vamos -dijo su secretaria mientras se deslizaba bajo el brazo del hombre para ayudarlo a permanecer en pie ante la puerta del ascensor-. Trate de mantenerse firme, mayor. Ya queda poco.

-En eso tiene usted razón -asintió el mayor Hauk-. Mi querida Vivian.


***


Finalmente, llegó el ascensor.

-Está siendo usted muy bueno conmigo -dijo la señorita Smith mientras el mayor pulsaba el botón y el ascensor iniciaba su descenso.

Bueno, así puede que prolongue usted su vida un tiempo –convino el mayor Hauk-. Claro está que, a esa profundidad... La temperatura media es muy superior a la de la superficie de la Tierra. Es como el interior de una mina. Supera de largo los treinta grados.

-Pero al menos estaremos vivos – señaló la señorita Smith.

El mayor Hauk se quitó la chaqueta y la corbata.

-Debe prepararse para un calor muy húmedo-le dijo-. Venga, permita que le ayude a quitarse la chaqueta.

-Sí -respondió la señorita Smith y dejó que su jefe, en un acto de caballerosidad, la despojara de la prenda.

El ascensor llegó al refugio. No había nadie allí, por suerte. Lo tenían entero para ellos.

-Pues sí que está mal ventilado -dijo la señorita Smith cuando el mayor Hauk encendió una tenue luz amarillenta-. Oh, vaya. -Tropezó con algo en la penumbra-. No se ve bien... -Volvió a tropezar con algo. Esta vez estuvo a punto de caerse. ¿No podríamos tener un poco más de luz, mayor?

-¿Para atraer a los fnuls? -El mayor Hauk tanteó en la oscuridad hasta encontrarla. La señorita Smith se había dejado caer en una de las numerosas literas del refugio y estaba buscando su zapato en la oscuridad.

-Creo que se me ha roto el tacón -dijo.

-Bueno, al menos ha salvado la vida -dijo el mayor Hauk-. Algo es algo. -En medio de la penumbra, empezó a ayudarla a quitarse el otro zapato, que ya no servía de nada.

-¿Cuánto tiempo estaremos aquí abajo? -preguntó la señorita Smith.

-Hasta que los fnuls se marchen -le informó el mayor Hauk-. Será mejor que se ponga un traje antirradiación. Por si a esos malditos extraterrestres se les ocurre atacar la Casa Blanca con bombas de hidrógeno. Déme la blusa y la falda. Tiene que haber un mono por alguna parte.

-Está usted siendo muy bueno conmigo -dijo la señorita Smith con voz entrecortada mientras hacía lo que le pedía el mayor-. No sé cómo agradecérselo.

-Creo -dijo el mayor Hauk- que he cambiado de idea y voy a volver a por el escocés. Estaremos aquí abajo más tiempo del que pensaba en un primer momento y lo necesitaremos para que nos ayude a combatir la soledad. Quédese aquí -Volvió a tientas al ascensor.

-No tarde -se alzó ansiosa la voz de la señorita Smith tras él-. Me siento terriblemente desnuda y desprotegida aquí abajo y, además, no puedo encontrar ese traje antirradiación que ha mencionado antes.

-Vuelvo en seguida -le prometió el mayor Hauk.


***


El capitán Lightfoot, con los dos fnuls prisioneros a bordo, tomó tierra en el campo que había frente al edificio de la CIA.

-Muévanse -dijo mientras los apuntaba con el cañón de su 45.

-Es porque es más grande que nosotros, Len -le dijo uno de ellos al otro. Si fuéramos igual de altos, no se atrevería a tratarnos así. Pero al fin entendemos la naturaleza de la superioridad de los terrícolas.

-Sí -dijo el otro fnul-. Tras veinte años, el misterio se resuelve de una vez.

-Un metro veinte sigue resultando sospechoso -dijo el capitán Lightfoot, pero lo que estaba pensando era, «Si han podido crecer sesenta centímetros en un momento, sólo fumando un cigarrillo, ¿qué les impide volver a hacerlo? Entonces medirán un metro ochenta y serán idénticos a nosotros.»

«y es culpa mía», se dijo con amargura.

«El mayor Hauk acabará con mi carrera. Eso, si no acaba conmigo directamente.»

Sin embargo, debía continuar adelante y hacer cuanto estuviera en su mano. La famosa tradición de la CIA lo exigía.

-Voy a llevarlos a ver al mayor Hauk -les dijo a los dos fnuls-. Él decidirá qué se hace con ustedes.

Pero cuando llegaron a la oficina del mayor, no había nadie.

-Qué raro -dijo el capitán Lightfoot.

-Puede que haya decidido retirarse anticipadamente -dijo uno de los fnuls-. ¿Esa botella alta y de color ambarino le sugiere algo?

-Es una botella alta y ambarina de whisky escocés -dijo Lightfoot mientras la examinaba-. Y no quiere decir nada. -No obstante -le quitó el tapón-, voy a probarla. Sólo para asegurarme.

Una vez probado el escocés, se dio cuenta de que los dos fnuls estaban mirándolo fijamente.

-Es lo que los terrícolas llaman «beber» -les explicó-. A ustedes les sentaría mal
.
-Posiblemente -dijo uno de ellos-, pero mientras estaba usted bebiendo, le he quitado su revólver del 45 . Arriba las manos.

Lightfoot, de mala gana, hizo lo que se le ordenaba.

-Dénos esa botella -dijo el fnul-. Vamos a probarla. No permitiremos que se nos niegue nada. Porque lo cierto es que la cultura humana se halla abierta ante nuestros ojos.

-La bebida acabará con ustedes -dijo Lightfoot, con desesperación.

-¿Igual que el tubo ardiente de materia vegetal reseca? -dijo con tono desdeñoso uno de los dos fnuls.

Y ante los ojos de Lighttoot, entre su compañero y él apuraron la botella.

Y, sí, ahora medían metro ochenta de estatura. Igual que los demás fnuls que había por todo el mundo. Por su culpa, esta vez la invasión de los fnuls tendría éxito. Había destruido la Tierra.

-Salud -dijo el primer fnul.

-Hasta la última gota -dijo el otro-. Chinchín. -Bebió y se quedó mirando a Lightfoot-. Usted ha menguado.

-No, Len -replicó el primero-. Es que nosotros hemos crecido.

-Entonces, por fin, somos iguales -dijo Len-. Por fin lo hemos conseguido. La mágica defensa de los humanos, su antinatural estatura, ha sido erradicada.

En ese momento, una voz dijo:

-Suelte ese revólver reglamentario del 45. -Y el mayor Hauk entró en la sala por detrás de los dos fnuls ebrios.

-Que me aspen -musitó el primero de los fnuls-. Mira, Len. Si es el hombre responsable de derrotarnos.

-Y es pequeño -dijo Len-. Pequeño, como nosotros. Ahora todos lo somos. Es decir, somos grandes. Maldita sea, qué más da. Sea como fuere, somos iguales. -Se abalanzó sobre el mayor Hauk...

El mayor disparó. Y el fnul llamado Len se desplomó. Estaba absoluta, innegablemente muerto. Sólo quedaba uno de los dos fnuls prisioneros.

-Edgar, han crecido -dijo el mayor Hauk, pálido-. ¿Por qué?

-Por mi culpa -admitió Lightfoot-. Primero por el cigarrillo y luego por el escocés... Su escocés, mayor, el que le regaló su esposa por su cumpleaños. Admito que ahora son imposibles de distinguir de nosotros... pero piense en esto, señor. ¿Y si volvieran a crecer?

-Ya le entiendo -dijo el mayor Hauk tras una pausa-. Si miden tres metros, serán tan llamativos como antes, cuando...

El fnul prisionero echó a correr.

El mayor Hauk disparó, pero demasiado tarde. El fnul había salido al pasillo y volaba hacia el ascensor.

-¡Cójalo! -gritó el mayor Hauk.

El fnul llegó al ascensor y, sin perder un instante, pulsó el botón; alguna ignota sabiduría fnuliana guió su mano.

-Se escapa -gimió Lightfoot.

El ascensor se había ido.

-Está bajando al refugio antirradiación -exclamó el mayor Hauk, consternado.

-Bien -dijo Lightfoot con tono sombrío-. Allí podremos capturarlo sin dificultades.

-Sí, pero... -empezó a decir el mayor, pero se contuvo-. Tiene usted razón, Lightfoot. Debemos capturarlo. Una vez en la calle será como cualquier otro hombre con traje gris y maletín.

-¿Cómo podrían volver a crecer? -dijo Lightfoot mientras el mayor Hauk y él bajaban por las escaleras-. Primero fue un cigarrillo, luego el escocés... Dos novedades para ellos. ¿Qué podría completar su crecimiento, transformarlos en monstruos de tres metros de alto? -Siguió devanándose los sesos mientras bajaban y bajaban hasta que, al fin, la entrada de acero y hormigón del refugio aparecía frente a ellos.
El fnul ya estaba dentro.

-Ésa que oye usted es... mm, la señorita Smith -admitió el mayor Hauk-. Se había... o, más bien, nos habíamos refugiado aquí de la invasión.

Lightfoot apoyó todo su peso sobre la puerta y la abrió.

Al instante, la señorita Smith se puso en pie, corrió hacia ellos y, un momento después, a salvo ya del fnul, se abrazó a sus dos salvadores.

-Gracias a Dios -gimoteó-. No me di cuenta de lo que era hasta que... -Se estremeció.

-Mayor -dijo el capitán Lightfoot-. Creo que lo hemos encontrado.

El mayor Hauk dijo rápidamente:

-Capitán, recoja usted la ropa de la señorita Smith. Yo me encargaré del fnul. El problema ya está resuelto.

El fnul, con sus casi tres metros de altura, se les acercó lentamente con las manos levantadas.



dimecres, 29 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (y X) (The minority report) Philip K. Dick

y X


Cuatro corpulentos policías ayudaron a Lisa y John Anderton a empaquetar y cargar sus pertenencias. En cincuenta años, el ex inspector había acumulado una vasta colección de bienes materiales. Sombrío y pensativo, miraba la procesión de cajas que se dirigían a los camiones.

Irían directamente al puerto en camión, y de allí a Centauro X por transporte intersistema. Un largo viaje para un anciano, pero no tendría que regresar.

Ahí va la penúltima caja -declaró Lisa, absorta en esa actividad. Vestía suéter y pantalones holgados y recorría las habitaciones desiertas, verificando los últimos detalles. Supongo que no podremos usar todos estos nuevos artefactos atrónicos. En Centauro X todavía usan electricidad.

-Espero que no te moleste -dijo Anderton.

-Nos acostumbraremos -respondió Lisa, y le ofreció una sonrisa fugaz-. ¿Verdad que sí?

-Eso espero. ¿Estás segura de que no te arrepentirás? Si yo pensara...

-No me arrepentiré -le aseguró Lisa-. ¿Que te parece si me ayudas con esta caja?

