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1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

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Charles Darwin quotation

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge: it is those who know little, and not those who know much, who so positively assert that this or that problem will never be solved by science

Jean-Baptiste Colbert quotation

L'art de l'imposition consiste à plumer l'oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris

Somebody quotation

El miedo es la via perfecta hacia el lado oscuro. El miedo lleva a Windows, Windows a la desesperacion, esta al odio hacia Bill Gates y ese odio lleva a LINUX

Vares Velles

Vares Velles
Al Tall

Això és Espanya (vara seguidilla) per Al Tall

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dimecres, 30 de setembre del 2009

Dimecres, relats d'altri. El contador de historias. Rabih Alameddine. Un fragment

Fa poc he llegit el llibre El contador de historias, del drus Rabih Alameddine, del qual he deixat constància de la meua opinió al meu bloc llibres llegits.

Una de les coses que més m'han agradat, a banda de l'estructura, que barreja el moment actual, amb els records del protagonista Osama Al-Kharrat, i amb els contes d'ell, del seu oncle i del seu avi, ha estat que els contes narrats són bastant incorrectes.

Aquí deixe una mostra d'un dels contes del llibre:

Una vez, no hace mucho tiempo, había un niño de tu misma edad, que vivía con su familia en un pequeño pueblo, no muy distinto a éste, no muy lejos de aquí. La familia no tenía mucho dinero. El padre era albañil, la madre se ocupaba de las labores domésticas y era una gran cocinera. Todos los hijos tenían tareas asignadas: nuestro héroe era el pastor de la familia.

Todas las mañanas llevaba a las ovejas hasta los campos. Las veía pastar, se aseguraba de que no se alejaban y las protegía de zorros, lobos y hienas indeseables. Las ovejas apreciaban al niño, así que no se apartaban mucho de él. Su trabajo se convirtió en una tarea fácil que le dejaba tiempo para jugar. Al principio jugaba con palos y piedras; formó un cuadrado a base de ramas y construyó un corral, con piedrecitas como si fueran ovejas. Pero luego los corderitos se acercaron al falso corral, para llamar su atención. Así que dejó de jugar con piedras y palos y se convirtió en un cordero más: saltaba con ellos, se revolcaba como ellos y fingía mascar los arbustos silvestres de lavanda. Era uno más del rebaño.

Aquella noche al volver a casa pensó que se había divertido tanto jugando que desearía ser un cordero. Antes de acostarse oyó que sus padres discutían por temas de dinero.

-Tenemos tantas bocas que alimentar – se quejaba la madre - ¿Cómo vamos a conseguir comida para todos?

-Tenemos las ovejas – la tranquilizó el padre -. Tenemos un poco de dinero. Yo trabajo. Sobreviviremos. Hemos sobrevivido durante generaciones.

Pero siguieron discutiendo, y el chico no pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente él y los corderos volvieron a jugar con las ovejas como únicos testigos. El chico y los corderitos, corrieron, retozaron y chocaron unos con otros. Volvió a casa muy contento, pero al abrir la puerta, ansioso por contarles a sus padres lo mucho que había disfrutado ese día, los encontró discutiendo de nuevo.

-¿Cómo has podido prometer algo así? - preguntaba la madre -. No tenemos suficiente comida para nuestros hijos, ¿y quieres dar un banquete? ¿Es que no tienes cabeza? ¿No comprendes lo grave de nuestra situación?

-¿Cómo te atreves? - gritó el padre a la madre -. Estamos hablando del bey. Es un honor. Su presencia bendecirá esta casa. No comprendo cómo puedes pensar que no lo quieres en casa. La mayoría de la gente moriría por disfrutar de una oportunidad igual.

-¿Qué ha hecho el bey por mi familia? - susurró la madre.

El padre le propinó una bofetada. El niño corrió a su cuarto.

Antes de dormirse, nuestro héroe rezó. Deseó ser un cordero y poder pasarse el día sin más preocupaciones que corretear por los pastos. Deseó que su familia fuera feliz. Deseó ser él quien les proporcionara esa felicidad. Al día siguiente despertó en el corral de las ovejas. Miró a su alrededor y vio a todos sus amigos, los demás corderos, y se sintió feliz por hallarse con ellos, por ser finalmente un cordero más. Balaban con alegría. Todos brincaban.

El padre y la madre salieron juntos de la casa y se encaminaron hacia el corral.

-Peligro, peligro – dijo la oveja de más edad -. Los malvados se acercan.

-No, no – dijo el chico -. No son malos. Son mi familia.

-Cuando esos dos vienen juntos – dijo otra oveja -, una de nosotras desaparece.

El padre y la madre entraron en el corral. Intentaron decidir qué cordero escoger.

-Miradme – gritaba el chico -. Miradme. Miradme.

-Éste – dijo la madre -. Hace mucho ruido.

-Parece tierno y jugoso – añadió el padre. Puso el lazo alrededor de la cabeza del niño y lo sacó del corral.

-¡Pobre cordero! - dijo la más vieja de las ovejas mientras todas veían cómo se lo llevaban.

-Papá, papá – decía el corderito -. Ahora soy un cordero. ¿No te parece un milagro?

Y su padre cogió el cuchillo y le rajó la garganta.

Y el corderito vio cómo brotaba su propia sangre.

Y el padre le cortó la cabeza.

Y el padre le colgó de los tobillos para que se desangrara.

Y la madre empezó a despellejarlo con sus propias manos. Levantaba un pedacito de piel y golpeaba entre piel y cuerpo, levantaba, golpeaba, levantaba, golpeaba, hasta que por fin llegó al último fragmento de piel, en sus tobillos. Y le amputó los pies y las manos. Y le sacó las entrañas. Y su madre lo asó a fuego lento.

Su padre esperaba. Su madre cocinaba. Sus hermanos ayudaron a poner la mesa bajo el roble gigantesco. Sus hermanas limpiaron la casa, esmerándose. Se vistieron con sus mejores galas. A la hora del almuerzo, se colocaron en fila y esperaron. La madre preguntó dónde se había metido nuestro héroe. Sus hermanos apuntaron que probablemente soñando despierto, como siempre. Aquel crío escurridizo se había vuelto a librar de sus tareas. La familia esperó, esperó y esperó. Por fin llegó el alcalde y anunció que el bey había decidido no venir al pueblo.

El cordero estaba dispuesto en el centro de la mesa. Toda la familia salivaba.

-Hoy te has superado a ti misma – dijo el padre a la madre.

-Este cordero tenía una carne particularmente suculenta – dijo la madre.

Y el niño notó como su padre lo cortaba.

-Id pasando los platos, niños – dijo la madre -. Hoy comeremos bien para variar.

Y el niño sintió cómo sus hermanos le mordían la carne. Cómo sus hermanas masticaban jugosos trozos de él.

-Sabe tan bien – dijeron sus hermanos.

-La mejor comida de nuestras vidas – dijeron sus hermanas.

Y la madre le extrajo el estómago. Sus hermanos y hermanas se pelearon por sus intestinos.

-Toma ésto, querida – dijo el padre -. Sé que te encanta.

-Y tú esto, querido – repuso la madre -. Sé que te encanta.

-Soy muy feliz – dijo el padre.

-Soy muy feliz – convino la madre.

Y el niño sintió como su madre le mordía los testículos.

Y el niño sintió cómo su padre se tragaba un pedazo de su corazón.

Y el niño fue feliz.

dimecres, 29 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El fotógrafo. Rafik Schami

I amb aquest capítol 98 de la novel·la de Rafik Schami "El lado oscuro del amor" acabe aquesta petita incursió en aquest llibre de 304 capítols, tots tan interessants com aquests pocs que, durant aquest mes d'abril he anat pujant. Si algú, després d'açò decideix llegir-lo, me n'alegraré per ell.


El fotógrafo


Nada fascinaba tanto a Farid como las fotos. En su primera infancia eran menos frecuentes que las estampas de santos. En la casa había siete cuadros de la Virgen María y dos cruces de la codiciada madera del huerto de los olivos de Jerusalén, En un nicho del comedor destacaba una pequeña imagen de san Antonio de Padua con el niño Jesús, copia de la famosa obra de Juan de Juni que los franciscanos habían divulgado por todo el mundo. Elías la había recibido, poco antes de nacer Farid, de manos de un abad del convento de los franciscanos, no sólo en agradecimiento por su generoso donativo, sino también porque san Antonio podía ser útil como patrón de los panaderos y como ayuda en los partos, e incluso para encontrar cosas perdidas. El abad enumeró a Elías más de diez situaciones en las que la protección del santo podía servir de ayuda, y Elías esperó fervientemente que san Antonio lo ayudara a encontrar sus llaves y que velara por Claire en el parto después de tantos abortos.

En cambio, en el salón sólo había tres fotos: una de su madre cuando tenía dieciséis años, y otra de sus padres, él de traje oscuro y ella con vestido de novia blanco, tomada una semana después de su boda secreta en Beirut; el traje y el vestido eran prestados. La tercera instantánea mostraba a Farid con dos años, vestido de marinerito y dormido en el regazo de su madre, que sonreía al fotógrafo. Junto a ella se sentaba su padre muy tieso, mirando con gran seriedad más allá de la cámara. Detrás de los padres estaba el abuelo Nagib y la abuela Lucía, ésta tan rígida como su yerno, pero el abuelo reía mirando hacia lo alto.

A finales de los años cuarenta, Basil abrió el primer estudio de fotografía moderno de la ciudad vieja. Lo llamó Estudio de las Estrellas, con el propósito de dar a su clientela un halo de Hollywood cuando posaran para su cámara.

Para Farid la fotografía era algo enigmático. Las personas estaban vivas, y sin embargo aparecían congeladas en un trozo de papel. Pero la profunda dimensión de esa magia se le hizo relmente patente cuando, en una ocasión, vio a un fotógrafo trabajando en la calle. Farid acababa de cumplir siete años ese verano, y su abuelo necesitaba hacerse con urgencia una foto por alguna razón.

- Ven, vamos al fotógrafo – le dijo a Farid.

Cerca de Bab Tuma había tres fotógrafos ante sus aparatos, grandes cajas de madera sobre trípodes ajustables también de madera. Los clientes se sentaban al aire libre en sillas plegables delante de una pared a la que habían sujetado una tela negra.

Farid y su abuelo tuvieron que esperar. Dos campesinos y un joven iban delante de ellos en la fila. Uno de los campesinos se irritó porque no quería hinchar los carrillos como le pedía el fotógrafo. Éste ordenó al campesino que le obedeciera si no quería que en la foto su cara saliera como unos calzoncillos estrujados. El otro campesino temía que la fotografía pudiera robarle el alma.

- No, no se preocupe, es como la pintura – lo calmaba el fotógrafo.

- Pero el Profeta la prohibía – explicaba el hombre.

El fotógrafo empezaba a ponerse nervioso.

- El Profeta no necesitaba ningún carnet para heredar; usted sí. Contenga la respiración – indicó.

El hombre calló e hinchó los carrillos hasta ponerlos redondos y lisos.

- Pero ¿quién pinta dentro de su caja? - preguntó cuando el fotógrafo lo dejó irse.

- La luz – respondió el fotógrafo.

- Ajá – reflexionó el campesino. Retrocedió un paso y murmuró sin entender - : La luz, la luz.

El siguiente era un joven que quería una foto de su mujer para pedir un visado que le permitiera viajar a La Meca. Pero estalló una disputa infernal cuando el hombre se negó a que su esposa se levantara el velo delante de tantos hombres. El abuelo de Farid trató de mediar, pero no sirvió de nada.

- Y yo no puedo fotografiarla con el velo negro, para eso lo mismo puedes hacerle una foto a una berenjena – exclamó el fotógrafo.

El hombre cogió de la mano a su mujer y se marchó de allí hecho una furia. Todos oyeron que ella le echaba en cara que no quería que su madre y ella hicieran la peregrinación y que por eso no buscaba más que pelea.

Farid se asombró al ver que el fotógrafo se metía bajo una tela negra sujeta por detrás al aparato y no volvía a aparecer hasta un rato después. Entonces abrió un cajón lateral que estaba lleno de un líquido y cogió una pequeña imagen oscura con un par de manchas claras, que el abuelo llamó “negativo”. Finalmente, el hombre sujetaba la pequeña imagen a una tabla y la ponía un momento delante de la lente, para luego volver a desaparecer hasta los hombros bajo el paño negro.

Al cabo de un rato salió sudando, como si hubiera estado luchando con un demonio. Abrió otra vez el extraño cajón lateral y sacó la segunda foto. Era la reproducción perfecta del hombre que al principio no quería hinchar las mejillas, y de hecho en la imagen parecía mucho más sano que en la vida real.

Sin embargo, aquel día el abuelo regresó con cuatro fotografías que no servían para nada, porque en el último momento le entraba la risa. El fotógrafo se había enfadado con él, aunque el abuelo pagó igualmente las fotos. Eran imágenes divertidas. Se las regaló a Farid que las guardó en una caja como un tesoro.

- Mañana volveré – dijo el abuelo.

- ¿Y por qué no sirven? Son bonitas – se sorprendió Farid.

- A los funcionarios no les gustan las fotos en que sales riendo, porque piensan que no te tomas sus controles en serio.

dimecres, 22 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. Hachís. Rafik Schami

Un altre capítol, el 97, del llibre de Schami "El lado oscuro del amor". Aquest cop el relat ens parla d'una festa, on l'artista necessita col·locar-se prèviament per trobar les cançons. Però aquesta vegada l'artista sembla que se n'ha passat una miqueta.


Hachís


Los árabes celebran muchas cosas, pero nunca los cumpleaños. Creen que celebrándolos se envejece más deprisa. Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta los cristianos distinguidos empezaron a adoptar esta costumbre europea.

Elías, el padre de Farid, que participaba en todos los grupos de la Iglesia católica, tuvo incluso la idea comercial de incitar a los cristianos ricos a hacer mayores donativos celebrando públicamente su día. Así que pidió las fechas de nacimiento de los católicos más ricos e informó de su plan tanto al obispo como a seis párrocos. El secretario, la esposa y el ama de llaves del millonario Bardoni también sabían que el homenajeado sería despertado temprano por la banda de los scouts católicos y que la larga fiesta de cumpleaños empezaría con un baile folclórico delante de la casa. Dos periódicos y Radio Damasco informarían del acontecimiento.

Luego, una solemne procesión debía guiar al festejado, cantando y bailando, hasta el atrio de la iglesia, donde él y sus invitados disfrutarían de un banquete. Después del ágape, un cantante amenizaría la velada, y entretanto cantaría un coro del orfanato, un grupo infantil de la Escuela San Nicolás para cristianos pobres representaría una pequeña pieza teatral y un robusto pensionista recitaría una salutación rimada del hogar de ancianos.

Debido a los preparativos de la fiesta, Elías se ponía muy nervioso. Se quejaba a Claire de lo difícil que era enseñar buenas costumbres a los árabes.

- Ni siquiera son capaces de cantar de forma disciplinada una pequeña canción – se lamentaba el martes - . Cada uno canta por su lado, sin preocuparse de nada, todos chillan sin la menor armonía como si estuvieran solos en el desierto, sin darse cuenta de que vivimos en la ciudad.

El miércoles se quejaba del poder del ama de llaves de Bardoni:

- Su esposa no tiene nada en contra, pero esa vieja chiflada quiere impedir que utilicemos tambores, platillos y trompetas para despertarlo. Muy bien, como si fuera tan fácil convencer al director de la banda de que renuncie a un tercio de sus músicos. Pero no hay quien haga nada contra la voluntad de esa ama de llaves. Monsieur Antoine Bardoni la obedece como un esclavo. Quizá le grite a su mujer, pero jamás a su ama de llaves.

El viernes, Elías no pudo pegar ojo.

- Hay un problema insoluble – contó - . Hemos podido contratar al cantante favorito de Monsieur Antoine. Su secretario nos ha revelado que el fino señor Bardoni oye en secreto los discos del cantante egipcio Abdul Muttaleb. Una locura, ¿verdad? El hijo de una de las familias cristianas más ricas oye precisamente a ese egipcio fumador de hachís. Tenemos suerte, el cantante está ahora mismo en Damasco y actúa por un escaso salario en el local nocturno Sherezade. Enseguida se mostró entusiasmado con la perspectiva de ganar un sobresueldo, y aceptó. Pero esta tarde ha ocurrido una catástrofe: no puede cantar porque no le queda hachís. Imaginate, es como si tuviera la cabeza vacía, no encuentra las melodías. Se han escondido, afirma con la inocencia de un niño, y necesita hachís para sacarlas de los armarios y cajones de su memoria. Pensé que me estaba volviendo loco, ¡un cantante que no encuentra sus melodías! Imagínate, quiere volver a Egipto porque aquí en Damasco no conoce a nadie y el propietario del local se niega a proporcionarle hachís. Es comprensible, al fin y al cabo podría caerle una grave sanción: por cinco gramos es cadena perpetua. Pero si mañana regresa a su país, faltará el plato fuerte de nuestra sorpresa de cumpleaños.

- ¿Y por qué no le consigues hachís para ese día? Luego puede irse donde quiera. Lo principal es que cante para vosotros – respondió Claire con toda tranquilidad.

- ¿De dónde quieres que lo saquemos? Sólo faltaría eso: querer organizar una fiesta de cumpleaños y acabar en la cárcel para el resto de mis días – replicó Elías riendo amargamente.

- ¿Por qué no le preguntas a mi primo? - dijo Claire al cabo de un rato - . Butros trabaja como letrado para la Brigada Criminal. Me ha contado que allí guardan toneladas de hachís incautado que tienen que destruir. ¿Por qué no coger un poco y dárselo al cantante? Butros es amigo del jefe de la Unidad Antidroga y ha ganado dos procesos para él.

Elías miró perplejo los ojos insondables de su esposa.

- Llámalo y pregunta si nos haría ese favor – balbuceó.

Al día siguiente, Claire volvió de la Brigada Criminal con un paquete de hachís libanés de la mejor calidad, del tamaño de una pelota de tenis. Entregó a Elías el pañuelo con el caro botín.

- Hasta un elefante cantaría con esto – dijo.

Elías palideció. En Damasco, la posesión de semejante cantidad de hachís equivalía a tres cadenas perpetuas. Pero esa noche, cuando el cantante dijo que nunca había fumado un hachís tan bueno, estaba contento.

Por fin llegó el domingo y empezó la fiesta. Elías afirmaba más tarde que todo había ido mal porque la primera persona que se había encontrado era la jorobada tuerta Mathilde, que le había sonreído y le había gritado:

- ¡Saldrá mal!

Elías odiaba a la viuda.

- Entonces la banda, en vez de tocar canciones alegres, arrancó con las marchas militares que suele emitir la radio durante los golpes de estado. El millonario se llevó un susto de muerte y corrió al sótano en pijama. Costó trabajo convencerlo de que todo había sido preparado especialmente por su cumpleaños – contó Elías, y tomó un trago de agua para humedecer su seca garganta - . El millonario siguió de mala gana el desfile hasta la iglesia, y sólo se sintió feliz como un niño cuando el Patriarca de todo Oriente y el obispo de Damasco lo saludaron en el atrio. El banquete fue de la mejor calidad. Yo mismo suministré las tartas y galletas, hechas como siempre con la mejor mantequilla. Pero aun así todo salió mal, porque el cantante egipcio huyó antes de salir a escena.

- ¿Cómo es posible – preguntó Claire, incrédula.

- Porque algún gracioso le preguntó detrás del escenario, cuando se estaba fumando el tercer porro, si estaba al corriente de dónde venía el material. El cantante negó con la cabeza y ese hijo de puta susurró: “De la Brigada Criminal.” Entonces el pobre egipcio enloqueció. Quizá había fumado demasiado o quizá se volvió loco de miedo. El caso es que empezó a gritar que le habían tendido una trampa para meterlo en la cárcel. Y se largó. No quiso quedarse en Damasco ni un segundo más.

dimecres, 15 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El patinete. Rafik Schami

Continuant amb la novel·la de Rafik Schami, "El lado oscuro del amor" avui un capítol, el 96, que m'ha portat molts records per la seua exactitud en la descripció dels patins fabricats allà a Damasc a finals dels quaranta. Al meu poble, a mitjans cinquanta, també recorde la moda de construcció de patins amb rodaments de cotxe.


El patinete


Farid tenía alrededor de once años cuando los patinetes se pusieron de moda. Toni, el hijo de Dimitri el perfumista, fue el primero en llevar al callejón, un día después de Pascua, su supermodelo de tubo de metal pintado en rojo, y los niños se quedaron asombrados, como si Toni fuera un astronauta.

Su padre, que recorría el mundo para buscar y adquirir nuevos aromas, le compraba a menudo juguetes extranjeros. Pero con el patín los superó a todos. Las chicas, sobre todo Jeanette y Antoinette, estaban fascinadas, las dos quisieron dar una vuelta, y él voló con ellas ante los envidiosos muchachos.

Ante de que pasara una semana, Azar apareció con un patinete de madera, desvencijado y traqueteante. Las junturas entre la plataforma y el manillar eran simples escuadras de metal, pero aún así el juguete era una buena imitación. Las ruedas estaban hechas con grandes e indestructibles cojinetes y armaban un buen estrépito. El patinete era tan robusto, sencillo y práctico como el propio Azar.

- Mi máquina no es para chicas – dijo cuando su hermana quiso dar una vuelta.

Y de hecho era mucho más difícil mantener en equilibrio y girar su patinete que el de Toni, con sus ruedas de goma. Pero era la obra de sus propias manos. Azar fue el primero en llamar “máquina” a un patinete.

Durante las noches siguientes, Farid casi no pudo dormir; en sueños, se veía volando sobre un patín, en una ocasión incluso con el papagayo Coco sobre los hombros. Quizá el papagayo se le aparecía en sueños porque desde el día en que Azar había pasado con la máquina por el callejón ya no hablaba, sino que se pasaba las horas imitando con ensordecedores graznidos el estrépito de los cojinetes. Una semana después, su propietaria ya no puso la jaula en la ventana que daba a la calle, sino que la colgaba en la que daba al patio interior.

Los talleres de los alrededores experimentaron de pronto un asalto en toda regla en busca de cojinetes. Tras una larga búsqueda, Farid logró encontrar dos ejemplares. Eran más grandes que los de Azar, pero cuanto mayores fueran las ruedas, tanto más deprisa correría el artilugio.

- A cambio, barrerás el taller tres tardes, recogerás, prepararás té para los trabajadores y les traerás bocadillos de falafel del restaurante, ¿entendido? - indicó el dueño.

Y vaya si Farid estaba de acuerdo. Durante tres días barrió, limpió el taller y sirvió té, dulces y agua fresca. Para tener diez años, ya sabía preparar muy bien el té. Los trabajadores y el dueño estaban contentos, porque Farid nunca lo servía en vasos sucios, que era a lo que estaban acostumbrados. Los lavaba a conciencia y al final los enjuagaba con agua caliente, de forma que brillaban y humeaban. Lo había aprendido de su padre.

Al final no sólo le dieron los cojinetes, sino también las sujeciones y las bisagras del manillar, con vástagos y tornillos incluidos. Pero más importante que esos regalos fueron los valiosos consejos de los mecánicos. Finalmente, el dueño le proporcionó incluso un sencillo soporte, hecho con una barra de metal doblada.

Con esto tu patinete se mantendrá en pie y orgulloso como si fuera una Vespa, y no tendrás que apoyarlo contra la pared como una cansada bicicleta – dijo. El hombre parecía un forajido de un western barato, pero era la bondad en persona.

El más joven de sus trabajadores, un tipo de aspecto igual de siniestro y pelo enmarañado, regaló por sorpresa a Farid la pieza más valiosa: un freno. Ni Toni ni Azar tenían algo parecido. El freno consistía en un trozo de goma que Farid sujetó como un guardabarros sobre la rueda trasera.

Finalmente, Farid se dirigió con la bolsa llena de piezas a ver a su primo Georg, que era aprendiz de ebanista con un avariento carpintero. Farid se mantuvo al acecho hasta mediodía y, aprovechando que el propietario de la tienda se fue a casa, se escurrió dentro del taller. Al principio no dijo nada del patinete, sino que preguntó a su primo por su salud y su familia. Sin embargo, mientras lo hacía cambiaba continuamente de sitio la bolsa, hasta que el primo preguntó qué era eso que arrastraba de ese modo. Farid respondió que eran las piezas para un patinete, y que sólo le faltaba la madera.

- Qué pillastre, haber empezado por ahí – rió Georg, y quiso que Farid le describiera cómo tenía pensado que fuera su patinete. Fue fácil. Georg lo dejó todo y en media hora preparó todas las piezas, las juntó en un hatillo y lo cargó en los hombros de Farid.

- Lárgate antes de que ese rácano aparezca. Tú mismo puedes atornillar las piezas, pero antes tienes que encolarlas – explicó, y le dio al chico un poco de cola.

Farid corrió a casa, aunque más que correr, voló en alas de la dicha. Trabajó durante dos horas y luego posó la vista satisfecho sobre su obra de arte.

Finalmente, le quitó a la gastada bicicleta de su padre un pequeño espejo retrovisor y lo sujetó al lado izquierdo del manillar. Y su abuelo le dio varias estrellitas y lunas de chapa de colores.

Por último Farid escribió en un trozo de cartón un conjuro contra el mal de ojo que había visto en un espejo en casa de Michel, el primo de su madre. El cartel mostraba la palma de una mano, en cuyo centro había un ojo azul atravesado por una flecha. Debajo rezaba, en hermosa caligrafía árabe: “Que el ojo del envidioso quede ciego”. Como barbero, Michel tenía un amor especial por los espejos de cristal pulido. Una espléndida pieza se había roto poco después de que un cliente comentara con envidia: “¡Qué hermoso espejo!” El hombre era famoso por su mal de ojo. Contaban que era capaz de matar con la vista una paloma al vuelo si la envidiaba.

Farid sujetó con chinchetas el trozo de cartón ovalado con el proverbio protector en la parte delantera del manillar, bastante ancho. Pintó además un girasol y un canario, y al domingo siguiente se fue con su patinete a la calle Abbara, recién peinado y perfumado, vestido con camisa blanca, pantalones azules y zapatillas de deporte.

- Magnífico – exclamó Azar, y tras dar una vuelta con la máquina de Farid frenó, se balanceó un minuto en el sitio, desmontó y bajó el soporte.

El patinete se quedó erguido, en todo su esplendor, en medio de la calle. Cuando Azar describía con la palabra “magnífico” los otros chicos prestaban atención, porque no era fácil satisfacer a ese hábil constructor.

Al cabo de menos de tres semanas, diez patinetes de madera y cojinetes zumbaban por el callejón, y las madres maldecían a los talleres, culpables del infernal estrépito. Y cada ejemplar era mejor que el anterior, de forma que el “magnífico” artilugio de Farid pronto quedó relegado a un modesto nivel intermedio. Ahora había patinetes con amortiguadores, con campanilla y con bocina, y varios con un asiento acolchado para hermanos pequeños o chicas de la vecindad. Farid construyó un cesto para Tutu, un spaniel al que le encantaba ir en el vehículo.

Chalil fue el primero que pudo beber limonada durante el trayecto. La botella iba bien segura en un soporte en el centro del manillar, y una pajita permitía al avispado muchacho beber sin quitar las manos del manillar ni la vista de la calle.

Pronto la calle Abbara se quedó pequeña para tantos patinetes. Por eso, todos aceptaron la propuesta de Josef de trasladarse a la paralela calle Saitún, en la que vivía Farid. Ese día, todas las mujeres de la calle Abbara no conocían más que un santo: Josef.