Mientras subían al primer camión, Witwer llegó en un coche patrulla. Se apeó y se les acercó, su rostro mostraba unas oscuras ojeras.

-Antes de despegar -le dijo a Anderton-, tendra que darme un análisis de la situación de los precogs. El Senado está haciendo preguntas. Quieren averiguar si el informe intermedio, la retractación, fue un error. -Y concluyó confusamente-: Todavía no puedo explicarlo. El informe de la minoría era erróneo, ¿verdad?

-¿Cuál de ellos? -preguntó Anderton con aire divertido.

Witwer parpadeó.

-Así que es eso. Debí haberlo supuesto.

Sentado en la cabina del camión, Anderton sacó su pipa y la llenó de tabaco, lo encendió con el encendedor de Lisa y aspiró el humo. Lisa había regresado a la casa, pues quería cerciorarse de no haber olvidado nada importante.

-Había tres informes de la minoría -le dijo a Witwer, disfrutando de la confusión del joven. Algún día Witwer aprendería a no inmiscuirse en situaciones que no comprendía del todo. Anderton sentía una intensa satisfacción. Viejo y desgastado como estaba, había sido el único que había comprendido la auténtica índole del problema.

-Los tres informes fueron consecutivos –explicó-. El primero era de Donna. En esa senda temporal, Kaplan me revelaba el complot y yo lo mataba de inmediato. Jerry, que se había proyectado un poco por delante de Donna, usó ese informe como dato. Incluía mi conocimiento del informe. En esa segunda senda temporal, yo sólo deseaba conservar mi puesto. No quería matar a Kaplan. Sólo me interesaba mi puesto y mi vida.

-¿Y el tercer informe era el de Mike? ¿Ése fue posterior al informe de la minoría? -Witwer se corrigió-. Es decir, llegó en último lugar.

-El de Mike fue el último de los tres, sí. A partir del conocimiento del primer informe, yo había decidido no matar a Kaplan. Eso condujo al informe número dos. Pero al ver ese informe, volví a cambiar de opinión. El informe número dos, la situación número dos, era la situación que Kaplan quería crear. A la policía le convenía recrear la número uno. Y a esas alturas yo estaba pensando en la policía. Había deducido los propósitos de Kaplan. El tercer informe invalidaba al segundo, del mismo modo que el segundo invalidaba al primero. Eso nos llevó de vuelta al punto de partida.

Lisa se acercó, jadeando.

-Vamos..., hemos terminado aquí.

Con grácil agilidad, subió la escalerilla de metal del camión y se acomodó entre su esposo y el conductor. Éste puso en marcha el motor y los demás lo imitaron.

-Cada informe era diferente -concluyó Anderton-. Cada cual era único. Pero dos de ellos coincidían en un aspecto. Si me dejaban libre, yo mataría a Kaplan. Eso creó la ilusión de un informe de la mayoría. En realidad era sólo eso, una ilusión. Donna y Mike previeron el mismo acontecimiento, pero en dos sendas temporales diferentes y en condiciones totalmente diferentes. En cuanto a Donna y Jerry, el presunto informe de la minoría y la mitad del informe de la mayoría, eran incorrectos. De los tres, el de Mike era correcto, pues no le siguió ningún informe que pudiera invalidarlo. Eso lo resume todo.

Afanosamente, Witwer trotaba junto al camión, con el rostro pálido y suave arrugado de preocupación.

-¿Sucederá de nuevo? ¿Deberíamos modificar la configuración?

-Puede suceder en una sola circunstancia -dijo Anderton-. Mi caso era único, pues yo tenía acceso a los datos. Podría suceder de nuevo pero sólo al próximo inspector general. Así que ten cuidado.

Sonrió, regodeándose en la tensa expresión de Witwer. Junto a él, Lisa frunció los rojos labios y extendió la mano cubriendo la suya.

Más vale que mantengas los ojos abiertos -le dijo Anderton al joven Witwer-. Te puede ocurrir en cualquier momento.


La setmana que ve, el proper 05-11-2008, començaré a publicar tots els dimecres, el meu particular homenatge al "Club de los jueves". Es tractarà d'una sèrie titulada "Dimecres, relats d'altri" on deixaré relats que m'han agradat, i que, en el cas més general, que siguin escrits en català, traduiré pels amics.

Salut

dimarts, 28 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (IX) (The minority report). Philip K. Dick

IX


Nunca había matado a un hombre. Nunca había visto matar a un hombre. Y había sido inspector de policía durante treinta años. Para esta generación, el homicidio deliberado se había extinguido, simplemente no existía.

Un coche de policía lo acercó a la manifestación del Ejército. En la penumbra del asiento trasero, examinó con detenimiento la pistola de Fleming. Parecía estar intacta. En realidad, no tenía duda alguna acerca del desenlace. Estaba del todo seguro de lo que sucedería en la próxima media hora. Montó de nuevo la pistola, abrió la puerta del coche aparcado y salió cautelosamente.

Nadie le prestaba la menor atención. Crecientes masas de personas avanzaban presurosas, tratando de acercarse a la manifestación. Predominaban los uniformes militares, y en el perímetro de la zona despejada habían desplegado una columna de tanques y armas pesadas, un armamento formidable aún en uso.

El Ejército había levantado un estrado y una escalera. Detrás del estrado colgaba la gran bandera del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental, emblema de las potencias combinadas que habían luchado en la guerra. Por una curiosa perversión del tiempo, la Liga de Veteranos del Ejército también incluía a oficiales del bando enemigo. Un general era un general, y las diferencias se habían disipado con los años.

Los altos oficiales del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental ocupaban las primeras hileras de asientos. Detrás de ellos estaban los oficiales más jóvenes. Las banderas de los regimientos ondeaban con su variedad de colores y símbolos. El desfile tenía el aspecto de un festival. En el estrado estaban sentados severos dignatarios de la Liga de Veteranos, todos ellos tensos y expectantes. En los extremos, casi inadvertidos, había algunos agentes de la policía. En realidad, eran informadores que estaban observando, En cuanto al orden, el Ejército se encargaría de mantenerlo.

El viento de la tarde transportaba el sordo murmullo de la multitud apretujada. Mientras Anderton atravesaba la densa muchedumbre, fue engullido por esa compacta masa humana, Una tangible sensación de que algo iba a ocurrir mantenía en tensión a todo el mundo. La multitud parecía intuir que algo espectacular estaba en camino. Con dificultad, Anderton se abrió paso entre las filas de asientos hasta llegar al apretado grupo de oficiales del Ejército que había junto al estrado.

Kaplan estaba entre ellos. Pero ahora era el general Kaplan.

El chaleco, el reloj de bolsillo de oro, el bastón, el traje conservador..., todo había desaparecido. Para este acontecimiento, Kaplan había rescatado su viejo uniforme de la naftalina. Erguido e imponente, estaba rodeado por lo que había sido su Estado Mayor General. Usaba sus galones, sus condecoraciones, sus botas, su sable corto de gala y su gorra con visera. Era asombrosa la transformación que el descarnado poder de una gorra de oficial con pico y visera había provocado en ese hombre calvo.

Al ver a Anderton, el general Kaplan se apartó del grupo y se dirigió hacia él. La expresión de su delgado semblante mostraba cuán satisfecho estaba de ver al inspector general.

-Vaya sorpresa le dijo a Anderton, extendiendo su pequeña mano enguantada de grís-. Tenía la impresión de que el inspector provisional lo había arrestado.

-Todavía estoy libre -respondió Anderton lacónicamente, estrechándole la mano-, En definitiva, Witwer tiene esa misma cinta. -Señaló el paquete que Kaplan aferraba con sus dedos acerados y aguantó con confianza la mirada del hombre.

A pesar de su nerviosismo, el general Kaplan todavía estaba de buen talante.

-Ésta es una gran ocasión para el Ejército -manifestó-. Le alegrará saber que ofreceré al público una declaración completa acerca de las acusaciones falsas a las que usted se enfrenta.

-Bien -dijo Anderton con voz neutra.

-Quedará claro que fue usted acusado injustamente. -El general Kaplan trataba de descubrir hasta dónde sabía Anderton- ¿Tuvo Fleming la oportunidad de asesorarle sobre la situación?

-Hasta cierto punto -respondió Anderton-. ¿Leerá sólo el informe de la minoría? ¿Es todo lo que tiene ahí?

-Lo compararé con el informe de la mayoría. -El general Kaplan hizo una seña y un asistente le entregó un maletín de cuero-. Todo está aquí..., todas las pruebas que necesitamos. A usted no le importa servir de ejemplo, ¿verdad? Su caso es símbolo del arresto arbitrario de un sinfín de personas. -Con gesto rígido, el general Kaplan miró su reloj de pulsera-. Debo comenzar. ¿Me acompañará en el estrado?

-¿Para qué?

Con frialdad, pero con una suerte de reprimida vehemencia, el general Kaplan dijo:

-Para que vean la prueba viviente. Usted y yo juntos..., el asesino y su víctima. De pie, uno junto al otro, exponiendo el siniestro fraude que ha fraguado la policía.

-Será un placer -convino Anderton-. ¿Qué estamos esperando?

Desconcertado, el general Kaplan se desplazó hacia el estrado. Una vez más, miró con inquietud a Anderton, como preguntándose por qué se había presentado y qué sabía en realidad. Su incertidumbre crecía a medida que Anderton subía la escalinata del estrado y se sentaba junto al podio del orador.

-¿Usted comprende plenamente lo que vaya decir? -preguntó el general Kaplan-. La denuncia tendrá considerables repercusiones. Puede instar al Senado a reconsiderar la validez del sistema Precrimen.

-Entiendo –respondió Anderton con los brazos cruzados-. Vamos.

Un tenso silencio había descendido sobre la multitud. Pero se produjo una anhelante agitación cuando el general Kaplan asió el maletín y comenzó a disponer el material frente a el.

-El hombre sentado junto a mí -comenzó, con voz limpia y cortante es conocido por todos. Os sorprenderá verlo aquí, pues hasta hace poco la policía lo describía como un asesino peligroso.

La multitud fijó los ojos en Anderton. Miró con expectación al único asesino potencial que habían tenido el privilegio de ver a escasa distancia.

-En las últimas horas, no obstante -continuó el general Kaplan, la orden policial para su arresto fue revocada. ¿Fue porque el inspector Anderton se entregó voluntariamente? No, de ningún modo. El está sentado aquí. No se ha entregado, pero la policía ya no está interesada en él. John Allison Anderton es inocente de todo delito en el pasado, el presente y el futuro. Las acusaciones en su contra eran fraudes patentes, diabólicas distorsiones de un sistema penal contaminado y basado en una premisa falsa, una vasta e impersonal máquina de destrucción que aplastaba a hombres y mujeres hasta destruirlos.

La fascinada multitud miraba a Kaplan y a Anderton. Todos comentaban los aspectos básicos de la situación.

-Muchos hombres han sido capturados y encarcelados bajo lo que se conoce como estructura profiláctica Precrimen -continuó el general Kaplan, con mayor sentimiento y energía en la voz-. No acusados de delitos cometidos, sino de delitos que cometerán. Se afirma que estos hombres, si continúan en libertad, cometerán delitos en algún momento en el futuro próximo. Pero no puede haber un conocimiento fiable del futuro. En cuanto se obtiene una información precognitiva, se invalida a sí misma. La afirmación de que este hombre cometerá un crimen en el futuro es paradójica. El solo hecho de poseer estos datos la vuelve falsa. En todo caso, sin excepción, el informe de los tres precogs de la policía ha invalidado sus propios datos. Si no se hubieran realizado arrestos, tampoco se habrían cometido crímenes.

Anderton escuchaba con ánimo sereno, sin prestar mayor atención. La multitud, en cambio, escuchaba con gran interés. El general Kaplan estaba elaborando una teoría a partir del informe de la minoría. Explicó lo que era y cómo había llegado a existir.

Anderton extrajo la pistola del bolsillo de la chaqueta y la apoyó en el regazo. Kaplan ya dejaba a un lado el informe de la minoría, el material precognitivo obtenido de Jerry. Sus dedos huesudos tantearon buscando la síntesis del primero, el de Donna y después el de Mike.

-Éste era el informe original de la mayoría -explicó-. La afirmación realizada por los dos primeros precogs, de que Anderton cometería un homicidio. Aquí está el material invalidado. Lo leeré.

Limpió con un pañuelo las gafas sin montura, se las puso sobre la nariz y comenzó a leer lentamente.

Una expresión extraña cruzó su rostro. Vaciló tartamudeó, se interrumpió de forma brusca. Los papeles se le cayeron de las manos. Como un animal acorralado, se dio la vuelta, se agachó y salió huyendo del podio.

Por un instante, su rostro demudado pasó frente a Anderton. Poniéndose de pie, éste levantó el arma, se adelantó con rapidez y disparó.

Enredado en las hileras de pies que sobresalían de las sillas que llenaban el estrado, Kaplan soltó un grito de dolor y miedo Como un pájaro abatido, rodó, agitando los brazos y las piernas, del estrado al suelo. Anderton se acercó a la baranda, pero todo había terminado.

Kaplan, como afirmaba el informe de la mayoría, estaba muerto. Su pecho delgado era una cavidad oscura y humeante, copos de ceniza que echaban a volar mientras el cuerpo temblaba convulsivamente.

Asqueado, Anderton se alejó y caminó deprisa entre los anonadados oficiales del Ejército. Aún empuñaba la pistola, lo que le permitió avanzar sin objeciones. Saltó de la plataforma y se abrió paso en la caótica masa de gente. Pasmados, horrorizados, luchaban para ver qué había sucedido. El episodio, ocurrido ante sus propios ojos, era incomprensible. La aceptación de lo ocurrido tardaría un rato en reemplazar al terror ciego.

Una vez superada la muchedumbre, Anderton fue rescatado por los policías que lo esperaban.

-Tuvo suerte de escabullirse -le susurró uno de ellos mientras el coche avanzaba con precaución.

-Creo que sí -respondió Anderton con aire distante. Se reclinó y trató de serenarse. Estaba temblando y mareado. De pronto se inclinó hacia delante y vomitó.

-Pobre diablo -murmuró, en tono compasivo, uno de los policías.

En ese torbellino de abatimiento y náusea, Anderton no pudo distinguir si el policía se refería a Kaplan o a él.

dilluns, 27 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (VIII) (The minority report) Philip K. Dick

VIII


Witwer salió a su encuentro en la azotea del edificio de la policía. Cuando se posó la pequeña nave, la escuadrilla de naves de escolta se alejó a gran velocidad. Anderton se acercó al joven rubio.

-Tienes lo que querías -le dijo-. Puedes encerrarme y mandarme al campo de detención. Pero no será suficiente.

Los ojos azules de Witwer reflejaban incertidumbre.

-Me temo que no entiendo.

-No es culpa mía. Nunca debí dejar el edificio de policía. ¿Dónde está Wally Page?

-Ya lo hemos atrapado -respondió Witwer-. No nos dará problemas.

Annderton lo miró sombríamente.

-Lo has detenido por el motivo equivocado. Dejarme entrar en el edificio de los monos no fue un delito. Pero pasarle información al Ejército, sí. Has tenido un espía del Ejército trabajando aquí. -Se corrigió de mala gana-. Es decir, yo lo he tenido.

-He anulado su orden de arresto. Ahora los equipos están buscando a Kaplan.

-¿Hubo suerte?

-Se fue de aquí en un camión del Ejército. Lo seguimos, pero el camión entró en unos barracones militares. Ahora tienen un tanque de guerra R-3 bloqueando la calle. Tratar de apartarlo equivaldría a una guerra civil.

Lisa bajó de la nave con pasos vacilantes. Todavía estaba pálida y conmocionada. Una magulladura destacaba en su garganta.

-¿Qué pasó contigo? -le preguntó Witwer. Entonces vio el cuerpo inerte de Fleming tendido dentro de la nave, y dirigiéndose a Anderton, dijo-: Ahora ya no cree que esto sea obra mía, ¿verdad?

-Así es.

Ya no cree que yo esté... conspirando para quedarme con su puesto -dijo Witwer con una mueca de disgusto.

-Claro que lo creo. Todo el mundo es culpable de esa clase de cosas. Del mismo modo que yo estoy conspirando para conservarlo. Pero esto es otro asunto, y tú no tienes culpa de ello.

-¿Por qué dice que es demasiado tarde para entregarse? -preguntó Witwer-. Por Dios, lo llevaremos al campo de detención, la semana pasará y Kaplan seguirá con vida.

-Seguirá con vida, sí -concedió Anderton-. Pero puede demostrar que estaría igualmente vivo si yo estuviera caminando por la calle. Posee información que demuestra que el informe de la mayoría es obsoleto. Él puede destruir el sistema Precrimen. Cara o cruz, él gana y nosotros perdemos. El Ejército nos desacreditará; su estrategia dio resultado.

-Pero ¿por qué arriesgan tanto? ¿Qué quieren?

-Después de la guerra anglo-china, el Ejército perdió prestigio. Ya no es lo que era en los viejos tiempos cuando llevaban la voz cantante, tanto en lo militar como en política interna y hacían su propio trabajo de policía.

-Como Fleming -dijo Lisa débilmente.

-Después de la guerra, el Bloque Occidental fue desmilitarizado. Los oficiales como Kaplan fueron retirados y ya no se contaba con ellos. A nadie le gusta eso. -Anderton hizo una mueca-. Puedo comprenderlo. El no es el único. Pero no podíamos seguir dirigiendo las cosas de ese modo; teníamos que dividir el poder.

-Usted asume que Kaplan ha ganado -dijo Witwer-. ¿No podemos hacer nada?

-No voy a matarlo. Nosotros lo sabemos y él lo sabe. Quizá se avenga a proponernos algún trato. Seguiremos en funciones, pero el Senado abolirá nuestra influencia. Eso no te gustaría, ¿verdad?

-Claro que no -respondió Witwer enfáticamente-. En cualquier momento puedo estar al mando de esta agencia. -Se sonrojó-. No de inmediato, por supuesto.

-Es una pena que hayas dado a conocer el informe de la mayoría -le reprocho Anderton-. Si lo hubieras mantenido en secreto podríamos guardarlo discretamente. Pero todo el mundo ha oído hablar de él. Ahora no podemos retractarnos.

-Supongo que no -admitió con incomodidad Witwer-. Quizá... no domine este trabajo tanto como creía.

-Lo dominarás. Con el tiempo serás un buen policía. Crees en el statu quo. Pero aprende a tomarlo con calma. -Anderton se alejó de los dos-. Ire a estudiar las cintas de datos del informe de la mayoría. Espero averiguar cómo se suponía que iba a matar a Kaplan. -Y añadió reflexivamente- Quizá me dé algunas ideas.

Las cintas de datos de los precogs Donna y Mike estaban almacenadas por separado. Anderton fue a la máquina responsable del análisis de Donna, abrió el escudo protector y extrajo el contenido. Al igual que antes, el código le informó de qué cintas eran relevantes y en un instante activó el reproductor de grabación.

Era más o menos lo que él había sospechado. Éste era el material utilizado por Jerry, la senda temporal invalidada. En ella los agentes de Inteligencia Militar de Kaplan secuestraban a Anderton mientras regresaba a casa desde el trabajo. Lo llevaban a la villa de Kaplan, cuartel general de la Liga Internacional de Veteranos. Anderton recibía el ultimátum de desmantelar voluntariamente el sistema Precrimen o enfrentarse a hostilidades abiertas con el Ejército.

En esta senda temporal descartada, Anderton, como inspector de policía acudía al Senado en busca de ayuda. No recibía ninguna. Para evitar la guerra civil, el Senado ratificaba el desmembramiento del sistema policíaco, y decretaba un retorno a la ley marcial "para hacer frente a la emergencia". Con la complicidad de un grupo de policías fieles al sistema, Anderton localizaba a Kaplan y lo tiroteaba junto a otros oficiales de la Liga de Veteranos. Solo Kaplan moría. Los demás se recuperaban. Y el golpe tenía éxito.
.
-Esta era Donna. Rebobinó la cinta y revisó el material proporcionado por Mike. Debería ser idéntico; Ambos precogs se habían combinado para presentar una imagen unificada. Mike empezaba como había empezado Donna: Anderton descubría la conspiracion de Kaplan contra la policía. Pero algo no encajaba. Desconcertado, rebobinó la cinta hasta el principio. Incomprensiblemente, no concordaba. De nuevo pasó la cinta, escuchando con atención .

El informe de Mike era muy diferente del informe de Donna.

Al cabo de una hora terminó su examen, guardó las cintas y salió del edificio de los monos. En cuanto salió, Witwer le preguntó:

-¿Qué sucede? Veo que algo anda mal.

-No -respondió Anderton con lentitud-. No exactamente mal.

Oyó un bullicio. Se dirigió hacia la ventana y miró afuera.

La calle estaba atestada de gente. Por el centro se desplazaba una fila de tropas uniformadas en cuatro columnas. Rifles, cascos..., soldados que desfilaban en uniforme de combate, enarbolando los apreciados estandartes del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental en el frío viento de la tarde.

-Una manifestación del Ejército -explicó angustiado Witwer-. Me equivoqué, no les interesa hacer un trato con nosotros. Kaplan hará una proclama pública.

Anderton no se sorprendió.

-¿Leerá el informe de la minoría?
.
-Posiblemente. Después exigirá al Senado que nos disuelva y acaparará el poder. Afirmará que hemos arrestado a hombres inocentes..., incursiones policiales nocturnas, esas cosas. El gobierno del terror.

-¿Crees que el Senado cederá?

Witwer titubeó.