Desde entonces, todos los domingos por la tarde se ofrecía un espectáculo celestial en el callejón de Farid. Diez chicos hechos un pincel iban con sus patinetes a la plaza delante de la iglesia católica y evolucionaban lentamente ante las miradas de las chicas, que, también de punta en blanco, esperaban ya la llegada de los patinetes. Los conductores desmontaban, muy tiesos, casi principescos, bajaban los soportes a cámara lenta y se sentaban en los bancos de piedra que había enfrente. Cruzaban las piernas y empezaban a charlar acerca de sus máquinas.

- ¿Puedo dar una vuelta con tu máquina? Sólo hasta el estanco y volver – rogó Toni un día en tono sumiso. Nunca le había permitido a Farid ni tocar siquiera uno de sus muchos juguetes.

- Está bien, pero ve con cuidado – dijo Farid.

- Sí, ten cuidado – gritó Chalil -, su máquina muerde a los niños...

- ...que comen queso holandés – añadió Azar, y se echó a reír.

También Josef sonrió y dio un codazo a los otros. Y por primera vez el patinete de Toni quedó tendido en el suelo sin que nadie le dedicase una mirada.

dimecres, 8 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. El amigo de los gatos. Rafik Schami

Continuant amb el la novel·la de Schami, "El lado oscuro del amor" avui porte el següent capítol, el 95, El amigo de los gatos. Quantes voltes, a l'infància, vaig veure com la nostra gata, la Vuita, li portava a ma mare els ratolins caçats, encara vius, com un regal.


El amigo de los gatos


El abuelo apretaba la mano de su nieto, porque temía perder al pequeño Farid en el bullicio del zoco. A la entrada de un caravasar se detuvo a hablar con un mercader de especias. Farid aprovechó la ocasión para atisbar con curiosidad el interior del gran edificio. En el patio había caballos y mulas atados, junto a los que vio muchos mozos que se dirigían a toda prisa hacia grandes almacenes llenos de sacos. Se los echaban al hombro como si no pesaran nada y luego los cargaban en los carros que esperaban en el patio. Un hombre pálido de traje oscuro anotaba lo que los estibadores iban amontonando en los carros. Un cochero hizo chasquear el látigo y los caballos, que habían estado dormitando con la cabeza baja, despertaron y salieron al trote. El cochero gritó a la gente que despejara el camino si no querían ensuciarse la ropa. La advertencia surtió efecto: acto seguido se abrió un pasillo para su vehículo y volvió a cerrarse tras él, al tiempo que se reanudaban las conversaciones.

De pronto, la mirada de Farid se detuvo en un carnicero de camellos, en un rincón alejado del caravasar. En el barrio cristiano la carne de camello estaba mal vista, por eso Farid nunca había visto algo semejante, una cruel escena que nunca olvidaría.

El gran animal estaba ante la puerta de la carnicería y miraba a Farid con ojos dilatados por el miedo. Un carnicero enano afilaba su gran cuchillo, hablando con otro hombre que cosía sacos de yute cerca de allí.

Finalmente, dos hombres hicieron arrodillarse al camello. El animal seguía mirando a Farid, como pidiéndole ayuda. Entonces el carnicero movió su gran cuchillo en el cuello del camello como si deslizara un arco sobre las cuerdas de un violín. La sangre brotó, derramándose en una enorme fuente. Los ojos del camello, ya vacíos, contemplaban la eternidad. El hombre que cosía sacos no dedicó una sola mirada a la escena. Dio una puntada más al que había terminado y lo dejó sobre un gran montón.

Desde el caravasar, Farid siguió paseando con su abuelo por el barrio de Qaimariya, que tiempo atrás había sido el centro comercial de Damasco, para convertirse luego en una zona residencial con algunos talleres. Por el camino descubrió algo extraño: un hombre estaba sentado en el suelo, en su tienda, y leía en voz alta el Corán rodeado por unos treinta gatos que descansaban en su regazo, en las estanterías, en el suelo y el escaparate de la estancia, por lo demás vacía.

- ¿Vende gatos? - preguntó Farid.

- No, no – dijo el abuelo - , es un hombre santo que se preocupa de todos los gatos del barrio.

Los felinos trepaban sobre el hombre que leía, saltaban de sus hombros a los anaqueles y volvían a bajar, pero él seguía leyendo con toda calma. El abuelo sacó un billete de una lira de su monedero y lo dejó en un cuenco de cobre junto a la entrada.

- Gracias por tu buen corazón – respondió el hombre, y volvió a su lectura.

Tres gatos cruzaron el callejón. Corrieron hacia la tienda, dejaron a la puerta su botín, tres ratones, y entraron. El hombre alzó la vista.

- Estas son sus declaraciones de amor – dijo, y sonrió cuando de pronto el ratón mediano dio un salto y desapareció, rápido como el rayo, por el ventanuco de un sótano al otro lado de la calle.

- Un buen actor – comentó el abuelo, y se llevó a Farid a casa.

dimecres, 1 d’abril del 2009

Dimecres, relats d'altri. Damasco. Rafik Schami

Interrompré durant aquest mes la sèrie que vinc publicant els dimecres sobre contes de Jesús Montcada, per incloure uns quants capítols del llibre de Rafik Schami "El lado oscuro del amor"

Avui el capítol 94. Un emocionat i emocionant cant a la seua ciutat, Damasc.


Damasco


Damasco no es una ciudad, un punto en un atlas, sino una leyenda que se disfraza de casas y callejones, historias, olores y rumores.

A lo largo de sus ocho mil años de historia, la ciudad vieja ha sido víctima infinidad de veces de plagas, guerras e incendio, y a falta de un sitio mejor siempre fue reconstruida en el mismo lugar. La mano que ha marcado Damasco hasta hoy es la de un planificador urbanístico griego llamado Hipodamo de Mileto. Él dividió la ciudad en barrios cuadrangulares rigurosamente geométricos, con grandes avenidas. Los griegos amaban las líneas rectas; los árabes, en cambio, prefieren el arco, la curvatura. Algunos afirman que eso guarda relación con sus agotadores viajes por el desierto. La curvatura acorta la distancia, al menos para la vista. Otros dicen que es la vida misma la que determina el arco: la rama de olivo se comba con el peso de sus frutos, el vientre de las mujeres embarazadas es un arco y las ramas de una palmera forman una bóveda redondeada. Solamente la muerte es rectilínea. La explicación de los viejos damascenos es más profana: los callejones se pueden defender mejor cuantas más sinuosidades tienen.

Si se quiere hablar de Damasco, hay que tener cuidado para no hundirse, porque Damasco es un mar de historias. La ciudad lo sabe y por eso conserva, pese a todo el amor de los árabes por las calles y callejones sinuosos, una sola calle recta, que precisamente recibe este nombre. Constituye el punto de referencia de todos los paseos y todos los relatos. Cuando uno se pierde en los infinitos recovecos de los callejones, siempre puede regresar a la calle Recta. Esta vía es una enorme brújula que desde hace tres mil años indica la dirección del este hacia el oeste.

Antes tenía más de veinte metros de anchura y era un fastuoso paseo con columnas y pórticos. Pero los mercaderes fueron invadiendo ambos lados de la calle con sus puestos, de manera que hoy no alcanza, en algunos lugares, los diez metros. Los mercaderes damascenos dominan a la perfección la técnica de la apropiación. Sin llamar la atención, se instalan en la acera con un cesto de verduras, una pequeña pirámide de cajas taraceadas o una bandeja con pistachos, que sólo depositan para secar al sol durante un par de horas. Luego se monta encima una ligera estructura de madera y se tiende sobre ella una tela aún más ligera, para proteger la mercancía del excesivo ardor del sol. En cuanto los transeúntes y los policías se han acostumbrado, la estructura de madera se viene abajo de vez en cuando, y los mercaderes se ven obligados a sustituir la temblona armazón por una construcción un poco más sólida. Pero, para poder gozar de una siesta sin preocuparse de los ladrones, es preciso dotar al conjunto de una puerta, y poco después de una ventanita con visillo. . Una semana más tarde, como por arte de magia, la fina madera se refuerza con adobe y, después de una acción sorpresiva en plena noche, de pronto la casita resplandece de blancura, con sus puertas y ventanas azules recién pintadas. Pronto vuelve a tener delante un cesto de verduras, sólo para llamar la atención de los clientes. El policía refunfuña, pero es tranquilizado con muchas palabras y un café... hasta que finalmente es trasladado. Su sucesor podría jurar que la calle siempre había descrito una curva en ese punto.

Damasco ha acogido y soportado a árabes, romanos, griegos, arameos y otras treinta y siete culturas. Dominaron sucesiva y a veces simultáneamente la ciudad, y ningún pueblo se marchó sin dejar su impronta. Así, Damasco se convirtió en una obra histórica confeccionada a base de retazos, una oficina de objetos perdidos de las culturas. Algunas personas también comparan la ciudad con un mosaico, cuyas teselas han sido ensambladas por los viajeros a lo largo de más de ocho mil años.

Los damascenos lo han recibido todo: una columna griega, un puente romano, un muro anodino con piedras de los palacios de siglos pasados, plantas traídas de África por manos esclavas. Hasta el día de hoy, uno cree escuchar en los callejones palabras pronunciadas por forasteros hace cientos de años. Y tropieza con personas, ya sea un mercader de verduras o un médico, cuyos antepasados vinieron de España, Yemen o Italia, y que aún así se consideran damascenos de pura cepa. Y lo gracioso es que tienen razón.

Damasco fue un fértil oasis en la seca Arabia. A finales de los años cuarenta se fundaron cerca de la ciudad algunas grandes empresas textiles, se abrieron muchos colegios, se amplió la universidad, y periódicos y revistas conquistaron los quioscos, dando testimonio de la riqueza cultural de la ciudad. Los cines se pusieron de moda y todos tenían días especiales para mujeres, y a veces un hombre enamorado esperaba tres horas en la calle sólo para poder contemplar a su amada al salir. Aunque debía tener un cuidado infernal para que nadie viera que le sonreía. Y si ella respondía a su sonrisa, eso era para él como un anticipo del paraíso.

dimecres, 28 de gener del 2009

Dimecres, relats d'altri. Estremida memòria. Jesús Moncada

Fa unes setmanes vaig acabar de rellegir l'última novel·la del desafortunadament desaparegut Jesús Moncada: "Estremida memòria".

Es tracta del relat d'un crim ocorregut a la vila de Mequinensa i el trasbals que per aquest poble ha suposat, narrat, cent divuit anys més tard, per un fill del poble que treballa a Barcelona, i que hom identificaria amb el propi autor de la novel·la, en base a uns papers inèdits de l'època, escrits per l'escrivà del jutjat de Casp que han arribat a les seues mans, postil·lat i corregit amb l'ajut de la inestimable memòria d'un vell amic encara viu a Mequinensa, i coneixedor dels fets perquè, de xiquet, li'ls va narrar l'Ulisses, avi seu.

Com de costum, i com ja heu pogut comprovar aquells que seguiu aquestes narracions de dimecres, Moncada fa gala d'un llenguatge absolutament viu, esplèndid, el català de la Franja, sense caure per ço en estèrils dialectalismes. Reconec que si m'agrada tant és perquè el llenguatge d'aquests pobles aragonesos de parla catalana, es troba encara menys aviciat pel barceloní que el de Lleida, i s'assembla més a la parla del meu poble a València.

A continuació deixe el capítol on un venedor d'imatges, el Brumari, intenta encolomar-li'n una al secretari del jutjat de Casp, que ha arribat, malalt de grip, a Mequinensa amb motiu del proper ajusticiament dels culpables de l'assassinat, i que intenta forçar una repetició del judici enmig del foc creuat entre les dues faccions irreconciliables en què ha quedat dividit el poble.

ESTREMIDA MEMÒRIA

Jesús Moncada

SEGONA PART. LA VELA VERMELLA. II. 2


Quan s’espavila, sacsejat per la tos, l’espectacle el desconcerta: una munió d’imatges religioses, sants i santes de carones galtudes, el contempla amb ulls embadalits. Mentre, esmaperdut, parpelleja davant la catèrvola celestial, recorda l’arribada a Mequinensa, el pas de l’Ebre amb el transbordador, la fonda... La fatiga l’ha vençut. Magolat pel viatge, tot i la parsimònia de la mula canònica, ha acabat adormint-se abocat a la taula.

- Vol comprar-me’n una, mestre?

La proposta sembla amollada per una de les imatges. Entre un bisbe amb dalmàtica vermella i un asceta cadavèric de llarguíssimes barbes, unes ninetes negres, vives, bellugadisses, l’escodrinyen. Estupefacte, sent que la veu reitera l’oferta.

- Vol comprar-me una imatge, mestre? Les tinc molt bé de preu, allò que se’n diu tirades. Guaiti: per una misèria pot convertir-se en propietari de qualsevol de les que veu. Miri que ben pintades. Fixi-s’hi: quines galtes, quins ulls, quins nassos! Ningú no diria que són de guix, semblen vives de debò, com si respiressin. Ara bé, si vostè és persona de gust i de possibles, en tinc d’altres, de fusta, una mica més cares, però també més ben acabades i polides. I la part diguem-ne artística n’és el més petit dels mèrits, el principal és que fan miracles. Sí, senyor, el que sent: miracles. No faci aquesta cara d’incredulitat, redéu! Que vol cremar a l’infern? El Sant Blai, per exemple, li traurà el mal de gola sense haver d’anar al metge, que, a sobre de no curar-lo, perquè no saben on toquen, li sagnarà la butxaca. La santa Llúcia, miri que bufona!, li provarà d’allò més si no hi guipa prou; veure-hi bé és essencial en un món de pocavergonyes on te la foten així que bades. Si la seva dona té una malaltia als pits, sigui dit amb tot el respecte del món, santa Àgata, sí, aquesta tan eixerida, la del mantell taronja, li solucionarà el problema. Ara, si vostè, encara que no en té l’aspecte, treballa a les mines, el que necessita, cregui’m, és la santa Bàrbara aquí present: el preservarà de les estimbades, no morirà esclafat com un cuc. Què més vol, digui’m, per una misèria?