-Prefiero no pensarlo. . .

-Pues yo te lo diré. Sí, el Senado cederá. Ese desfile encaja con lo que he averiguado abajo. Nos tienen arrinconados y sólo podemos ir en una dirección. Nos guste o no, tendremos que tomarla.

Sus ojos tenían un brillo acerado.

-¿Cuál es? -preguntó Witwer con aprensión.

-Una vez que te la diga, te preguntarás por qué no la pensaste tú. Obviamente, tendré que hacer lo que dice el informe que se ha dado a conocer: tendré que matar a Kaplan. Es el único modo de impedir que nos desacrediten.

-Pero el informe de la mayoría fue invalidado -dijo Witwer sorprendido.

-Puedo hacerlo -le informó Anderton-, pero tendrá un precio. ¿Estás familiarizado con los estatutos que rigen el homicidio en primer grado?

-Cadena perpetua.

-Como mínimo. Quizá puedas mover algunas influencias y lograr que lo conmuten por exilio. Me podrían enviar a una de las colonias planetarias, la vieja frontera.

-¿Prefiere eso?

-Claro que no. Pero sería el menor de dos males. Y es preciso hacerlo.

-No veo cómo puede matar a Kaplan.

Anderton desenfundó el arma militar que le había quitado a Fleming.

-Usaré esto.

-¿No lo detendrán antes?

-¿Por qué iban a hacerlo? Tienen un informe de la minoría que dice que he cambiado de parecer.

-¿Entonces el informe de la minoría es incorrecto?

-No -dijo Anderton-, es totalmente correcto. Pero mataré a Kaplan de todos modos.

diumenge, 26 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (VII) (The minority report). Philip K. Dick

VII


Al volante de la nave patrulla de alta velocidad, Anderton describió el contenido de la cinta del informe de la minoría.

Lisa escuchaba sin hacer comentarios, con el rostro contraído y tenso y las manos entrelazadas sobre el regazo. Bajo la nave, la campiña desvastada por la guerra se extendía como un mapa en relieve. Ruínas de granjas y pequeñas plantas industriales jalonaban los páramos, acribillados de cráteres, que separaban una ciudad de otra.

-Me pregunto cuántas veces habra ocurrido algo así -dijo Lisa cuando Anderton hubo terminado.

-¿Un informe de la minoría? Muchas veces.

-Me refiero al precog desfasado. Usando los informes de los otros como dato anulándolos. -Con ojos sombríos y serios, añadió-: Quizá a muchas personas que están en los campos les ha ocurrido lo mismo que a ti.

-No -insistió Anderton. Pero también él empezaba a sentirse incómodo con la idea-. Yo estaba en situación de ver la tarjeta, de echar un vistazo al informe. Eso cambiaba las cosas.

Pero Lisa gesticuló significativamente.

-Quizá todos ellos habrían reaccionado asi, si les hubiéramos contado la verdad.

-Habría sido un riesgo demasiado grande -respondió tozudo.

Lisa soltó una carcajada.

-¿Riesgo? ¿Azar? ¿Incertidumbre? ¿Trabajando con precogs?

Anderton se concentró en conducir la rápida nave

-Éste es un caso único -insistió-. Y tenemos un problema inmediato. Podemos abordar los aspectos teóricos después. Debo llevar esta cinta a las personas indicadas antes de que tu brillante y joven amigo la destruya.

-¿Se la llevas a Kaplan?

-Por supuesto. -Tanteó el rollo de cinta que estaba en el asiento entre ellos-. Él estará interesado, y le resultará reconfortante saber que su vida no corre peligro.

Lisa sacó la pitillera de su cartera.

-¿Y crees que te ayudará?

-Quizá..., o quizá no. Vale la pena correr el riesgo.

-¿Cómo lograste pasar tan pronto a la clandestinidad? -pregunto Lisa-. Es difícil obtener un disfraz tan persuasivo.

-Solo se necesita dinero -respondió él evasivamente. Mientras fumaba, Lisa reflexionó.

-Quizá Kaplan te proteja -dijo-. Es muy poderoso.

-Pensé que era solo un general retirado.

-Técnicamente es sólo eso, pero Witwer obtuvo su expediente. Kaplan encabeza una insólita y exclusiva organización de veteranos. Es una especie de club, con pocos pero selectos miembros. Sólo altos oficiales..., una clase internacional de ambos bandos de la guerra. Aquí en Nueva York, tienen una gran mansión, tres publicaciones en papel satinado y coberturas televisivas que cuestan una pequeña fortuna.

-¿Que quieres decir?

-Sólo esto. Me has convencido de que eres inocente Es obvio que no quieres cometer un homicidio Pero ahora debes comprender que el informe original, el informe de la mayoría, no era falso. Nadie lo falsificó, y Ed Witwer no lo creó. No hay conspiración contra ti, y nunca la hubo. Si aceptas el informe de la minoría como genuino también deberás aceptar el de la mayoría.

Él asintió a regañadientes.

-Supongo que sí.

-Ed Witwer actúa de buena fe -continuó Lisa- cree sinceramente que eres un criminal en potencia. ¿Por qué no? Él tiene el informe de la mayoria en su escritorio, pero tú tienes esa tarjeta plegada en el bolsillo.

-La destruí -murmuró Anderton.

Lisa se inclinó hacia él.

-A Ed Witwer no le empuja el deseo de conseguir tu puesto -dijo-. Está motivado por el mismo deseo que siempre te ha dominado a tí. Cree en Precrimen. Quiere que el sistema continúe. He hablado con él y estoy convencida de que dice la verdad.

-¿Quieres que le lleve esta cinta a Witwer? -preguntó Anderton-. Si lo hago, la destruirá.

-Pamplinas -replicó Lisa-. Los originales han estado en sus manos desde el prinicipio. Pudo haberlos destruido si hubiera querido.

-Es cierto -concedió Anderton-. Es posible que no estuviera al corriente.

-Claro que no lo estaba. Míralo de esta manera. Si Kaplan se apodera de esa cinta, la policía quedará desacreditada. ¿No entiendes por qué? Demostraría que el informe de la mayoría era un error. Ed Witwer tiene toda la razón. Es preciso que te arresten..., para que Precrimen sobreviva. Tú estás pensando en tu propia seguridad, pero piensa por un segundo en el sistema. -Inclinándose, apagó el cigarrillo y buscó otro en su cartera- ¿Qué significa más para ti..., tu seguridad personal o la existencia del sistema?

-Mi seguridad -respondió Anderton sin vacilar.

-¿De veras?

-Si el sistema sólo puede sobrevivir encarcelando a personas inocentes, debe ser destruido. Mi seguridad personal es importante porque soy un ser humano. Además creo...

Lisa extrajo una pequeña pistola de la cartera.

-Y yo creo -dijo con aspereza- que tengo el dedo en el gatillo, nunca he usado un arma como ésta. Pero estoy dispuesta a hacerlo.

Al cabo de una pausa, Anderton preguntó:

-¿Quieres que dé la vuelta? ¿Eso quieres?

-Sí, volvamos a la jefatura de policía. Lo lamento. Si pudieras poner el bien del sistema por encima de tus egoístas...

-Guárdate el sermón -dijo Anderton-. Llevaré la nave de regreso, pero no escucharé tu apología de un código de conducta que ningún hombre inteligente aceptaría.

Los labios de Lisa se unieron en una línea delgada y pálida. Empuñando la pistola, mantenía los ojos fijos en él mientras Anderton describía un amplio giro con la nave. Algunos objetos sueltos cayeron de la guantera cuando la nave viró inclinándose al límite, elevando majestuosamente un ala hasta quedar casi vertical.

Anderton y su esposa estaban sujetos por los brazos metálicos de los asientos. Pero no así el tercer miembro del pasaje.

Por el rabillo del ojo, Anderton vio un veloz movimiento. También oyó un sonido, la lucha tenaz de un hombre corpulento que perdía el equilibrio y se estrellaba contra la pared reforzada de la nave. Todo sucedió en un santiamén. Fleming se puso de pie al instante y embistió, lanzando el brazo hacia la pistola de la mujer. Anderton estaba demasiado sobresaltado para gritar. Lisa se dio la vuelta, vio al hombre y chilló. Fleming le dio un golpe que le hizo soltar el arma que cayó al suelo con un sonido metálico.

Con un gruñido, Fleming la apartó y aferró la pistola.

-Lo lamento -jadeó, enderezándose-. Pensé que ella diría algo más. Por eso esperé.

-Usted estaba aquí cuando... -comenzó Anderton, y se interrumpió. Era obvio que Fleming y sus hombres lo habían tenido bajo vigilancia. Habían reparado en la existencia de la nave de Lisa y lo habían tenido en cuenta. Mientras Lisa se preguntaba si sería prudente llevarlo a un lugar seguro, Fleming se había introducido en el compartimiento de carga de la nave.

-Quizá sea mejor que me dé esa cinta -dijo Fleming, extendiendo los dedos torpes y húmedos-. Tiene razón. Witwer la habría destruido.

-¿También Kaplan? -preguntó Anderton aturdido, aún desconcertado por la aparición de ese hombre.

-Kaplan trabaja con Witwer. Por eso su nombre aparecía en la línea cinco de la tarjeta. No sabemos cuál de los dos es el jefe. Quizá ninguno de ellos.- Fleming se deshizo de la diminuta pistola y desenfundó su arma militar-. Cometió un gran error al despegar con esta mujer. Le dije que ella manejaba todo esto.

-No puedo creerlo -protestó Anderton-. Si ella...

-Usted no se da cuenta. Fue Witwer quien ordenó calentar el motor de la nave. Querían alejarlo del edificio para que nosotros no pudiéramos llegar hasta usted. Una vez a solas, separado de nosotros no tenía la menor oportunidad.

Una extraña expresión cruzó los tensos rasgos de Lisa.

-No es verdad -susurró-. Witwer no vio esta nave. Yo iba a supervisar...

-Casi se sale con la suya -interrumpió Fleming-. Tendremos suerte si no nos persigue una nave de la policía. No hubo tiempo de verificarlo. -Mientras hablaba, se agachó detrás del asiento de la mujer-. Lo primero es quitarla de en medio. Tendremos que sacarlo de esta zona. Page le describió a Witwer su nuevo disfraz, y no sabemos si han difundido la noticia por todas partes.

Aún agachado, Fleming agarró a Lisa. Arrojándole su pesada arma a Anderton, la obligó a alzar la barbilla hasta que tuvo la cabeza apoyada contra el asiento. Lisa se resistió frenéticamente. Un gemido de terror se elevó de su garganta. Haciendo caso omiso, Fleming cerró las manazas sobre el cuello y empezó a apretar.

-Sin heridas de bala -explicó, jadeando-. Se caerá..., un accidente natural. Siempre ocurren cosas así. Pero, en este caso, el cuello se habrá roto antes.
.
Anderton tardó en reaccionar. Los gruesos dedos de Fleming ya estaban cruelmente hundidos en la carne pálida de su mujer cuando él alzó la culata de la pesada pistola y la descargó sobre la nuca de Fleming. Las enormes manos se aflojaron. Fleming se tambaleó, se inclinó hacia atrás y se desplomó contra la pared de la nave. Tratando de recobrarse, comenzó a erguir el cuerpo, pero Anderton le pegó de nuevo, esta vez sobre el ojo izquierdo. Fleming se desmoronó y se quedó quieto.

Procurando respirar, Lisa permaneció un momento encorvada, meciendo el cuerpo. Gradualmente recobró el color.

-¿Puedes tomar los controles? -preguntó Anderton con voz apremiante, sujetándola por los hombros.

-Sí, eso creo. -Ella cogió el volante mecánicamente-. Estaré bien. No te preocupes por mí.

-Esta pistola -dijo Anderton- es un modelo reglamentario del Ejército. Pero no es de la guerra. Es una de las nuevas armas que han desarrollado. Quizá esté equivocado, pero existe la probabilidad...

Se acercó al cuerpo tendido de Fleming. Tratando de no tocarle la cabeza, le abrió el abrigo y hurgó en sus bolsillos. Poco después tenía en las manos su sudada billetera.

Tod Fleming, según la identificación, era un mayor del ejército adscrito al Departamento de Inteligencia Interna de Información Militar. Entre los diversos papeles había un documento firmado por el general Leopold Kaplan, declarando que Fleming estaba bajo la proteccion especial de su propio grupo, la Liga Internacional de Veteranos.

Fleming y sus hombres operaban a las órdenes de Kaplan. El camión del pan, el accidente, formaba parte de un plan.

Significaba que Kaplan había procurado. mantenerlo libre de la policía. El plan se iniciaba con el contacto inicial en su casa, cuando los hombres de Kaplan lo habían capturado mientras él hacía el equipaje. Comprendió, con incredulidad, lo que había ocurrido. Aun entonces, querían cerciorarse de llegar hasta el antes que la policía. Desde el principio había sido una compleja estrategia para asegurarse de que Witwer no lo arrestara.

-Estabas en lo cierto -le dijo a su esposa mientras regresaba al asiento-. ¿Podemos llegar a Witwer?

Ella asintió. Señalando el circuito de comunicaciones del salpicadero, preguntó:

-¿Qué... averiguaste?

-Comunícame con Witwer. Quiero hablar con él cuanto antes. Es muy urgente.

Ella marcó el número temblando, entró en el canal de circuito cerrado y se comunicó con la jefatura de policía de Nueva York. Una sucesión de oficiales menores desfiló por la pantalla hasta que apareció una réplica de los rasgos de Ed Witwer.

-¿Me recuerdas? -le preguntó Anderton. Witwer palideció.

-Por Dios. ¿Qué ha ocurrido? Lisa, ¿lo traes bajo arresto?

-De pronto reparó en el arma que empuñaba Anderton-. Por favor, no le haga nada. Al margen de lo que usted crea, ella no es responsable.

-Eso ya lo sé -respondió Anderton-. ¿Puedes rastrear nuestra posición? Quizá necesitemos protección para regresar.

-¡Regresar! -Witwer lo miró incrédulamente-. ¿Viene hacia aquí? ¿Piensa entregarse?

-Sí, pienso entregarme. -Anderton añadió con urgencia-: Hay algo que debes hacer de inmediato. Cierra el edificio de los monos. Asegúrate de que nadie se acerque allí, ni siquiera Page. Y mucho menos la gente del Ejército.

-Kaplan -dijo la imagen en miniatura.

-¿Qué pasa con él?

-Estuvo aquí. Acaba de irse.

El corazón de Anderton dio un brinco.

-¿Qué estuvo haciendo?

-Recogiendo datos. Transcribiendo duplicados de los informes de nuestros precogs sobre usted. Insistió en que los quería únicamente para su protección.

-Entonces ya lo tiene. Es demasiado tarde.

-¿A qué se refiere? -exclamó Witwer-. ¿Qué está pasando?

-Te lo diré -suspiró Anderton- cuando llegue a mi oficina

dissabte, 25 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (VI) (The minority report). Philip K. Dick

VI


Entre las doce del mediodía y la una, las calles abarrotadas de basura estaban llenas de gente. Eligió esa hora, la parte más activa del día, para hacer su llamada. Escogió una cabina telefónica en una tienda grande, llena de clientes, marcó el familiar número de la policía y se apoyó el frío auricular en la oreja. Había seleccionado la línea de audio, no la de vídeo: a pesar de su ropa raída y su aspecto desalmado, podrían reconocerlo.

La recepcionista era nueva. Con ciertos reparos, dio la extensión de Page. Si Witwer estaba despidiendo al antiguo personal para colocar a gente de su cuerda, quizá tuviera que hablar con un desconocido.

-Hola -saludó la voz ronca de Page.

Aliviado, Anderton miró a su alrededor. Nadie le prestaba atención. Los clientes vagaban entre las mercancías, haciendo su rutina diaria.

-¿Puedes hablar? -preguntó- ¿O te están vigilando?

Hubo un momento de silencio. Se imaginó la cara de Page demudada por la incertidumbre mientras trataba frenéticamente de decidir qué hacer. Al fin oyó su voz vacilante.

-¿Por qué... llamas aquí?

Anderton no contestó la pregunta.

-No reconocí a la recepcionista. ¿Personal nuevo?

-Recién estrenado –convino Page con voz aguda y estrangulada- muchos cambios, últimamente.

-Eso he oído. -Con voz tensa, Anderton preguntó-: ¿Cómo anda tu empleo? ¿Todavía a salvo?

-Aguarda un minuto.- Anderton oyó cómo dejaba el auricular, un ruído ahogado de pasos y un rápido portazo. Page regresó-

Ahora podemos hablar mejor.

-¿Cuánto mejor?

-No mucho. ¿Dónde estás?

-Paseando por Central Park -dijo Anderton-. Disfrutando del paisaje. –No sabía si Page había ido a cerciorarse de que se grabara la conversación. Era probable que un equipo aerotransportado de la policía ya estuviera en camino. Pero tenía que correr el riesgo. Tengo una nueva especialidad. Ahora soy electricista.

-¿De veras? -respondió Page, desconcertado

-Pensé que quizá tuvieras trabajo para mí. Si es posible me gustaría pasar para examinar tu equipo informático, Sobre todo los bancos de datos y análisis del edificio de los monos.

-Se podría arreglar -dijo Page al cabo de un rato- Si es realmente importante.

-Lo es. ¿Cuándo sería conveniente?

-No sé... -dijo Page dudando- Un equipo de reparación vendrá a echar un vistazo al equipo intercom. El inspector provisional quiere mejorarlo, para poder operar con mayor rapidez. Podrías entrar con ellos.

-Eso haré. ¿A qué hora?

-Digamos a las cuatro. Entrada B, nivel 6. Yo iré a recibirte.

-De acuerdo –convino Anderton, dispuesto a colgar-. Espero que todavía seas tú el responsable para cuando llegue allí.

Colgó y salió rápidamente de la cabina. Poco después se abría paso a través de la apretada concurrencia de la cafetería cercana. Nadie le encontraría allí.

Tenía por delante tres horas y media de espera, pero le pareció que habían sido muchas más. Le resultó la espera más larga de su vida hasta que al fin se reunió con Page, tal como habían convenido.

-Has perdido la cabeza -fueron las primeras palabras de Page.- ¿Por qué demonios has regresado?

-No será por mucho tiempo. -Anderton recorrió con precaución el edificio de los monos, cerrando sistemáticamente una puerta tras otra.- No dejes entrar a nadie, no puedo correr riesgos.

Debiste haber escapado cuando aún estabas a tiempo. -Page lo seguía, muerto de miedo-. Witwer no pierde el tiempo. Ha logrado que todo el país clame por tu sangre.

Sin hacerle caso, Anderton abrió el principal banco de datos de la maquinaria de análisis.

-¿Cuál de los tres monos presentó el informe de la minoría?

-No me preguntes. Yo me largo.

De camino a la puerta, Page se detuvo un instante, señaló al mono de en medio y desapareció. La puerta se cerró dejando a Anderton a solas.

El de en medio. Anderton lo conocía bien. Ese enano encorvado había permanecido sepultado en sus cables y relés durante quince años. No levantó la vista cuando Anderton se aproximó. Con ojos vidriosos e inexpresivos, observaba un mundo que aún no existía, ciego a la realidad física que lo rodeaba.

Jerry tenía veinticuatro años. Originalmente lo habían clasificado como idiota hidrocefálico, pero cuando cumplió seis años, los psicólogos identificaron aptitudes precognitivas bajo las capas deterioradas de los tejidos. Ese talento latente se cultivó en una escuela de entrenamiento del gobierno. A los nueve años, su capacidad había avanzado hasta llegar a una etapa útil. Jerry, sin embargo, permanecía en el caos amorfo de la idiotez; esa creciente facultad había absorbido toda su personalidad.

Anderton se agachó para desmontar los escudos protectores que cubrían los rollos de cinta almacenados en la maquinaria de análisis. Usando unos esquemas, siguió los cables desde las etapas finales de los ordenadores integrados hasta el punto donde el equipo de Jerry se separaba del resto. Al cabo de un rato extrajo, nerviosamente, dos cintas de media hora: datos recientes y desechados, no integrados a los informes de la mayoría. Consultando su diagrama de códigos, selección el tramo de cinta que se refería a su tarjeta.

Ahí al lado había un lector de cintas. Conteniendo el aliento insertó la cinta, activó el reproductor y escuchó. Tardó solo un segundo. Desde la primera frase del informe resultó claro lo que había ocurrido. Tenía lo que quería; podía dejar de buscar.

La visión de Jerry sufría un desfase. Dada la naturaleza errática de la precognición, examinaba una zona temporal un poco diferente de la que examinaban sus compañeros. Para él, el informe de que Anderton cometería un homicidio era un acontecimiento que se debía integrar a todo lo demás. Esa afirmación, junto con la reacción de Anderton, constituían un dato más.

Obviamente, el informe de Jerry invalidaba el informe de la Mayoría. Tras recibir la información de que cometería un homicidio, Anderton desistiría de cometerlo. La previsión del homicidio había impedido el propio homicidio; la profilaxis se había producido en el momento en que él fue informado. Ya se había creado una nueva salida temporal. Pero Jerry perdió la votación.

Nervioso, Anderton rebobinó la cinta y activó el cabezal de grabación. A alta velocidad hizo una copia del informe, devolvió el original a su sitio y sacó el duplicado del reproductor. Aquí tenía la prueba de que la tarjeta carecía de validez por ser obsoleta. Sólo tenía que mostrársela a Witwer.

Su propia estupidez lo asombró. Sin duda Witwer había visto el informe y, a pesar de ello, había asumido el puesto de inspector general sin informar a los equipos de la policía. Witwer no tenía ninguna intención de echarse atrás; la inocencia de Anderton no le interesaba.