Atabalat pel discurs, mira en silenci les imatges. No acaba d’eixorivir-se.

- Ja ho veig, no farem fira – diu el desconegut amb una certa impaciència – . Bé, mestre, com vulgui. Ara, quan tingui unes angines de cavall o se li entravessi una espina de peix a la gola o un mal de queixals li faci veure la padrina o, amb tots els respectes, la dona tingui algun problema al pit, no comenci a lamentar-se i a dir, millor dit a pensar, perquè, si es tracta d’una espina a la gola, no estarà per gaire discursos: “Ai, no em veuria en aquesta refotuda situació si hagués comprat una imatge miraculosa al Brumari Montornès quan me la va oferir!”

L’anomenat Brumari Montornès fa una pausa, mira Montolí de fit a fit, continua:

- No vull ni pensar-hi! Quina catàstrofe! Com que no puc permetre que caigui en l’error de rebutjar una ocasió segurament irrepetible, perquè, qui sap si tindrà la fortuna de tornar-me a trobar mai de la vida, i, com que també he de considerar que potser no accepta l’oferta perquè va curt de saula, i no vull sobre la consciència, ja prou carregada de desastres, la responsabilitat de privar-lo de la gran sort que ara té a l’abast per un problema de diners, li donaré l’última oportunitat. L’última, mestre, guaiti el que li dic, no badi. Miri, si no arriba al preu d’aquestes imatges, aquí en tinc un parell un pèl defectuoses: una està una mica escantellada de portar-la amunt i avall; l’altra li va sortir guenya al pintor que la policromava. Ara bé, quant a virtuts curatives, també fan el fet, van tan bé com les altres, i, de vegades, millor: miracle segur. Les hi ofereixo gairebé regalades. Què me’n diu? Fem fira? No, oi? Si vol que li digui la veritat, abans de començar ja sabia que no aconseguiria entabanar-lo. A còpia de temps, aprens a ensumar la parròquia, però, com que també m’he equivocat més d’una vegada – sota una aparença de descregut empedreït trobes un babau acoquinat per la por de l’infern, i al revés –; i tampoc no puc negar-me una certa capacitat de persuasió, per si de cas ho provo. Aquesta vegada, sortosament per a vostè, que demostra no tenir un pa a l’ull, i per a desgràcia meva, que acabo de perdre una venda. L’he encertada de mig a mig.

Fa una altra pausa per refer-se de la tirallonga i comença a encabir curosament la mercaderia celestial en una capsa de fusta sobre un llit d’encenalls.

- Bé, ara que veig que no hi ha res a fer – continua mentre col·loca un sant amb dalmàtica blava al costat d’un angelet bufador –; li confesso que m’he quedat molt més tranquil. Hi ha llanuts a gavadals, però no tants com sembla. I, si trobo algú que no es deixa albardar, encara que sigui a costelles meves (al capdavall he de menjar cada dia), me n’alegro pels ciutadans d’aquest món desgraciat. Sóc ateu i miri a què em veig forçat, a vendre imatges de sants fent creure que fan prodigis. Bé, vaig a veure si xollo algun enze, si més no per pagar la fonda. Fa anys que vinc regularment a Mequinensa, sap, i sempre hi faig fira. D’ençà que la gent d’aquí va començar a treballar a les mines de lignit i va descobrir una nova manera de morir, les dones em demanen imatges de santa Bàrbara perquè els protegeixi els homes. El fabricant va solucionar-ho sense manies canviant quatre detalls a una verge italiana que no tenia sortida i, au, santa nova i miracles a dojo! En fi, mestre, dispensi’m per haver-lo marejat. Ah, i no es prengui malament el que li vaig a dir. Encara seré aquí una setmana. Si mentrestant canvia d’opinió, perquè això de la fe té sorpreses – de vegades t’adorms ateu i et despertes menjaciris, o al contrari, en un tres i no res, passes de llepa-sants a descregut –, no ha de fer sinó avisar-me. Compti amb una bona rebaixa, el que se’n diu preu d’amic. Si els ateus no ens ajudem entre nosaltres, qui ho farà? Ara me’n vaig a continuar la feina, m’he de guanyar les garrofes. Encara que, aquesta vegada, em sembla que tindré mal dau. La vila està trasbalsada, això sempre és dolent per als negocis. En fi, no vull queixar-me. Pitjor ho tenen els desgraciats que acaben de portar al castell. Tal com pinta l’assumpte, no en tindran prou ni amb tots els miracles junts dels sants que porto. Perquè suposo que vostè ja sap el que va succeir aquí el vint-i-cinc d’agost.

El vint-i-cinc d’agost... Les paraules del venedor el traslladen a aquella tarda lenta, d’un groc pastós i mosques apegaloses, quan un pagès esverat va presentar-se al jutjat de Casp, on ell, ensopit per la nyonya, feia esforços, com ara, per no adormir-se.


ESTREMECIDA MEMORIA

Jesús Moncada

SEGUNDA PARTE. LA VELA ROJA. II. 2


Cuando espabila, sacudido por la tos, el espectáculo lo desconcierta: una multitud de imágenes religiosas, santos y santas de caritas mofletudas, lo contempla con ojos embelesados. Mientras, desconcertado, parpadea ante la caterva celestial, recuerda la llegada a Mequinensa, el paso del Ebro en el transbordador, la fonda... La fatiga lo ha vencido. Magullado por el viaje, a pesar de la parsimonia de la mula de canónigo, ha acabado por dormirse reclinado sobre la mesa.

- ¿Desea comprar una, caballero?

La propuesta parece lanzada por una de las imágenes. Entre un obispo con dalmática roja y un asceta cadavérico de larguísimas barbas, una pupilas negras, vivas, movedizas, lo escudriñan. Estupefacto, escucha como la voz reitera la oferta.

- ¿Quiere comprar una imagen, caballero? Las tengo muy bien de precio, lo que se dice tiradas. Mire: por una miseria puede convertirse en propietario de cualquiera de las que ve. Observe que bien pintadas. Fíjese: ¡qué mejillas, qué ojos, qué narices! Nadie diría que son de escayola, parecen vivas de verdad, como si respiraran. Ahora que si usted es persona de gusto y posibles, tengo otras, de madera, un poco más caras, pero también mejor acabadas y más bonitas. Y la parte digamos artística es el más pequeño de sus méritos. Lo principal es que hacen milagros. Sí, señor, lo que escucha: milagros. ¡No ponga esa cara de incredulidad, cristo! ¿O es que quiere ir a parar al infierno? El san Blai, por ejemplo, le quitará el dolor de garganta sin tener que ir al médico, que, aparte de no curarlo, porque no tienen ni idea, le sangrará el bolsillo. La santa Llúcia, ¡mire que preciosa!, le irá de perillas si no guipa bien; ver bien es esencial en este mundo de sinvergüenzas donde en cuanto te descuidas te la meten doblada. Si su mujer tiene una enfermedad en los pechos, dicho sea con todo el respeto del mundo, santa Àgata, sí, ésta tan espabilada, la del manto anaranjado, le solucionará el problema. Y si usted, aunque no lo parece, trabaja en las minas, lo que necesita, créame, es la santa Bàrbara aquí presente: lo preservará de los hundimientos, no morirá aplastado como un gusano. ¿Qué más quiere, diga, por una miseria?

Mareado por la verborrea, mira en silencio las imágenes. No acaba de despejarse.

- Ya veo, no haremos nada – dice el desconocido con cierta impaciencia –. Bien, caballero, como prefiera. Ahora que, cuando tenga unas anginas de caballo, o se le atraviese una espina de pescado en la garganta, o un dolor de muelas le haga ver las estrellas o, con todo respeto, su parienta tenga algún problema en el pecho, no empiece a lamentarse y a decir, mejor dicho a pensar, ya que si se trata de una espina en la garganta no estará para muchos discursos: “¡Ay, no me encontraría en esta jodida situación si le hubiera comprado una imagen milagrosa al Brumari Montornès, cuando me la ofreció!”

El llamado Brumari Montornès hace una pausa, mira fijamente a Montolí, continúa:

- No me atrevo ni a imaginarlo. ¡Qué catàstrofe! Como no puedo permitir que cometa el error de rechazar una oportunidad seguramente irrepetible, porque quién sabe si tendrá la fortuna de volverme a encontrar nunca jamás en la vida, y, como también he de considerar que a lo mejor no acepta mi oferta porque anda escaso de parnés, y no quisiera sobre mi conciencia, ya demasiado cargada de desastres, la responsabilidad de privarlo de la gran fortuna que ahora tiene al alcance de la mano por un problema de dinero, le daré una última oportunidad. La última, caballero, mire lo que le digo, no se me distraiga. Mire, si no llega al precio de estas imágenes, tengo aquí un par algo defectuosas: una está un poco descascarillada de tanto ir arriba y abajo; la otra le salió bizca al pintor que la policromaba. Ahora bien, en cuanto a virtudes curativas, son tan buenas como las otras, y, a veces, mejor incluso: milagro seguro. Se las doy casi regaladas. ¿Qué me dice? ¿Hay trato? ¿No, verdad? Si quiere que le diga la verdad, antes de empezar ya sabía yo que no conseguiría atraparlo. Con el tiempo aprendes a conocer a los parroquianos, pero como también más de una vez me he equivocado – bajo una apariencia de descreído empedernido te encuentras un simplón acogotado por el pánico al infierno, y al contrario –; y no se me puede negar una cierta capacidad de persuasión, por si acaso lo intento. Esta vez, afortunadamente para usted, que demuestra no tener los ojos vendados, y para mi mala suerte, que acabo de perder una venta. Veo que he acertado de pleno.

Hace otra pausa para reponerse de la perorata y comienza a meter cuidadosamente la mercancía celestial en una caja de madera sobre un lecho de virutas.

- Bien, ahora que veo que no hay nada que rascar – continúa mientras coloca un santo con dalmàtica azul al lado de un angelote soplador –; le confieso que me he quedado mucho más tranquilo. Hay borregos a montones, pero no tantos como parece. Y, cuando encuentro a alguien que no se deja engatusar, aunque sea a mi costa (a fin de cuentas he de comer a diario), me alegro por los ciudadanos de este desgraciado mundo. Soy ateo y mire a lo que me veo forzado, a vender imágenes de santos haciendo ver que hacen prodigios. Bien voy a ver si trasquilo a algún bobalicón, si otra cosa no para pagar la fonda. Años hace que vengo regularmente a Mequinensa, sabe, y siempre vendo algo. Desde que la gente de aquí empezó a trabajar en las minas de lignito y descubrió un nuevo modo de morir, las mujeres me piden imágenes de santa Bàrbara para que les proteja a sus hombres. El fabricante lo solucionó rápidamente cambiando cuatro detalles a una virgen italiana que no tenía salida y, hala, ¡nueva santa y milagros a porrillo! En fin, caballero, discúlpeme por haberle entretenido. Ah, y no se tome a mal lo que voy a decirle. Todavía estaré por aquí una semana. Si entretanto cambia de opinión, porque esto de la fe a veces sorprende – un día te acuestas ateo y te levantas meapilas, o al contrario, en un santiamén, pasas de besasantos a descreído –, no tiene que hacer más que avisarme. Cuente con una buena rebaja, lo que se dice precio de amigo. Si los ateos no nos ayudamos entre nosotros, ¿quién lo hará?. Ahora me voy a continuar el trabajo, bien me he de ganar los garbanzos. Aunque, esta vez, me parece que no tendré buenos dados. El pueblo está trastornado, y eso siempre es malo para los negocios. En fin, no quiero quejarme. Peor lo tienen los desgraciados que acaban de llevar al castillo. Tal como pinta el tema, no tendrán bastante ni juntando los milagros de todos los santos que traigo. Porque supongo que usted ya sabe lo que sucedió aquí el veinticinco de agosto.

El veinticinco de agosto... Las palabras del vendedor lo trasladan a aquella lenta tarde, de un amarillo pastoso y pegajosas moscas, cuando un payés asustado se presentó en el juzgado de Casp, donde él, amodorrado por la galbana, hacía esfuerzos, como ahora, para no dormirse.

dimecres, 7 de gener del 2009

Dimecres relats d'altri. Spiritus. Ismaïl Kadaré.

L'altre dia, al bloc llibres llegits, vaig pujar el meus comentaris a Spiritus, novel·la amb caos, revelació, vestigis, tornada a llegir després d'uns quants anys. Com acostume, deixaré aquí un capítol de la novel·la per que us en feu una pobra idea de l'humor subjacent que impregna tota la narració.

SPIRITUS. Novel·la amb caos, revelación, vestigis.

Ismail Kadaré

Capítol XI

El que temíem es va produir aviat: l’endemà al matí. Semblava que la nit s’hagués empassat el raig de llum que amb prou feines s’havia filtrat. Potser no hauríem hagut de dormir, va dir el cap en to de broma. El fil que ens pensàvem que havíem descobert s’havia barrejat amb els somnis i s’havia dissipat amb ells, com si fos un dels seus congèneres.

Si el dia abans havíem considerat que la “captura d’un esperit” o “la vigilància més enllà de la mort” tenien relació amb pràctiques d’espiritisme; això, en arribar el matí, ens semblava tan improbable, és a dir, tan estirat pels pèls, com un fulletó dolent. Les preguntes que provocava aquesta interpretación eren tan nombroses com implacables. Podia ser que els investigadors comunistes, acostumats a les investigacions més demoníaques, haguessin cregut de debò que podien treure informació dels senyals donats per un esperit durant una sessió d’espiritisme? Això no ho excloïa només la lògica policial, sinó que tota la mentalitat comunista s’oposava a hipótesis d’aquest tipus. Si la Segurimi hagués volgut instal·lar un complex de culpabilitat en el cervell de les seves víctimes, pràctica a que es dedicava el Guia malalt d’Albània, hauria recorregut a tot tipus de recursos, però en cap cas a pràctiques menyspreades, que es podien tornar en la riota de la opinió, que fins i tot eren tingudes per reprensibles: les pràctiques místiques.