¿Qué podía hacer? ¿A quién podría interesarle?

-¡Maldito loco! -rugió una voz a sus espaldas, frenética de angustia.

Se dio la vuelta rápidamente. Su esposa estaba en una de las puertas, con su uniforme de policía, los ojos desorbitados de consternación. -No te preocupes -respondió Anderton mostrando la cinta-. Me voy.

Lisa se le acercó con el rostro demudado.

-Page dijo que estabas aquí, pero no pude creerlo. No debió dejarte entrar. Él no se da cuenta de lo que eres.

-¿Qué soy? -inquirió Anderton, desafiante-. Antes de responder, quizá sea mejor que escuches esta cinta.

-¡No quiero escucharla! Sólo quiero que te largues! Ed Witwer sabe que hay alguien aquí. Page intenta entretenerlo pero... -se interrumpió, ladeando la cabeza-. ¡Ya está aquí! Se abrirá camino a la fuerza.

-¿No tienes ninguna influencia? Sé amable y encantadora con él. Quizá se olvide de mí.

Lisa lo miró con amargo reproche.

-Hay una nave aparcada en la azotea si quieres irte… -Se atragantó y no dijo nada durante un instante-. Despegaré en un minuto. Si quieres venir…

No tenía opción. Había obtenido la cinta, su prueba, pero no había pensado en cómo salir de allí. Con satisfacción, corrió detrás de la esbelta figura de su esposa mientras ella salía del edificio por una puerta lateral y un corredor de abastecimiento, taconeando en la desierta oscuridad.

-Es una nave veloz –le dijo ella por encima del hombro-. Tiene combustible de emergencia, y está preparada para partir. Me dirigía a supervisar algunos equipos.

divendres, 24 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (V) (The minority report). Philip K. Dick

V


Las tarjetas de identificación lo describían como Ernest Temple, un electricista desempleado que recibía una subvención semanal del estado de Nueva York, con una esposa y cuatro hijos en Buffalo, y un patrimonio inferior a los cien dólares. Una tarjeta laboral manchada de sudor lo autorizaba para viajar sin tener un domicilio fijo, Un hombre en busca de trabajo necesitaba viajar. Tendría que recorrer un largo camino.

Mientras atravesaba la ciudad en el autobús casi vacío, Anderton estudió la descripción de Ernest Temple. Obviamente, habían preparado las tarjetas teniendo en cuenta sus propias características, pues todas las medidas coincidían. Al cabo de un rato se preguntó si las huellas dactilares y el patrón de ondas cerebrales también coincidirían. Era imposible que estos últimos resistieran una comparación. Esa documentación sólo le permitiría superar los exámenes más superficiales. Pero ya era algo. Junto con las tarjetas de identificación había diez mil dólares en billetes. Guardó el dinero y las tarjetas en el bolsillo, luego examinó el mensaje, pulcramente mecanografiado, donde venían envueltas.

Al principio no lo entendió. Luego lo estudió durante largo rato, perplejo.


LA EXISTENCIA DE UNA MAYORÍA IMPLICA LÓGICAMENTE

UNA CORRESPONDIENTE MINORÍA.


El autobús había entrado en la vasta área de los barrios bajos; los kilométros de ruinosos hoteluchos y edificios de habitaciones de alquiler destartalados que habían surgido después de la masiva destrucción causada por la guerra. Aminoró la marcha, y Anderton se puso de pie. Algunos pasajeros observaban su mejilla herida y sus ropas harapientas. Sin hacerles caso, bajó a la acera barrida por la lluvia.

El conserje del hotel no le prestó atención, salvo para pedirle el dinero por anticipado. Anderton subió hasta el segundo piso y entró en la estrecha y maloliente habitación que ahora le pertenecía. Con alivio cerró la puerta y bajó las persianas. La habitación era pequeña pero limpia. Cama, cómoda, calendario con paisaje, silla, lámpara y una radio que funcionaba con monedas. Insertó una moneda y se desplomó en la cama. Las principales emisoras transmitían el boletín policíaco. Era algo nuevo y excitante, desconocido para la generación actual. ¡Un criminal en fuga! El público estaba ávidamente interesado.

“Este hombre ha aprovechado su elevada posición para llevar a cabo su fuga -decía el locutor, con indignación profesional-. Dado su alto cargo, tenía acceso a los datos preliminares, y la confianza depositada en él le permitió evadir el proceso normal de detección y traslado. Durante su gestión, ejerció su autoridad para enviar a gran cantidad de individuos potencialmente culpables a su encarcelamiento, salvando así la vida de víctimas inocentes. Este hombre, John Allison Anderton, contribuyó a la fundación del sistema Precrimen, la predetección profiláctica de delincuentes a través del ingenioso uso de mutantes precog, capaces de prever los hechos futuros y transferir oralmente esos datos a máquinas de análisis. Estos tres precogs, en su función vital…”

La voz se diluyó mientras él entraba en el diminuto cuarto de baño. Allí se quitó la chaqueta y la camisa y abrió el grifo del agua caliente. Se desinfectó el corte de la mejilla. En la farmacia de la esquina había comprado yodo y tiritas, una navaja, peine, cepillo dental y otros artículos que necesitaría. A la mañana siguiente se proponía encontrar una tienda de ropa de segunda mano y comprar una vestimenta más apropiada. A fin de cuentas, ahora era un electricista desempleado, no un inspector de policía víctima de un accidente.

En la habitación, la radio seguía informando. Sin prestarle demasiada atención, Anderton se detuvo frente al espejo rajado para exa¬minarse el diente roto.

“El sistema de tres precogs tiene su génesis en los ordenadores de mediados de este siglo. ¿Cómo se verifican los resultados de un ordenador electrónico? Transfiriendo los datos a un segundo ordenador de idéntico diseño. Pero dos ordenadores no bastan. Si cada ordenador llega a una conclusión diferente, es imposible saber, a priori, cuál de los dos está en lo cierto. La solución, basada en un cuidadoso estudio del método estadístico, consiste en utilizar un tercer ordenador para chequear los resultados de los dos primeros. Así se obtiene lo que llaman un informe de la mayoría". Se puede asumir con seguridad que el acuerdo de dos ordenadores sobre tres indica cuál de los resultados alternativos es el acertado. Sería improbable que dos ordenadores llegaran a soluciones idénticamente incorrectas...“

Anderton soltó la toalla que tenía en la mano y corrió a la habitación. Temblando, se agachó para escuchar las palabras que vociferaba el locutor.

“La unanimidad de los tres precogs es algo que puede ocurrir, pero sólo esporádicamente, explica el inspector general provisional Witwer. Es mucho más normal obtener un informe de la mayoría, realizado por dos precogs, y un informe de la minoría con una leve variación, habitualmente con referencia a tiempo y lugar, realizado por el tercer mutante. Esto se explica por la teoría de los futuros múltiples. Si sólo existiera una senda temporal, la información precognitiva no tendría importancia, pues no habría posibilidad, poseyendo esta información, de alterar el futuro. En la labor de la Agencia Precrimen debemos asumir ante todo que...”

Anderton se paseó frenéticamente por la diminuta habitación. El informe de la mayoría... Sólo dos precogs habían coincidido en cuanto al material relacionado con la tarjeta. Ése era el sentido del mensaje que había recibido con el paquete. El informe del tercer precog, el informe de la minoría, era, de algún modo, importante. ¿Por que?

Su reloj le indicó que era más de medianoche. Page ya habría acabado su jornada. No regresaría al edificio de los monos hasta la tarde siguiente. Era una probabilidad remota, pero valía la pena correr el riesgo. Quizá Page lo protegiera, quizá no. Tendría que arriesgarse. Tenía que ver el informe de la minoría.

dijous, 23 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoria (IV) (The minority report). Philip K. Dick

IV


Una llovizna fría repiqueteaba contra la acera mientras el coche atravesaba las oscuras calles de Nueva York, dirigiéndose al edificio de la policía.

-Usted lo entenderá -le dijo a Anderton uno de los hombres-. Si estuviera en su lugar, actuaría con la misma determinación.

El hosco y resentido Anderton miraba hacia delante.

-De todos modos -continuó el hombre-, usted es sólo uno entre muchos. Miles de personas han ido al campo de detención. No se sentirá solo. Más aún, quizá no quiera marcharse de allí.

Anderton, impotente, observaba a los peatones que corrían por las aceras barridas por la lluvia. No sentía nada, salvo una abrumadora fatiga. Miraba, embotado, los números de la calle: se estaban acercando a la jefatura.

-Este Witwer sabe aprovechar una oportunidad -comentó en tono cordial uno de los hombres-. ¿Lo conoce?

-Desde hace poco -respondió Anderton.

-Él quería su puesto, así que le tendió una trampa. ¿Está seguro de eso?

Anderton hizo una mueca.

-¿Tiene eso importancia?

-¡Sólo sentía curiosidad! -El hombre lo miró con languidez-.

-¿Así que usted es el ex inspector de policía? La gente del campamento se alegrará de verle. Seguro que se acordarán de usted.

-Sin duda -convino Anderton.

-Ese Witwer no perdió el tiempo. Kaplan tuvo suerte con un funcionario así. -El hombre miró a Anderton con ojos casi implorantes-. Está realmente convencido de que es una conspiración, ¿eh?

-Claro que sí.

-¿No tocaría un pelo de la cabeza de Kaplan? ¿Por primera vez en la historia Precrimen se equivoca? ¿Un hombre inocente es víctima de una de esas tarjetas? Quizá hubo antes otros inocentes, ¿verdad?

-Es posible -admitió con indiferencia Anderton.

-Quizá todo el sistema pueda irse al traste. Claro, usted no cometerá un homicidio... , y quizá pasaba lo mismo con todos los demás. ¿Por eso le dijo a Kaplan que quería marcharse? ¿Esperaba demostrar que el sistema está equivocado? No tengo prejuicios, sí lo desea puede hablar de ello.

Otro de los hombres se inclinó para preguntarle:

-Entre nosotros, ¿hay algo de cierto en esta teoría de la conspiración? ¿De veras le han tendido una trampa?
.
Anderton suspiró. A esas alturas ni siquiera él estaba seguro. Quizá estaba atrapado en un círculo cerrado, sin sentido ni motivo ni principio. Más aún, estaba dispuesto a conceder que era víctima de una fantasía neurótica generada por su creciente inseguridad, Estaba dispuesto a entregarse sin oponer resistencia. El peso del agotamiento lo abrumaba. Luchaba contra lo imposible y todos los naipes estaban en su contra.

El chirrido de las llantas lo despabiló. Frenéticamente, el conductor trataba de controlar el coche, girando el volante y pisando los frenos, mientras un enorme camión que transportaba pan surgía de la niebla y cruzaba el camino. Si hubiera acelerado, podría haberse salvado, pero comprendió su error demasiado tarde. El coche patinó, se bamboleó, vaciló un instante y al fin se estrelló de frente contra el camión.

El asiento de Anderton salió despedido y lo arrojó de cara contra la puerta. Un dolor súbito e insoportable estalló en su cerebro mientras yacía jadeando y tratando débilmente de ponerse de rodillas, En alguna parte resonó el crepitar del fuego, y un resplandor susurrante parpadeó entre los jirones de niebla que entraban en el retorcido chasis.

Alguien extendió las manos desde el exterior del coche. Poco a poco comprendió que lo arrastraban a través del boquete que antes era la puerta. Un pesado asiento fue apartado de un tirón, y de pronto se encontró de pie, apoyándose en una forma oscura que lo guiaba hacia las sombras de un callejón cercano.

Las sirenas de la policía ululaban a lo lejos.

-Sobrevivirá -jadeó una voz en tono bajo y perentorio. Era una voz que nunca antes había oído, tan desconocida y áspera como la lluvia que le azotaba la cara-. ¿Oye lo que digo?
.
-Sí -dijo Anderton. Se tanteó la manga rasgada de la camisa. Un gran corte palpitaba en su mejilla. Confundido, trató de orientarse-. Usted no es...

-Cállese y escuche. -El hombre era corpulento, casi gordo. Sus manazas sostenían a Anderton apoyado contra la húmeda pared de ladrillos del edificio, a resguardo de la lluvia y la trémula luz del coche en llamas-. Tuvimos que hacerlo así. Era la única posibilidad. No teníamos mucho tiempo. Pensamos que Kaplan lo retendría un buen rato en su residencia.

-¿Quién es usted? -logró articular Anderton.

El rostro mojado por la lluvia se contrajo en una sonrisa desprovista de humor.

-Me llamo Fleming. Volveremos a vernos. Tenemos cinco segundos hasta que llegue la policía. Entonces estaremos otra vez donde empezamos. -Puso un grueso paquete en las manos de Anderton-. Ahí tiene dinero suficiente para continuar la huida. Dentro hay también un juego completo de documentos de identificación. Estaremos en contacto. -La sonrisa se acentuó y se convirtió en risa nerviosa-. Hasta que haya probado que tiene razón.

Anderton parpadeó.

-¿Entonces es una trampa?

-Desde luego. -El hombre soltó un juramento-. No me diga que también lo convencieron a usted.

-Pensé... -Anderton tenía dificultades para hablar. Parecía que iba a perder uno de sus incisivos-. Hostilidad hacia Witwer... , por mi posible relevo, mi esposa y un hombre más joven, resentimiento natural. ..

-No se deje engañar -dijo el otro-. Usted no es tan necio Todo el asunto fue cuidadosamente planeado. Controlaban cada detalle de la operación. La tarjeta estaba programada para aparecer el día en que ingreso Witwer. Ya han completado la primera fase. Witwer es inspector, y usted es un criminal fugitivo.

-¿Quién está detrás de todo esto?

-Su esposa.

La cabeza le daba vueltas. -¿Está seguro?

El hombre rió.

-No lo dude...,-Miró a su alrededor-. Ahí viene la policía. Vaya por este callejón, tome un autobús hasta los barrios bajos y allí alquile una habitación y compre algunas revistas para entretenerse. Cómprese ropa nueva. Usted es listo y sabrá cuidarse. No intente salir de la Tierra. Vigilan todos los transportes intersistema. Si puede mantenerse oculto durante siete días, lo habrá logrado.

-¿Quién es usted? -preguntó Anderton.

Fleming, lo soltó. Con precaución, se acercó a la entrada del callejón y echó un vistazo. El primer coche patrulla se había detenido en el pavimento humedo; con un ronroneo metálico se acercó a la ruína humeante que había sido el coche de Kaplan. En el interior de esa ruína, el grupo de hombres se movía con dificultad, tratando de liberarse de la maraña de acero y plástico retorcido para salir a la lluvia.

-Considérenos una sociedad protectora –murmuró Fleming. Su rostro redondo e inexpresivo brillaba, mojado por la lluvia-. Una especie de fuerza policíaca que vigila a la policía, para cerciorarse de que todo siga el curso correcto.

Extendió la manaza y empujó a Anderton, que casi cayó sobre los desechos húmedos que cubrían el oscuro callejón.

-Andando -ordenó Fleming-. Y no pierda ese paquete.

Mientras Anderton se dirigía a tientas hacia la salida del callejón, oyó las últimas palabras del hombre-. Estúdielo atentamente y quizá logre sobrevivir.

dimecres, 22 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoría (III) (The Minority Report). Philip K. Dick

III


La casa estaba fría y vacía, y de inmediato Anderton se puso a hacer los preparativos para el viaje. Mientras hacía las maletas, pensamien­tos frenéticos pasaban por su mente.

Quizá se había equivocado acerca de Witwer, ¿pero cómo podía estar seguro? En todo caso, la conspiración contra él era mucho más compleja de lo que había pensado. Witwer podía ser apenas un títere insignificante manipulado por otra persona, por alguien distante y borroso, una figura apenas visible en el trasfondo.

Había sido un error mostrarle la tarjeta a Lisa. Sin duda ella se la describiría con todo detalle a Witwer. Nunca saldría de la Tierra nun­ca tendría la oportunidad de averiguar cómo era la vida en un planeta de la frontera.

Mientras pensaba en todo esto, el piso crujió a sus espaldas. Se apartó de la cama, aferrando una gastada cazadora, para quedar fren­te al cañón de una pistola gris azulada.

-No has tardado mucho -dijo, mirando con rencor al hombre corpulento con un abrigo marrón que empuñaba la pistola con su mano enguantada-. ¿Ella ni siquiera dudó?

El intruso no se inmutó.

-No sé de qué habla -dijo-. Acompáñeme.

Anderton dejó la cazadora.

-¿No eres de mi agencia? ¿No eres agente de policía? -exclamó sorprendido.

A pesar de sus protestas, lo llevaron a empellones hasta una limusina que esperaba fuera. Al instante, tres hombres fuertemente armados se acercaron por detrás. Cerraron fuertemente la portezuela y el coche se internó a toda velocidad en la autopista, alejándose de la ciu­dad. Los rostros impasibles e inescrutables que lo rodeaban saltaban con las sacudidas del rápido vehículo mientras dejaban atrás campos extensos y sombríos.

Anderton aún intentaba en vano comprender las implicaciones de lo que había ocurrido cuando el coche llegó a una carretera lateral llena de surcos, viró y descendió por un lúgubre garaje subterráneo. Alguien vociferó una orden. El grueso cerrojo de metal se cerró con un chasquido. Se encendieron luces en el techo y el conductor apagó el motor.

-Tendréis motivos para lamentar esto -advirtió Anderton con voz. ronca, mientras lo sacaban a rastras del coche-. ¿Sabéis quién soy ?

-Lo sabemos -dijo el hombre del abrigo marrón.

A punta de pistola, Anderton fue conducido arriba, desde el silencio húmedo del garaje hasta un corredor enmoquetado. Al parecer estaba en una lujosa residencia privada en la zona rural devastada por la guerra. En el extremo del corredor distinguió una habitación, un estudio lleno de libros y amueblado con sencillez y buen gusto. A la luz de una lámpara, con el rostro parcialmente oculto por las sombras, aguardaba un hombre que él no conocía.

Al aproximarse Anderton, el hombre se puso con gesto nervioso un par de gafas sin montura, cerró el estuche, y se humedeció los labios secos. Era mayor, quizá septuagenario o más, y bajo el brazo llevaba un delgado bastón de plata. Su cuerpo era enjuto y nervudo, y uu actitud curiosamente envarada. Tenía el cabello ralo de un color castaño polvoriento, una lisa pátina de color neutro sobre un cráneo huesudo. Sólo sus ojos parecían alerta.

-¿Éste es Anderton? -preguntó de mal talante, volviéndose al hombre del abrigo marrón-. ¿Dónde lo encontrasteis?

-En su casa -respondió el otro-. Haciendo el equipaje... , como esperábamos.

El hombre del escritorio se estremeció visiblemente.

-Haciendo el equipaje. -Se quitó las gafas y las guardó con manos trémulas en el estuche. Miró a Anderton con irritación-. ¿Qué pasa con usted? ¿Está loco de atar? ¿Por qué querría matar a un hombre al que no conoce?

Anderton comprendió que el viejo era Leopold Kaplan.

Primero le haré una pregunta -replicó Anderton-. ¿Comprende lo que ha hecho? Soy inspector general de policía. Puedo hacer que lo encierren durante veinte años.
Iba a decir algo más, pero una súbita cuestión lo interrumpió. -¿Cómo lo supo? -preguntó. De forma involuntaria llevó la mano al bolsillo donde ocultaba la tarjeta plegada-. Faltan...

-No fui notificado a través de su agencia -interrumpió Kaplan con airada impaciencia-. No me sorprende que usted nunca haya oído hablar de mí. Soy Leopold Kaplan, general del Ejército de la Alianza Federada del Bloque Occidental. -Añadió a regañadien­tes-: Retirado desde el final de la guerra anglo-china y el desmante­lamiento de ese ejército.

Tenía sentido. Anderton había sospechado que el Ejército proce­saba sus tarjetas duplicadas de inmediato, para su propia protección. Distendiéndose un poco, preguntó:

-¿Y bien? Ya me tiene aquí. ¿Qué pasa ahora?

-Es evidente -dijo Kaplan-, que yo no ordenaré su destrución, pues de lo contrario habría aparecido en una de esas estúpidas tarjetas. Siento curiosidad por usted. Me parecía increíble que un hombre de su relevancia pensara en asesinar a un desconocido a san­gre fría. Aquí debe de haber algo más. Francamente, estoy desconcerta­do. Si se tratara de alguna estrategia policíaca... -se encogió de hombros-, sin duda usted no habría permitido que el duplicado de la tarjeta llegara hasta nosotros.

-A menos -sugirió Anderton- que la hayan puesto a propósito.

Kaplan alzó sus brillantes ojillos de pájaro y escrutó a Anderton.

-¿Qué dice usted?

-La han puesto adrede -dijo Anderton, pensando que le convenía declarar con franqueza lo que consideraba la simple verdad-. La predicción de la tarjeta fue inventada a propósito por una camarilla de la policía. Es una tarjeta preparada y yo soy víctima de una trampa. Seré relevado de mi cargo de forma automática. Mi asistente me reemplazará, y alegará que impidió el homicidio mediante el eficiente método habitual de Precrimen. Huelga decir que no hay homicidio ni intención de homicidio.

-Coincido con usted en que no habrá homicidio -rezongó Kaplan-. Usted estará bajo arresto policial. Me aseguraré de ello.

-¿Me llevará de vuelta allá? -protestó Anderton, horrorizado-. Si me arrestan, nunca podré probar...