D’altra banda, què era aquella “resposta de França” demanada amb tanta insistència? En aquell afer hi havia alguna cosa que no lligava. Un decalatge, una gran incomprensió entre els uns i els altres. La policia sabia alguna cosa que les víctimes ignoraven. I a la inversa, la primera suposava que les segones estaven al corrent d’una dada que a ells, els policies, se’ls havia escapat. En aquells moments sentírem multiplicada per deu la pèrdua dels tres últims fulls de l’expedient. Teníem una feble esperança que no continguessin la clau de l’enigma.

Ens dedicarem a buscar expedients de les altres víctimes. Feina inútil. Molts havien estat recuperats des de feia temps pels advocats de les famílies per buscar-hi elements per als processos interminables que havien començat després de la caiguda del comunisme, quan es va començar a jutjar-ho tot una altra vegada. Els altres, entre ells el de Shpend Guraziu, havien desaparegut sense deixar rastre.

En aquells moments, no només el nostre cap, sinó tots nosaltres pronunciàvem el nom de Shpend Guraziu amb un to particular, impregnat alhora de respecte i de por. Així que algú hi fei al•lusió, els nostres cervells es representaven de seguida aquella “nit terrible, inoblidable en què el seu esperit s’havia envescat...” Era una nit que feia un temps espantós, potser això li havia impedit de portar la resposta de França...?

Fos el que fos, al nostre cap se li acudí que tot el nostre grupet fes una visita al cementiri de la ciutat. L’actriu havia revelat que Shpend havia estat exhumat no feia gaire, però ni hi havíem donat importància; a Albània els casos d’exhumació eren més freqüents que enlloc. El nostre error, en aquell cas, havia estat que no havíem fet distincions entre l’abans i el després. El frenesí d’exhumacions s’havia produït sobretot a l’endemà de l’enderrocament de la dictadura, quan tot havia estat reconsiderat. Llavors era corrent veure persones travessant el país de nord a sud, o viceversa, transportant amb tren, taxi, o a l’esquena taüts, caixes, a vegades sacs plens d’ossos que, després d’haver desenterrat, anaven a enterrar al lloc volgut. De les “tombes dels màrtirs” s’acostumaven a treure les restes dels que en el passat havien estat proclamats herois, per tal de posar al seu lloc els adversaris polítics, que sovint s’havien matat entre ells. Semblava que tothom tingués pressa per instaurar el nou ordre sota la terra, abans i tot de fer-lo regnar a la superfície. Les campanyes electorals, la difusió de nous programes dels partits polítics, estaven sempre acompanyats per demandes d’exhumacions o d’inhumacions.

Tot i que ja havien passat molts anys, al cementiri de la ciutat encara hi havia els rastres d’aquell tràfec subterrani. Però precisamente perquè abans s’havia produït aquell desori, l’exhumació de Shpend Guraziu va ser considerada sense interès. O sigui que no era ni partidari del rei, ni frare franciscà, ni adversari del regim? I va ser desenterrat a l’època del comunisme? Bé, llavors hi devia haver hagut algun motiu banal, com el trasllat de les seves despulles fet pels parents; operacions d’aquest tipus es produïen a vegades, fins i tot en aquell temps.

Vam aconseguir de trobar un dels enterramorts que pretenia haver pres part en l’exhumació de Shpend Guraziu:

“Així que ens van convocar amb presses enmig d’una nit, vam comprendre que es tractava d’una cosa inhabitual. Era una nit de tempesta, pluvial. La tomba que havíem d’obrir estava il·luminada pels llums de dos cotxes de la Segurimi. Havíem rebut l’ordre de carregar a la caixa del camió no només els ossos sinó també tota la terra remoguda. Semblava una feina de bojos, però el cap de la Segurimi era allà; ell donava les ordres i vigilava l’operació: ‘No hauran de dir mai el que han fet aquesta nit; si no, ja saben què els espera!’ Van ser les úniques paraules que ens va adreçar abans d’entaforar-se al seu cotxe per escortar el camió. No ens hauria passat pel cap dir res sobre el que acabàvem de fer. Però no podiem impedir-nos de fer conjectures de tots tipus. Semblava que busquessin alguna cosa, però no puc dir si la van trobar o no. Més tard, per casualitat, vaig saber que havien esmicolat grapat per grapat la terra arreplegada. Alguns deien que el difunt havia mort d’un mal desconegut que els savis volien identificar a tot preu. Jo no em crec aquestes boles. De tres hores lluny ja fan pudor de muntatge de la Segurimi. Perquè aquesta explicación fos plausible ens havien donatu uns guants de cautxú. Jo crec que si van exhumar aquell cadáver va ser perquè dubtaven de la seva identitat. Devien suposar que un altre havia estat enterrat en el seu lloc.”

Les paraules de l’enterramorts van donar nova llum sobre els fets. L’actriu també havia declarat que havia tingut el pressentiment que Shpend Guraziu encara era viu. En cas que hagués estat així, l’enregistrament de la seua veu, que deien que venia de l’ultratomba, no hauria sorgit de la faula.

El mateix dia el cap ens va dir que, com que havíem posat els peus en el món del més enllà, estaria bé que féssim una petita visita al cementiri de l’antiga presó. Havia sentit explicar tot d’històries estranyes sobre el lloc.

Tal com era d’esperar, aquell cementiri encara havia estat més escodrinyat que els altres. En termes de la llei d’aleshores, la despulla d’un detingut mort durant l’acompliment de la seva pena havia de quedar-se a la presó fins que s’hagués acabagt la condemna. Només llavors es tornaven les restes a la família.

En un racó de l’esquerra es trobaven els condemnats a cadena perpètua, els que no tenien cap esperança de surtir, excepte en cas d’una amnistia general, això és el que ens explicà un dels guardians amb qui vam acabar parlant. A la dreta, els que només tenien un bocinet de pena per purgar, generalment entre dos i cinc anys. Els presos polítics, tant aquí com a l’interior de la presó, formaven un grup a part, aquí els enterraven al mig.

-Tenien llistes, com amb els vius, amb el nom i la data d’alliberament de cadascun?

-I tant! Teníem unes llistes diàries, amb totes les informacions. Durant les seves rondes el meu adjunt, que descansi en pau, me’n recordo ben bé, els adreçava alguna paraula: “Ei, Martini ja t’han sortit les primeres herbes.” O bé: “Paciència, Rrok, només et queda aquest hivern, al mes de març ja tornaràs a casa teva...”

-I al final de la condemna, els familiars venien sempre a buscar-los?

-En general sí, menys quan ja no quedava ningú de la família. A vegades s’enduien el taüt carregat en un taxi o un carretó. Els més pobres venien amb un simple sac de paper kraft, dels que es fan servir per al ciment.

-I en cas d’amnistia, ells també en sorteen beneficiats?

-Sí, sí. Com els vius. S’ha de ser just: en aquesta presó, es respectava el reglament. Avui dia poden dir el que vulguin, però, pel que respecta a mi, no tinc cap interès, ara que tinc la mort a prop, de carregar-me la conciencia de mentides. Li puc assegurar que si hi havia un lloc on les amnisties s’aplicaven estrictament, era al cementiri de la presó. Allí no hi havia circumstàncies agreujants ni atenuants. Perquè els cadàvers, voste ja ho sap...

-Hi havia noves condemnes que afectessin els reincidents?

-Reincidents als cementiris? Ui, això ja són figues d’un altre paner... Sí, és clar que sí. Com vostè pot comprendre els detinguts, sobretot els polítics, tenien lligams entre ells. Quan en una presó corrien rumors sobre la constitución d’un grup d’opositors o sobre una temptativa d’evasió col•lectiva, la nova condemna afectava tant els vius com els morts si és que havien estat implicats en els fets. Per exemple, recordo un tal Sheme Alarupi; va ser condemnat tres cops després de la seva mort. Al meu ajudant, que descansi en pau, li agradava ser el primer a dir-li-ho sobre la tomba: “Ai, Sheme, o sigui que encara no sortiràs aquesta tardor. Saps la notícia? T’han caigut deu anys més. O sigui que ni allí on ets no et pots estar tranquil?”

-En aquests casos, hi havia una notificación oficial, com per exemple una lectura de la nova condemna al peu de la tomba?

-No, no, no es feien comèdies d’aquestes. Avui dia la gent pot anar explicant el que vulgui, però aquesta presó era un establiment seriós.

-Una última pregunta. Si es descobria tard l’acció culpable d’un enemic del règim ja mort i que, com tothom, s’estava podrint al cementiri municipal, el reglament preveia que el seu cos fos exhumat per fer-li purgar aquí la pena?

-No, mai no vaig sentir parlar d’un cas semblant. Ja els ho he dit, senyors, era un establiment seriós.


SPIRITUS. Novela con caos, revelación y vestigios.

Ismail Kadaré

Capítulo XI

Lo que temíamos pronto sucedió: a la mañana siguiente. Parecía que la noche se hubiera tragado el rayo de luz que a duras penas se había filtrado. Quizá no deberíamos haber dormido, dijo el jefe en tono de chanza. El hilo que creíamos haber descubierto se había mezclado con los sueños y se había disipado con ellos, como si fueran congéneres.

Si el día anterior habíamos considerado que la “captura de un espíritu” o “la vigilancia más allá de la muerte” tenían relación con prácticas de espiritismo; al llegar la mañana nos parecía tan improbable, es decir tan traído por los pelos, como un mal folletín. Las preguntas que provocaba esta interpretación eran tan numerosas como implacables. ¿Era posible que los investigadores comunistas, avezados en las investigaciones más diabólicas, hubieran creído de veras que podían sacar información de los mensajes enviados por un espíritu durante una sesión de espiritismo? Esto no sólo quedaba excluido por la misma lógica policial, sino que toda la mentalidad comunista se oponía a hipótesis de este tipo. Si la Segurimi hubiera querido implantar un complejo de culpabilidad en el cerebro de sus víctimas, práctica a la que se dedicaba el Guía enfermo de Albania, habría recurrido a todo tipo de recursos, pero en ningún caso a prácticas menospreciadas, que podían acabar en las carcajadas de la opinión pública, y que incluso eran tachadas de reprensibles: las prácticas místicas.

Por otra parte, ¿qué era aquella “respuesta de Francia” reclamada con tanta insistencia? En aquel asunto había alguna cosa que no encajaba. Un abismo, una gran incomprensión entre unos y otros. La policía sabía algo que las víctimas ignoraban. Y a la inversa, la primera presumía que las segundas estaban al corriente de un dato que a ellos, los policías, se les había escapado. En aquellos momentos sentimos multiplicada por diez la pérdida de las tres últimas hojas del expediente. Nos quedaba una ténue esperanza de que contuviesen la clave del enigma.

Nos dedicamos a buscar expedientes de otras víctimas. Trabajo inútil. Muchos habían sido recuperados desde hacía mucho tiempo por los abogados de las familias para buscar elementos que sirvieran en los interminables procesos que se habían iniciado después de la caída del comunismo, cuando empezaron a juzgarlo todo una vez más. Los otros, entre los que estaba el de Shpend Guraziu, habían desparecido sin dejar rastro.

En aquellos momentos, no sólo nuestro jefe, sino todos nosotros pronunciábamos el nombre de Shpend Guraziu con un tono particular, impregnado a un tiempo de respeto y miedo. En cuanto alguien hacía alusión, nuestros cerebros se representaban inmediatamente aquella “noche terrible, inolvidable en que su espíritu había quedado atrapado...” Era una noche en la que hacía un tiempo espantoso, ¿quizá era esto lo que le había impedido traer la respuesta de Francia...?

De cualquier modo, a nuestro jefe se le ocurrió que todo nuestro grupo hiciese una visita al cementerio de la ciudad. La actriz había revelado que Shpend había sido exhumado no hacía mucho, pero no le habíamos dado importancia; en Albania los casos de exhumación eran más frecuentes que en cualquier otro lugar. Nuestro error, en aquel caso, había consistido en no hacer distinguir entre antes y después. El frenesí de exhumaciones se había producido sobre todo al día siguiente del derrocamiento de la dictadura, cuanto todo se había reconsiderado. En aquel tiempo era común ver gente atravesando el país de norte a sur, o viceversa, transportando en tren, taxi, o a la espalda ataúdes, cajas, a veces sacos llenos de huesos que, tras haberlos desenterrado, llevaban a enterrar al lugar deseado. De las “tumbas de los mártires” se acostumbraba a sacar los restos de los que en el pasado habían sido proclamados héroes, para poner en su lugar a los adversarios políticos, que a menudo se habían matado entre ellos. Parecía que todos tuvieran prisa para instaurar el nuevo orden bajo tierra, incluso antes de que reinase en la superficie. Las campañas electorales, la difusión de nuevos programas de los partidos políticos, iban siempre acompañadas de demandas de exhumaciones o de inhumaciones.

Aunque ya habían pasado muchos años, en el cementerio de la ciudad todavía quedaban rastros de aquél tráfico subterráneo. Pero dado que antes se había producido aquella confusión, la exhumación de Shpend Guraziu fue considerada sin ningún interés. ¿O sea que no era partidario del rey, ni fraile franciscano, ni adversario del régimen? ¿O sea que fue desenterrado en la época del comunismo? Bueno, pues entonces seguro que hubo algún motivo banal, quizá el traslado de sus restos por parte de sus parientes; operaciones de este tipo se producían, incluso en aquellos tiempos.

Conseguimos localizar a uno de los enterradores que aseguraba haber tomado parte en la exhumación de Shpend Guraziu:

“Cuando nos convocaron urgentemente en mitad de una noche, comprendimos que se trataba de una cosa inhabitual. Era una noche de tormenta, lluviosa. La tumba que teníamos que abrir estaba iluminada por los faros de dos coches de la Segurimi. Habíamos recibido la orden de cargar en la caja del camión no sólo los huesos sino también toda la tierra removida. Parecía un trabajo de locos, pero el jefe de la Segurimi estaba allí; él daba las órdenes y vigilaba la operación: ‘No podrán decir nunca lo que han hecho esta noche; si no, ¡ya saben lo que les espera!’ Fueron las únicas palabras que nos dirigió antes de meterse en su coche para escoltar al camión. Nunca se nos hubiera ocurrido decir nada sobre lo que acabábamos de realizar. Pero no podíamos evitar hacer conjeturas de todo tipo. Parecía que buscaran alguna cosa, pero no puedo asegurar si la encontraron o no. Más tarde, por casualidad, supe que habían triturado puñado por puñado la tierra recogida. Algunos comentaban que el difunto había muerto de un mal desconocido que los sabios querían identificar a cualquier precio. Yo no me creo estas trolas. De tres horas lejos ya huelen a montaje de la Segurimi. Para que esta explicación resultase plausible nos habían dado unos guantes de látex. Yo creo que si exhumaron aquel cadáver fue por que dudaban de su identidad. Debían suponer que era otro el que estaba enterrado en su lugar.

Las palabras del enterrador echaron nueva luz sobre los hechos. La actriz también había declarado que había tenido el presentimiento que Shpend Guraziu, todavía estaba vivo. En caso de que hubiera sido así, el registro de su voz, que decían que venía de ultratumba, no hubiera salido de la fábula.

Aquel mismo día el jefe nos dijo que, como ya habíamos puesto los pies en el mundo del más allá, no estaría de más que hiciéramos una pequeña visita al cementerio de la antigua cárcel. Había escuchado explicar un montón de historias extrañas sobre el lugar.

Tal como era de esperar, aquel cementerio todavía había sido más registrado que los otros. En términos de la ley de entonces, los restos de un detenido muerto durante el cumplimiento de su condena se tenían que quedar en la prisión hasta que hubiese cumplido la misma. Sólo después de esto se devolvían los restos a la familia.

En un rincón de la izquierda se encontraban los
condenados a cadena perpetua, los que no tenían ninguna esperanza de salir, salvo en caso de una amnistía general, así nos lo explicó uno de los guardias con quien acabamos hablando. A la derecha, los que sólo les quedaba un pedacito de pena por purgar, generalmente entre dos y cinco años. Los presos políticos, tanto aquí como en el interior de la cárcel, formaban grupo aparte, aquí los enterraban en medio.

-¿Había listas, como con los vivos, con el nombre y la fecha de libertad de cada uno?

-¡Por supuesto! Teníamos unas listas diarias, con todas las informaciones. Durante sus rondas mi adjunto, que en paz descanse, lo recuerdo muy bien, les dirigía alguna palabra: “Hey, Martini, ya te han salido las primeras hierbas”. O bien: “Paciencia, Rrok, sólo te queda este invierno, al mes de marzo ya volverás a tu casa…”

Y al final de su condena, ¿los familiares venían siempre a buscarlos?

-Generalmente sí, a no ser que ya no quedara nadie de la familia. A veces se llevaban el ataúd cargado en un taxi o en un carrito. Los más pobres venían con un sencillo saco de papel
kraft de los que se usan para el cemento.

-Y en caso de amnistía, ¿también ellos salían beneficiados?

-Sí, sí. Como los vivos. Hay que ser justos: en esta prisión, se respetaba el reglamento. Hoy día dirán lo que quieran, pero, por lo que a mí respeta, no tengo ningún interés, ahora que tengo la muerte cerca, de cargar mi conciencia con mentiras. Le puedo asegurar que si existía un lugar donde las amnistías se aplicaban estrictamente, era en el cementerio de la prisión. Allí no había circunstancias agravantes ni atenuantes. Porque los cadáveres, usted sabe…

-¿Había nuevas condenas que afectaran a los reincidentes?

-¿Reincidentes en los cementerios? Huy, eso ya es hilar fino… Sí, claro que sí. Como puede usted comprender los detenidos, sobre todo los políticos, se relacionaban entre ellos. Cuando en una cárcel corrían rumores sobre la formación de un grupo de opositores o sobre una tentativa de evasión colectiva, la nueva condena afectaba tanto a los vivos como a los muertos si es que habían estado implicados en los hechos. Por ejemplo, recuerdo a un tal Sheme Alarupi; fue condenado tres veces tras su muerte. A mi ayudante, que en paz descanse, le gustaba ser el primero en contárselo sobre su tumba: “Ay, Sheme, o sea que todavía no saldrás este otoño. ¿Te has enterado? Te han caído diez años más. ¿Qué pasa que ni ahí donde estás puedes quedarte tranquilo?

-En estos casos, ¿había una notificación oficial, como por ejemplo una lectura de la nueva condena a pie de tumba?

-No, no, no se hacían comedias de este tipo. Hoy día la gente puede ir explicando lo que le venga en gana, pero esta cárcel era una institución seria.

Una última pregunta. Si más tarde se descubría la acción culpable de un enemigo del régimen ya muerto y que, como el resto de la gente, se estaba pudriendo en el cementerio municipal, ¿el reglamento preveía que su cuerpo fuera exhumado para hacerle purgar la pena aquí?

-No, nunca oí hablar de un caso así. Ya se lo he dicho, señores, esto era una institución seria.

divendres, 12 de setembre del 2008

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Un fragment

Fa pocs dies, al meu bloc llibres llegits, vaig incloure un post parlant de la novel·la o, més ben dit, sèrie de set novel·les d'Alvaro Mutis, Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero.

Vull postejar ací, per fer-vos les dents llargues, i animar-vos a llegir-lo sencer, un fragment de l'últim llibre: Tríptico de Mar y Tierra:

RAZON VERÍDICA DE LOS ENCUENTROS Y COMPLICIDADES DE MAQROLL EL GAVIERO CON EL PINTOR ALEJANDRO OBREGÓN

Estaba en Madrid, saboreando un fino en el bar del Hotel Wellington, un lugar que siempre me ha gustado y donde me hospedaba en tiempos mejores para estar cerca del parque del Retiro, cuyo amable sosiego finisecular ejerce en mí una acción sedante y evocadora. Me hallaba abstraído descubriendo en el borde de las cosas esa luz dorada de la tarde madrileña que deja todo como suspendido en el aire. Una vez más, pude constatar que estaba en la que fue frontera de Al-Andalus.

De repente, un brazo de hierro me apresó por la espalda y, sin conseguir hablar, quedé inmovilizado. El roce en la nuca de unos grandes mostachos a la Franz-Joseph me denunció al agresor: «¿Qué carajos haces aquí?», dijo mientras me soltaba y yo me volvía para confirmar mi sospecha. Era Alejandro Obregón. «No tenía ni puta idea de que estabas en Madrid», me reclamó, mientras se sentaba a mi lado y ordenaba también un fino. Sus ojos azul pizarra me escrutaban con esa curiosidad propia de nuestros amigos pintores para descubrir en los demás el paso del tiempo. Hacía cinco o seis años que no nos veíamos. Allí estaba Alejandro, macizo, intenso, tratando de romper, con el mayor pudor posible, su trabada timidez de los primeros instantes del encuentro; rasgo que fue uno de los signos más constantes y conmovedores de nuestra larga relación. Obregón, es bueno saberlo, escondía, detrás de varias capas de camaján que a nadie convencían, a uno de los hombres con mejores maneras que recuerdo haber tratado.

Poco después llegaron algunos amigos de Alejandro, entre los cuales estaba el torero Pepe Dominguín. La conversación se hizo general y caímos en el tema del día: la muerte de un joven torero, en plena gloria, que acababa de ser cogido en un pueblo andaluz. Alejandro y su esposa salían para Colombia a la medianoche. Carmen y yo estábamos llegando y preparábamos nuestro segundo viaje a Galicia para visitar al Apóstol. Al margen de la charla deshilvanada y más bien insulsa, natural entre personas que acaban de conocerse, Alejandro y yo tratábamos de ponernos al día en nuestros asuntos, en la vieja y siempre renovada corriente común de recuerdos, experiencias y afectos que nos une hace ya tantos años. Imposible. El tema de los toros seguía imperando con agobiante insistencia. De repente, por una palabra que dejó caer en un breve silencio del grupo, me di cuenta de que quería comunicarme algo sin ninguna relación con lo que allí se hablaba. Esta certeza se fue haciendo cada vez más aguda. Por fin, nos pusimos de pie. casi simultáneamente y, pidiendo permiso a los presentes nos pasamos a otra mesa. Sin preámbulos, Obregón me explicó:

-Mira lo que son las cosas, desde hace semanas me urge hablar contigo y nunca imaginé que pudiera ser tan pronto. Tengo que contarte algo que te va a interesar muchísimo: solo a nosotros nos pasan estas vainas. Escúchame con cuidado que la historia es larga y no te puedes perder detalle. Te vas a quedar de una pieza: hace ya casi un año me encontré en Cartagena con un conocido tuyo, un tipo inolvidable sobre el que has escrito cosas que antes me parecían extrañas y ahora creo que te quedaste corto. Ya adivinaste de quién se trata, ¿verdad? Estuve con Maqroll el Gaviero.

Debo confesar que entre todas las posibles combinaciones del azar con las que especulo a menudo, nunca se me había ocurrido que tal encuentro pudiera acontecer. Pero, ahora que Obregón me lo contaba, me pareció, de repente, algo absolutamente lógico y previsible. Sólo me extrañó que no hubiera sucedido antes. En un instante se me presentó con evidencia la suma de rasgos comunes que unía a los dos personajes y las abismales diferencias que los separaban. Todo esto se lo dije atropelladamente, mientras me escrutaba entre inquisidor y sonriente, con esa mirada celeste que, cuando se fijaba con atención se tornaba ligeramente violeta y distante. Nos quedaban aún un par de horas para estar juntos y, olvidando con escasa cortesía a nuestros compañeros de la otra mesa y a nuestras esposas que nos observaban divertidas e intrigadas, nos sumimos por entero en la historia de un encuentro que, en cierta forma, venía a completar el diseño en espiral de nuestras vidas. Relatar el episodio en las palabras mismas de Obregón supondría perderse en complicados médanos de interjecciones descomunales, de balbuceos indescifrables y de comentarios subordinados que terminaban en carcajadas homéricas. Corriendo el riesgo de que el asunto pierda mucho de su colorido y sabor, me resigno a transcribirlo en forma que el lector pueda seguirlo.

Una madrugada, Obregón llevó a una pareja de invitados suyos al hotel donde se hospedaban en Cartagena. Pensar en un taxi era francamente ingenuo y el marido se había excedido en sus brindis de ron Tres Esquinas hasta el punto de no poder valerse por sí mismo. La esposa, una panameña mitad hindú y mitad irlandesa, se había lanzado a confidencias un tanto escabrosas sobre su pasado de corista en Bremen. Alejandro los subió a su Land Rover, con esa paciencia que sólo los bebedores serios saben tener con quienes no lo son, y los depositó, pasablemente refrescados, en el hall del hotel. Al regreso, transitando por una calle mal iluminada y de no muy buena fama por su cercanía a la zona de tolerancia, vio a dos hombres atacando a un tercero que cojeaba notoriamente y se defendía con la torpeza de quien se halla en franca desventaja. Alejandro detuvo el jeep frente al grupo y le dirigió las luces plenas. Descendió dispuesto a librar al hombre de sus agresores pero éstos, al ver quién se les venía encima con una fuerza de toro empacada en los gestos y facciones de un oficial de la Viena imperial, huyeron hasta perderse en la oscuridad de los callejones aledaños. Obregón subió al hombre a su auto y, sin saber por qué, le habló en francés preguntándole por la dirección donde deseaba ir. Éste le contestó en el mismo idioma explicándole que viajaba en un buque tanque, ahora anclado en el muelle y que, al salir de un burdel de mala muerte, lo habían seguido dos rufianes ofreciendo cambiarle dólares con un índice sospechosamente ventajoso.

-Pero no sé -terminó diciéndome- por qué hablamos en francés. Hace tanto que hablo español que he llegado a pensar que es mi propia lengua -en seguida le propuso a Alejandro ir en busca de algún bar abierto para beber un trago juntos. Obregón le explicó que ya no había nada abierto y lo invitó a su casa. Allí podrían esperar la mañana ya que era inútil pensar en dormir a esas horas. El otro aceptó encantado y se presentó esbozando una curiosa sonrisa que para nada venía a cuento:

-Me llamo Maqroll, Maqroll el Gaviero.

Obregón se quedó mirándolo con la sospecha de que le tomaba el pelo, pero el hombre continuó sonriendo.

-Pues yo lo conozco a usted –repuso Alejandro-. Su nombre me es familiar. Un viejo amigo mío ha contado algunos episodios de su vida en libros que andan por ahí con más bien poca fortuna pero que a mí me divierten.

Obregón se presentó a su vez. Cuando explicó que era pintor el otro se alzó de hombros con resignada aceptación como diciendo: “Es lo que me faltaba”. Maqroll subió con cierta dificultad las empinadas escaleras que dan al primer piso de la casona ubicada en la calle de la Factoría. “Sufro aún las consecuencias de una picadura de araña que casi me seca la pierna. Ya la tenía cerrada pero ahora, al defenderme de estos tipos, algo se resintió de nuevo”.

Con el primer ron empezó a fluir el diálogo entre estos dos viejos lobos de la aventura, de los esquinazos de la vida y del viejo oficio de la ternura humana.

Alejandro no recordaba muy bien por cuáles vericuetos se fueron desgranando las confidencias, pero lo que sí tenía muy presente era que, de pronto, Maqroll empezó a hablarle de los gatos de Estambul. Solidario con este interés de su huésped y viejo convencido del secreto saber de estos felinos, Obregón escuchaba con esa atención que despierta el alcohol entre quienes saben negociar con él y fijarle sus condiciones.