No me importa lo que pruebe o deje de probar, interrumpió Kaplan-. Sólo me interesa librarme de usted. –Y añadió en tono glacial-: Por mi propia seguridad.

-Se estaba preparando para irse –señaló uno de los hombres.

-Es verdad -dijo Anderton, sudando-. En cuanto me capturen, me encerrarán en el campo de detención. Witwer se quedará con todo. -Su rostro se ensombreció-. Incluida mi esposa. Al parecer son cómplices.

Por un instante Kaplan pareció dudar.

-Es posible -concedió, mirando fijamente a Anderton. Sacudió la cabeza-. Pero no puedo correr ese riesgo. Si le han tendido una trampa, lo lamento. Pero no es cosa mía. -Esbozó una leve sonrisa-. A pesar de todo, le deseo suerte. -y ordenó a sus hombres-: Llevadlo al edificio de la policía y entregadlo a la autoridad más alta.
Mencionó el nombre del inspector provisional y esperó la reacción de Anderton.

-¡Witwer! -repitió Anderton, sin acabar de creerlo...

Sin dejar de sonreír, Kaplan encendió la radio del estudio.

-Witwer ya ha asumido su puesto y obviamente está dando una gran resonancia a este asunto.

Hubo un breve chasquido de estática y, de pronto, la radio atronó en la habitación, con una sonora voz profesional leyendo un comuni­cado preparado con anterioridad.

“Se advierte a todos los ciudadanos que no brinden refugio ni ayuda a este peligroso individuo marginal. La extraordinaria circuns­tancia de un criminal fugitivo en libertad y en posición de cometer un acto de violencia es excepcional en los tiempos modernos. Por la presente se notifica a todos los ciudadanos que los estatutos legales aun vigentes condenan a las personas que no colaboren plenamente con la policía en la tarea de aprehender a John Allison Anderton. La Agcencia Precrimen del Gobierno Federal del Bloque Occidental se dedica a la tarea de localizar y neutralizar a su ex inspector general, John Allison Anderton, quien, mediante la metodología del sistema precriminal, es declarado un homicida potencial: en consecuencia pierde su derecho a la libertad y todos sus privilegios”.

-No ha tardado mucho -murmuró Anderton, pasmado.

Kaplan apagó la radio y la voz se desvaneció.

-Lisa debe de haber ido directamente a él-especuló Anderton con amargura.

Por qué iba él a esperar? -preguntó Kaplan-. Usted puso de manifiesto sus intenciones. -Hizo una seña a sus hombres-. Lle­vadlo de vuelta a la ciudad. Me inquieta tenerle tan cerca. En ese sen­tido coincido con el inspector Witwer. Quiero que lo neutralicen cuanto antes.

dimarts, 21 d’octubre del 2008

El Informe de la Minoria (II) The Minority Report. Philip K. Dick

II


En la recepción, la atractiva y joven esposa de Anderton, Lisa, estaba hablando con Page. Habían entablado una animada discusión sobre cuestiones profesionales, y apenas desvió los ojos cuando entraron Witwer y su esposo.

-Hola, querida -dijo Anderton.

Witwer guardó silencio. Pero sus ojos claros pestañearon levemente mientras se posaban en la mujer de cabello castaño y su pulcro uniforme policíaco. Lisa era funcionaría ejecutiva de Precrimen, pero Witwer sabía que, hacía un tiempo, había sido secretaria de Anderton .

Percibiendo el interés de Witwer, Anderton se detuvo a reflexionar. Para introducir la tarjeta en las máquinas se requería un cómplice interno, alguien que estuviera estrechamente relacionado con Precrimen y tuviera acceso al equipo de análisis. Lisa era un elemento improbable. Pero la posibilidad existía.

Desde luego, podía tratarse de una compleja conspiración a gran escala que implicara algo más que la inserción de una tarjeta modificada, Quizá hubieran manipulado los datos originales. A decir verdad, era imposible saber hasta dónde llegaba la alteración. Le invadió un miedo helado mientras evaluaba las posibilidades. Su impulso inicial, abrir las máquinas y extraer todos los datos, era primario e inútil. Con seguridad las cintas coincidirían con la tarjeta. Sólo serviría para incriminarlo más.

Tenía aproximadamente veinticuatro horas. Luego la gente del Ejército examinaría sus tarjetas y descubriría la discrepancia. Encontrarían en sus archivos un duplicado de la tarjeta que él había sustraído. Sólo tenía una de las dos, lo cual significaba que una copia de la tarjeta plegada que llevaba en el bolsillo bien podía estar en el escritorio de Page, a la vista de todo el mundo.

Desde fuera del edificio llegó el zumbido de coches patrulla que iniciaban su ronda de rutina. ¿Cuántas horas faltaban para que uno de ellos se detuviera frente a su casa?

-¿Qué sucede, querido? -preguntó Lisa con inquietud-. Ni que hubieras visto un fantasma. ¿Te encuentras bien?

-Estoy bien -aseguró Anderton.

De pronto, Lisa pareció reparar en la mirada de admiración de Ed Witwer.

-¿Este caballero es tu nuevo colaborador, querido? -preguntó.

De mala gana, Anderton presentó a su nuevo asistente. Lisa sonrió cordialmente. ¿Existía un entendimiento tácito entre ambos? No podía asegurarlo. Cielos, empezaba a sospechar de todo el mundo, no sólo de su esposa y Witwer, sino de varios miembros de su personal.

-¿Eres de Nueva York? -preguntó Lisa.

-No –respondió Witwer-. He vivido casi toda mi vida en Chicago. Me alojo en un hotel…, uno de los grandes hoteles del centro. Espera…, tengo el nombre anotado en una tarjeta.

Mientras él hurgaba tímidamente en sus bolsillos, Lisa sugirió

-Quizá quieras cenar con nosotros. Vamos a trabajar en estrecha colaboración, y creo que deberíamos conocernos mejor.

Anderton se sobresaltó. ¿Cuántas probabilidades había de que la cordialidad de su esposa fuera inocente y accidental? Esa noche Witwer tendría una excusa para fisgonear en la residencia particular de Anderton. Profundamente perturbado, dio media vuelta y camino hacia la puerta.

-¿Adónde vas? -preguntó Lisa, asombrada.

-Vuelvo al edificio de los monos. Quiero verificar ciertas desconcertantes cintas de datos antes de que las vea el Ejército.

Llegó al corredor antes de que ella pudiera hallar una excusa plausible para retenerlo. Se dirigió a toda prisa hacia la rampa. Estaba bajando la escalera exterior a zancadas, en dirección a la acera, cuando Lisa apareció sin aliento a sus espaldas.

-¿Qué demonios te sucede? -Sujetándole el brazo, se plantó ante él-. Sabía que pensabas marcharte -exclamó, cerrándole el paso-. ¿Qué pasa contigo? Todos creen que estás... -Se contuvo- . No sé, tu conducta es desconcertante.

Pasaba gente por su lado, las personas habituales por la tarde. Ignorándolas, Anderton obligó a su esposa a soltarle el brazo.

-Salgo -le dijo-. Mientras todavía estoy a tiempo.

-¿Pero por qué?

-Me han tendido una trampa..., deliberada y maliciosa. Ese sujeto quiere apoderarse de mi puesto, y el Senado me ataca a través de él.

Lisa lo miró desconcertada.

-Pero parece un joven encantador.

-Encantador como una serpiente.

La consternación de Lisa se convirtió en incredulidad.

-No lo creo. Querido, toda esta tensión que has sufrido... -Sonriendo con incertidumbre, tartamudeó-: No es creíble que Ed Witwer intente tenderte una trampa. ¿Cómo podría hacerlo, aunque quisiera? Sin duda Ed no...

-Conque ahora es Ed.

-Así se llama, ¿verdad?

Los ojos castaños de Lisa relampaguearon, incrédulos, en una enérgica protesta.

-Santo cielo, sospechas de todo el mundo. Realmente crees que estoy implicada, ¿verdad?

Anderton reflexionó.

-No estoy seguro.

Ella se le acercó con una mirada acusatoria.

-Eso no es cierto. Lo crees de veras. Quizá deberías marcharte unas semanas. Necesitas desesperadamente un descanso. Tantas tensiones y traumas, el ingreso de un hombre joven... Actúas como un paranoico. ¿No lo entiendes? Gente conspirando contra ti... Dime, ,¿tienes alguna prueba concreta?

Anderton sacó la billetera y extrajo la tarjeta plegada.

-Examínala con atención -dijo, entregándosela.

Ella palideció y soltó un jadeo áspero y seco.

-La trampa es bastante obvia -dijo Anderton, con la mayor serenidad posible-. Esto le dará a Witwer un pretexto legal para relevarme de inmediato. No tendrá que esperar a que yo renuncie. -y añadió con amargura-: Saben que aún puedo continuar varios años.

-Pero...

-Terminará con el sistema de control de doble dirección. Precrimen dejará de ser una agencia independiente. El Senado controlará la policía, y después... -Apretó los labios-. También absorberán el Ejército. Bien, visto desde fuera parece bastante lógico. Por supuesto que siento hostilidad y resentimiento hacia Witwer..., claro que tengo un motivo. A nadie le gusta ser reemplazado por una persona más joven, sentirse prescindible. Todo es muy plausible..., salvo que no tengo la más remota intención de matar a Witwer. Pero no puedo probarlo. ¿Qué puedo hacer entonces?

Lisa, con el rostro muy pálido, sacudió la cabeza.

-No sé, querido. Si tan sólo...

-Iré a casa a hacer el equipaje -dijo abruptamente Anderton-. De momento no puedo hacer otros planes.

-¿De veras piensas tratar de esconderte?

-Sí. Llegaré hasta los planetas de la colonia de Centauro, si es necesario. Hubo quienes lo lograron, y yo tengo una ventaja de veinticuatro horas. -Se volvió con resolución- Regresa dentro. No tiene sentido que vengas conmigo.

-¿Pensabas que te acompañaría? -preguntó Lisa con vehemencia.

Anderton la miró alarmado.

-¿No vendrías? -Luego murmuró con asombro-: No, ya veo que no me crees. Todavía piensas que he imaginado todo esto -dijo, agitando la tarjeta-, ni siquiera esta prueba te convence.

-No -convino Lisa-, no me convence. No la miraste con suficiente atención, querido. El nombre de Witwer no figura en ella.

Anderton, incrédulo, le arrebató la tarjeta.

-Nadie afirma que matarás a Ed Witwer -continuó Lisa con voz frágil-. Esta tarjeta debe de ser auténtica, ¿entiendes? Y no tiene nada que ver con Ed. Él no está conspirando contra ti, ni Ed ni nadie más.

Demasiado confundido para responder, Anderton estudió la tarjeta. Ella tenía razón, Ed Witwer no figuraba como víctima. En la línea cinco, la máquina había escrito claramente otro nombre:


LEOPOLD KAPLAN


Aturdido, guardó la tarjeta. Jamás había oído hablar de ese hombre.