-Los gatos de Estambul -explicó el Gaviero- son de una sabiduría absoluta. Controlan por completo la vida de la ciudad, pero lo hacen de manera tan prudente y sigilosa que los habitantes no se han percatado aún del fenómeno. Esto debe venir desde Constantinopla y el Imperio de Oriente. Voy a decirle por qué: yo he estudiado meticulosamente los itinerarios que siguen los gatos, partiendo del puerto, y siempre recorren, sin jamás cambiar de rumbo, los que fueron los límites del palacio imperial. Éstos no existen ya en forma evidente, porque los turcos han construido casas y abierto calles en lo que antes era el espacio sagrado de los ungidos por la Theotokos. Los gatos, sin embargo, conocen esos límites por instinto y cada noche los recorren entrando y saliendo de las construcciones levantadas por los infieles. Luego suben hasta el final del Cuerno de Oro y descansan un rato en las ruinas del palacio de las Blaquernas. Al amanecer regresan al puerto para tomar cuenta de los barcos que han llegado y verificar la partida de los que dejan los muelles. Ahora bien, lo inquietante es que si usted lleva un gato de otro país y lo suelta en el puerto de Estambul, esa misma noche el recién venido hace, sin vacilación, el recorrido ritual. Esto quiere decir que los gatos del mundo entero guardan en su prodigiosa memoria los planos de la augusta capital de Comnenos y Paleólogos. Esto no he querido confiárselo a nadie porque la imbecilidad de la gente es inconmensurable y hay secretos que no merecen que les sean dichos. Pero mi familiaridad con los gatos de Estambul va más allá. Siempre que llego allí, me están esperando algunos viejos amigos de la familia felina y desde el instante en que piso tierra, hasta cuando subo la escalerilla para partir, me siguen a todas partes. Dos de ellos responden a nombres que les he dado, son Orifiel y Miruz. Sería largo contarle los rincones que estos dos amigos me han revelado, pero puedo decirle que cada uno está íntimamente relacionado con la historia de Bizancio. Le puedo enumerar algunos: el sitio donde fue torturado Andrónico Comneno; el lugar donde cayó muerto el último emperador, Constantino IX Paleólogo, la casa donde Zoé, la emperatriz, era poseída por un sajón al que le había mandado sacar los ojos; el lugar donde los monjes de la Santísima Trinidad definieron la doctrina que no se nombra y se cortaron la lengua unos a otros para no revelar el secreto; el lugar en donde pasó una noche de penitencia Constantino el Coprónimo por haber abrigado deseos impuros del cuerpo de su madre; el sitio donde los mercenarios germanos hacían el juramento secreto que los ligaba a sus dioses; el lugar donde amarró el primer trirreme veneciano que trajo la peste álgica; así podría enumerarle muchos otros refugios del alma secreta de la ciudad, que me fueron revelados por mis dos compañeros felinos.

Obregón entendió como nadie este interés del Gaviero por los gatos y, a su vez, le comunicó algunos de los prodigios que había presenciado en Cartagena, protagonizados por gatos que ocasionalmente visitaban su taller. Entre ellos, el gato romano que se puso frenético el día en que el pintor empezó a dibujar en la tela un ángel que le daba la espalda al visitante y, luego, el gato que daba extraños saltos y volteretas cuando se le mencionaba el nombre del arzobispo virrey Caballero y Góngora. Al llegar la mañana, la amistad entre los dos recién conocidos se había hecho tan estrecha como si se hubiesen encontrado hacía muchos años. Maqroll preparó un café como para marino al que le espera un muy duro cuarto de guardia y se lo bebieron lentamente, sin hablar mayor cosa. El descenso de las escaleras fue aún más premioso para el Gaviero que la subida. Se despidieron en la puerta. Maqroll no quiso que Alejandro le llevara al puerto en su vehículo.

-Ya tendrá noticias mías -le dijo al despedirse-. Antes de que zarpe el barco vendré por aquí para que hablemos, un poco más -y se alejó renqueando en busca de un taxi. El pintor quedó absorto en la meditación sobre las cosas que le suceden a los hombres cuando saben ser fieles al arduo tejido de una amistad verdadera.

Aquí interrumpí a mi amigo para comentarle que las últimas noticias que tenía de nuestro común camarada no eran muy tranquilizadoras. No sé qué insensata aventura emprendió río arriba y había acabado metido en problemas con el ejército, conflicto que logró salvar gracias a la providencial intervención de una embajada del Medio Oriente y a la simpatía que despertó en un miembro de la inteligencia militar, quien consintió en pasar una esponja sobre el caso. Pero mis sorpresas de esa tarde en el bar del Wellington no iban a terminar. Obregón, cruzando los brazos sobre el pecho, en un gesto muy suyo cuando iba a manifestar algo que le concernía profundamente, me dijo:

-No, si ahí no terminó el asunto. Acabamos navegando juntos en un viaje delirante entre Curazao y Cartagena.

Ante mi expresión de sorpresa, condescendió en contarme el episodio con lujo de detalles. Aún quedaba tiempo antes de partir a Barajas. Nuestras esposas habían subido a las habitaciones para pasar revista a las compras hechas en Madrid. Pepe Dominguín y su grupo se habían esfumado discretamente. Seguimos fieles al fino que comenzaba a proporcionarnos esa sabia tibieza en donde todo resbala con un ritmo de califato omeya.

Antes de zarpar de Cartagena, el Gaviero pasó por la casa de Obregón para despedirse. Se había creado entre ellos esa complicidad de quienes han sometido la vida a pruebas poco comunes y conocen, mejor que los demás, los ocultos resortes que mueven el incierto mecanismo que los inocentes llaman azar. Consumieron un par de botellas del ron sin color que Obregón solía comparar, a mi juicio un tanto a la ligera, con el vodka, y volvieron a repasar la historia de los gatos de Estambul. Alejandro le espetó su cuento de los alcatraces que perdieron el rumbo. Maqroll dejó pasar el asunto sabiendo que se las estaba viendo con alguien a quien bien podía haberle sucedido tal cosa y agregó dos historias de gaviotas igualmente improbables. Se despidieron con la promesa de darse mutuamente noticias de sus andanzas de tiempo en tiempo. Pasaron varios meses y Alejandro tenía ya catalogado su encuentro con el Gaviero entre las cosas inopinadas que poblaban su pasado, cuando volvió a encontrarlo, otra vez por casualidad, en Curazao. Andaba buscando un restaurante donde almorzar que se saliera del sempiterno menú chino de tan horripilante como fraudulenta monotonía. Le indicaron un sitio de especialidades indonesias y, al entrar, tropezó en el bar de manos a boca con el Gaviero que trataba de corregir, con adiciones improbables, un Old Fashioned que no acababa de convencerlo. Se saludaron como si se hubieran visto el día anterior y resolvieron arriesgarse por los arrecifes de una carta de cocina malaya un tanto improvisada. No comieron ni la mitad de los platos y se pasaron al Bourbon con ginger-ale para no seguir a tientas por la venerable vía de la embriaguez. Fue entonces cuando Maqroll el Gaviero le hizo a mi amigo la tentadora invitación que por poco cambia para siempre su destino de pintor.

-Venga conmigo -le dijo- al Lisselotte Elsberger. Es el buque tanque del que soy contramaestre. Regresamos por Aruba y, de allí, a Cartagena. Le aseguro que se va a divertir. El capitán, prusiano de estirpe, es un antiguo comandante de submarino de la Primera Guerra Mundial, nació en Kiel y le falta una pierna. La perdió en la batalla de Skaggerak. Posee un inventario inagotable de historias del mar y algunas de tierra nada edificantes. Si usted tiene que volver a Cartagena, nada le impide acompañarnos. Obregón no dudó un instante en aceptar la propuesta y, tras pasar por el hotel para recoger su ropa y dos cajas de pinturas holandesas que había comprado en Curazao, partió hacia los muelles con el Gaviero. Allí esperaba el Lisselotte Elsberger, urgido de una mano de pintura. Subieron a bordo pero no pudieron ver al capitán porque estaba durmiendo una siesta que no parecía llegar a término jamás. En el camarote del Gaviero había una litera disponible donde acomodó Alejandro sus cosas. Salieron a cubierta y comenzaron a pasearse de un extremo a otro tratando de no prestar mucha atención al olor de combustible que infestaba el ambiente.

-Cuando zarpemos la cosa se hará más tolerable con ayuda de la brisa -comentó Maqroll, sin querer insistir mucho al respecto. Obregón le explicó que el olor de las pinturas y de los solventes lo había acompañado gran parte de su vida. La gasolina no ofrecía una diferencia mayor. Al caer la tarde, el capitán apareció en cubierta. Era un gigante de dos metros que manejaba con soltura su pierna ortopédica y hablaba con ligero acento tudesco todos los idiomas de la Tierra. En su cara caballuna y lampiña de oficial del káiser mantenía una sonrisa entre condescendiente y cansada que le daba un aire eclesiástico. Era en sus ojos en donde se concentraba la ardua malicia de mil experiencias, transgresiones, componendas, olvidos y recuerdos meticulosamente almacenados. Tenían un vago color café y se movían en perpetua inquietud entre una mata de cejas en desorden y unas largas pestañas levemente femeninas. Sin detenerse jamás en un punto fijo, parecían pasar de continuo revista a los seres y a las cosas que examinaban con febril interés. Se llamaba Karl van Choltitz y decía ser primo lejano del general nazi que pretendió haber salvado en el último momento a París de volar por los aires. Después de algunas frases de circunstancia, el capitán pidió permiso a Obregón para llevarse a Maqroll. Comenzaban las maniobras para zarpar. El barco iba cargado hasta casi cubrir la línea de flotación y el asunto requería de mucho cuidado. Obregón se quedó en cubierta viendo el atardecer en Curazao y preguntándose a qué horas se le había ocurrido aceptar una invitación tan disparatada. Pero su viejo instinto de no interferir en los indescifrables decretos del destino le permitió contemplar la invasión de la noche que comenzaba a disolver una abigarrada fiesta de colores que iban desde el rojo sangre hasta el más delicado naranja. Recordó los paisajes de las cajas de galletas Huntley Palmers que conociera de niño en el Berlín anterior al nazismo. El viaje se inició sin contratiempo alguno. El barco se deslizaba con lenta somnolencia por las aguas de un mar en calma. El toque de una campana lo despertó a la realidad y vio a Maqroll que le hacía señas desde el puente de mando para que subiera a cenar en la cabina del capitán.

Nada más carente de un detalle personal e íntimo que el camarote del capitán Van Choltitz. Ningún retrato de familia, ninguna vista de su ciudad natal, ningún objeto que le trajera memorias del pasado. Dos viejos mapas del Caribe y una carta de señales era todo lo que colgaba de las paredes. Esto produjo a Obregón una singular inquietud; era como un vacío externo que reflejaba otro interior y sin fondo en un alma que había hecho tabla rasa del pasado. Pero lo que más le atrajo la atención fue ver en la pequeña mesa donde se servían los alimentos un gran bow! de plata vienesa rodeado por obedientes bandejas, también de plata, en donde se ordenaban apetitosos bocadillos de pan negro, con las más exquisitas especies de salmón, arenques, caviar, trucha ahumada, atún y lenguas de erizo. El capitán indicó a sus invitados los asientos que les correspondían y procedió a una ceremonia que aumentó aún más el asombro de Alejandro. Destapó una botella de champagne francés de una marca de gran prestigio y comenzó a verterla en el bow! mientras, con la otra mano, vertía al mismo tiempo una botella de cerveza lager alemana. Terminada ésta siguió con una segunda hasta acabar al mismo tiempo con el champagne. Acto seguido repartió vasos de cristal con las asas en forma de alas heráldicas e invitó a beber con gesto cortés de junker típico. Maqroll hizo a su amigo una seña para indicarle que ésta era ceremonia habitual que no debía extrañarle. Y así comenzó una larga noche de remembranzas y anécdotas en donde cada uno trajo a cuento lo mejor de su repertorio. El bow! era renovado regularmente por el capitán, quien no daba muestras de cansancio y, menos aún, de embriaguez. Se fueron a la cama con las primeras luces del alba. Al día siguiente, a eso de las once de la mañana, se reanudó la ceremonia que se prolongó hasta caer la tarde y volvió a iniciarse, entrada ya la noche, tras cumplir varias tareas propias del servicio. Ninguno de los presentes daba, como es obvio, muestras de ebriedad.

Cuatro días consecutivos de este tratamiento consolidaron notablemente las afinidades y coincidencias que estaban antes latentes entre Obregón y el Gaviero e hicieron revivir en Von Choltitz días mejores de su carrera de marino. El capitán, en la euforia de las largas sesiones de nostalgia y bebida, terminó por invitar a Obregón a que los acompañara durante el lapso de un contrato de dos años en aguas del Mediterráneo, transportando combustible desde Argelia hasta Córcega. Alejandro pasó la noche en vela coqueteando con la propuesta. Llegaron a Aruba y allí el Lisselotte Elsberger pasó un día cargando gasolina de aviación destinada a Cartagena. El trío, ya fundido en una misma atmósfera de evocaciones y rudas pruebas de resistencia al deletéreo coctel del junker, ni siquiera se molestó en bajar a tierra. Cuando atracaron en el muelle de Mamonal, en Cartagena, Alejandro, en un momento de lucidez y aspirina, consiguió declinar cortésmente la oferta de Von Choltziz.

Mientras aquél balbuceaba complejas disculpas, el Gaviero asentía levemente con la cabeza aprobando la decisión de su amigo cuya pintura había aprendido a admirar, sintiéndola curiosamente cercana porque le revelaba zonas abismales de su propia conciencia. Acompañó a Obregón hasta su casa y allí se despidieron luego de liquidar una botella de ron de las islas que habían comprado en Curazao. «Cuando le dije que te conocía desde hace muchos años -me explicó Alejandro al terminar su relato- me recomendó que, si te veía, te comunicara sus saludos y te dijera que está en mora de enviarte algunos papeles en donde cuenta ciertos episodios, hasta ahora poco conocidos por ti, sobre su vida de minero en la cordillera. Me dijo también que nunca ha acabado de entender tu interés en sus andanzas, que él encuentra más bien oscuras, rutinarias y harto comunes. Así me dijo».

En esto llegó la esposa de Alejandro para anunciar que si no salían de inmediato, corrían el riesgo de perder el avión; Obregón se quedó un momento absorto, mirando a esa distancia indeterminada y desoladora en la que solía refugiarse cuando la vida se le venía encima con exigencias para él inaceptables, pero a las que sabía resignarse con una sabiduría de rabino medieval, herencia de sus ancestros catalanes. Nos despedimos con el estrecho abrazo de siempre.

Como era de esperarse, esta revelación de Alejandro sobre su encuentro con Maqroll el Gaviero iba a tener secuelas que no podían tardar en manifestarse. Dos personajes de perfiles tan acusados y fuera de lo común no se cruzan en la vida sin dejar tras de sí una cauda de planetas en desorden. Meses después de nuestro encuentro en el bar del Wellingron, recibí en casa un abultado sobre con timbres de Manila. Contenía una relación minuciosa pero caprichosamente aderezada de algunos episodios de la vida de gambusino del Gaviero y una larga carta en donde me ponía al corriente de su actual paradero y de las habituales desventuras de su vida errante e impredecible. En dos extensos párrafos de la misiva mencionaba a Alejandro. No resisto a la tentación de transcribirlos porque complementan y enriquecen notablemente la historia de esta amistad en la que me toca, como siempre tratándose de Maqroll, el papel, más bien ingrato, de simple intermediario. El primer fragmento decía como sigue:

«( ... ) Por lo que decidí permanecer por un tiempo en Kuala Lumpur. Me alojé en casa de una fabricante de inciensos funerales y aromas destinados a ceremonias religiosas. La mujer no dejó de despertarme una inmediata curiosidad. Me había puesto en contacto con ella un maquinista de tranvía de Singapore con el que yo mantenía una relación cordial que se desarrollaba en dos planos bien diferentes: tomábamos vino de palma con ajenjo en un bar clandestino de las afueras de la ciudad, adonde iban a menudo turistas inglesas y escandinavas en busca de sensaciones exóticas. No sé si quedaba satisfecha su curiosidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que nuestra apetencia de relación con mujeres de raza blanca sí resultaba ampliamente colmada. Mucho tiempo de estar en continuo contacto con asiáticas suele causar una especie de empacho que termina en la frialdad. Por otra parte, Malaca Jack -que tal era su nombre- solía recogerme cuando pasaba conduciendo su tranvía. Me invitaba entonces a subir a su lado para charlar un rato mientras cumplía su trayecto de rutina. Era un conversador inagotable, conocía los más recónditos secretos de la ciudad y de sus gentes y el paseo se convertía en una experiencia divertida y aleccionadora en extremo. Malaca Jack me recomendó que fuera a ver, de su parte, a Khalitan, la vendedora de inciensos, cuando le conté que iba a Kuala Lumpur para un improbable negocio con madera de teca que me había propuesto un portugués, dudoso y escurridizo, que respondía al nombre, más incierto aún, de Fernando Ferreira de Loanda. La mujer resultó, también, una conocedora inagotable de la vida y milagros de sus paisanos, gente secreta si las hay y con peligrosos repliegues de carácter que más vale conocer bien antes de tratar con ellos. Acabamos, como era de esperarse, en la cama, en donde siempre hablaba un dialecto malayo y no conseguía articular palabra alguna en ninguno de los idiomas que mascullaba con relativa fluidez. Un día en que regresaba de un suntuoso funeral destinado al capo multimillonario de una mafia de contrabandistas de joyas arqueológicas, me contó que, en medio del humo del incienso de las interminables ceremonias propiciatorias vio aparecer la cara de un blanco de ojos azules y poblados bigotes que se prolongaban en unas patillas rojizas de artillero. El hombre aparecía y desaparecía entre la espesa humareda funeral al tiempo que lanzaba las más descabelladas y brutales imprecaciones en inglés y en algo que se parecía al español pero que también recordaba al francés. "Me pareció que pronunciaba tu nombre -me explicó Khalitan, entre intrigada y burlona- pero cuando me le acerqué salió dando saltos como exorcizado". Le pedí de inmediato que me llevara al lugar del sepelio para buscar por los alrededores al personaje de marras. Algo me decía que se trataba de alguien bien conocido por mí. Esos ojos azules, esos mostachos y patillas a la Franz-]oseph y las interjecciones en inglés y en catalán -idioma que mi amiga no pudo identificar pero describió en forma más o menos comprensible- no podían ser sino de una persona. Khalitan se negó, al principio, a acceder a mis ruegos. La idea le parecía absurda. Habían pasado ya varias horas de terminada la ceremonia y el barrio era una zona de grandes quintas pretenciosas, parques abandonados y ninguna vida comercial. Insistí hasta convencerla y partimos al lugar. Era tal como me lo había descrito: desoladas avenidas cubiertas por grandes árboles que daban una sombra perpetua y húmeda, verjas interminables enmarcando jardines semisalvajes y, al fondo de éstos, mansiones de los estilos más insólitos y delirantes: colonial del sur de los Estados Unidos, tudor con tejados en declive que esperaban una nevada inconcebible en ese horno de los trópicos, californiano español, arábigo hollywoodense y art déco maculado por la lluvia y las resinas que chorreaban de la opulenta vegetación. Recorrimos varias calles, todas idénticas, en la destartalada carretela de la perfumista, quien trataba de acelerar el paso del paciente y escéptico burro que tiraba del carro con una falta de convicción desesperante. “Sólo a ti se te ocurre –me increpó-, Gaviero insensato. Aquí no vamos a poder encontrar ni a tu amigo ni a nadie vivo. Yo quisiera saber qué vas a explicarle a la primera patrulla de policía que nos detenga".

»No habían transcurrido cinco minutos de la fatal premonición de Khalitan cuando, en efecto, nos detuvo un viejo Ford con los colores verde y oro de la policía. Pero, en lugar de hacernos pregunta alguna, los agentes abrieron la portezuela y dejaron salir, como muñeco de una caja de sorpresas, a un energúmeno con el rostro pintado con tierras rojas y azules, colores propios, en Kuala Lumpur, de los asistentes a una ceremonia fúnebre, y que gritaba a voz en cuello: "¡Cullons, nano, Maqroll de mierda! ¿Me vas a dejar en manos de estos amarillos que huelen a pescado podrido?". Tal como lo temí, se trataba de Alejandro Obregón, que se había quedado allí, en un cambio de aviones. La razón del accidente lo pintaba de cuerpo entero: trató de enamorar a una enfermera bengalí que esperaba, resignada, en el bar del aeropuerto, la llegada del avión de Air India. Obregón subió a la carretela. Le presenté a mi amiga, explicándole en qué se ganaba la vida. "¡Perfecto! -comentó Alejandro-. Nada más apropiado ni más justo. Yo quiero que queme para mí esas esencias porque producen unos colores maravillosos". Ya había tenido oportunidad de explicarle a Khalitan quién era Obregón, cómo nos habíamos conocido en Cartagena y nuestro viaje posterior en el Lisselotte Elsberger. Sin embargo, ella lo observaba con el asombro pintado en el rostro. Mi amigo, con esa galantería de dandy que le salía a veces, no pudo menos de arriesgar una explicación que resultó aún más insólita: "Mira, niña -le dijo-, cuando vi pasar el cortejo frente a las oficinas de Air France, donde estaba tratando de arreglar mi pasaje, no pude menos de seguirlo y dejar todo para más tarde. El color de los trajes de los oficiantes y de los tonos de rojo, verde y naranja de tus inciensos me dejaron deslumbrado. Una cosa que se cumple en medio de esos colores no puede suceder sin obligarnos a acompañar el cortejo hasta las últimas consecuencias. Me pinté la cara con las tierras ofrecidas por una niña que caminaba al pie de la viuda y me mezclé con los deudos repitiendo los gestos que veía hacer a mi lado. De vez en cuando, un hombre con una máscara de sapo, pintada con manchas azafrán y azul celeste, se me acercaba y me hacía beber una especie de guarapo con sabor a canela y a sándalo. Acabé en una borrachera fenomenal, pero creo que todos estábamos en las mismas. Como había recibido una postal de Maqroll enviada desde esta ciudad, me dediqué a invocarlo en todos los idiomas que conozco. Cuando terminó el funeral, me quedé dormido debajo de un enorme mango que oculta casi por completo la entrada a la casa del difunto. Allí me recogió la policía. ¡Qué tipos! Son de una crueldad de reptil manso peligrosísima. Bueno, ya ves, la cosa resultó y aquí estoy”. Como ya dije, esta explicación, en vez de tranquilizar a mi amiga, la dejó aún más desconcertada. Entretanto llegamos a casa y con hospitalidad absolutamente espontánea, que no admitía ninguna réplica, Khalitan instaló a Obregón en un cuarto que daba al corredor trasero y que pendía peligrosamente sobre un canal de aguas inmóviles transitado, de vez en cuando, por canoas cargdas de flores y frutos de colores inverosímiles. Con igual naturalidad Obregón ocupó el lugar después de que recogimos su equipaje en la oficina de Air France en el aeropuerto.

»La vida de nuestro amigo en Kuala Lumpur estuvo salpicada de los más variados episodios. Pero la mayor parte del tiempo se la pasaba pintando. Había puesto en el corredor un improvisado caballete y se proveyó de telas que él mismo puso en bastidores de maderas semipreciosas adquiridas por Khalitan en el mercado. Algo quisiera decirle ahora sobre la pintura de Alejandro. Bien sabe usted que estoy muy lejos de ser un experto en esa materia, pero siento una tal cercanía hacia el mundo que esos cuadros recrean, que pienso no ser importuno, dado el interés que usted ha mostrado por este Gaviero trashumante de vida tan encontrada.

»La pintura de Obregón está relacionada con otro mundo, por completo distinto de este que habitamos. Transcribe una realidad creada por él desde no imagino cuáles vericuetos de su alma. Es una pintura angélica, pero de ángeles del sexto día de la creación. Llevo siempre conmigo un pequeño apunte suyo al óleo sobre cartón que pintó en la noche estrellada y húmeda de Aruba. Representa una silla vista desde un ángulo inesperado. Pero la silla, a su vez, nada tiene que ver con lo que nosotros estamos acostumbrados a llamar así. Es, para repetirlo, una silla de otro mundo. En ese sentido le digo que es una pintura angélica. Los cuadros que hizo en Kuala Lumpur –que después naufragaron todos en el golfo de Aden, en un carguero que se fue a pique al chocar con una mina escapada de alguna base naval- me dejaron alucinado por mucho tiempo. Es más, aún sueño a menudo con ellos. Tenían todos los elementos de ese ámbito entre tropical y exquisito, entre barroco y decadente, que hace del paisaje de Kuala Lumpur un sitio irrepetible. Pero, al mismo tiempo, ningun trazo en los cuadros copiaba la realidad circundante. Obregón simplemente había registrado en su memoria ciertas esencias, colores y volúmenes y los transpuso a ese mundo suyo, particular y único, donde comenzaron a vivir una nueva existencia. Khalitan se extasiaba mirándolo pintar y me comentaba luego en voz baja: "Creo que reza'. Una noche la sorprendí quemando alrededor de los cuadros incienso destinado a las ceremonias de la recolección. Desperté a Alejandro y lo llevé a ver la escena. No mostró una brizna siquiera de asombro. Le pareció lo más natural del mundo. "Va a quemar toda la casa, con nosotros adentro”, le comenté al oído. ¡Qué bueno –repuso él-, sería magnífico!". Lo conduje prudentemente a la cama. En sus ojos de gato del Ensanche barcelonés brillaba un destello que me puso los pelos de punta. Estuvimos a punto de terminar en una pira funeraria. Hay otro aspecto de la pintura de Alejandro que me intriga sobremanera y usted, que lo conoció tanto y asistió a su primera exposición, seguramente me podría decir si es algo que ya estaba presente en sus primeros cuadros: cuando Obregón pinta personas, también estos seres tienen una especie de inocencia peligrosa, una sensualidad anterior a la sensualidad -otra vez lo angélico, pero con modificaciones de un refinado heretismo- que nos deja la impresión de haber penetrado sin permiso en un mundo que nos está vedado. Cuando vi algunos de sus autorretratos, la noche en que nos conocimos, tuve el primer aviso de que me encontraba ante alguien fuera de lo común, ante un visionario señalado por vaya a saberse qué dioses corroídos por la plaga. En esos lienzos estaba la persona que me hablaba y que me había librado de unos rufianes, pero, al mismo tiempo, me miraba desde el cuadro un ser por completo extraño al original, que tenía algo que decir, que seguramente estaba a punto de decirlo cuando quedó fijado en la tela, pero había regresado a refugiarse en un silencio que nos salvaba, a nosotros mortales, de una experiencia indecible. Bueno, me estoy enredando en esta descripción de algo que usted conoce mucho mejor que yo y sobre lo cual, seguramente, podrá hablar con muchísima más propiedad.

»Pasaron varios meses. El asunto de la teca quedó en veremos porque el supuesto socio portugués prefirió establecer en Brasil una fábrica de jabones y me dejó con el despecho de haber perdido el negocio de mi vida. Estoy tan familiarizado con esa experiencia, que de inmediato aplico los antídotos correspondientes y sigo mi errancia. Decidí viajar a Chipre, donde me esperaban pruebas y empresas sobre las cuales ya le he hablado anteriormente. Para entonces, Khalitan y Alejandro habían establecido una relación que, lejos de mortificarme, me permitía partir sin culpa alguna, feliz de saber que nuestro hombre iba a conocer un mundo en donde lo esotérico se aunaba sabiamente a un erotismo espontáneo y con mucho de propiciatorio».

El segundo fragmento sobre Obregón de la extensa misiva de Maqroll el Gaviero aparece al final de ésta; es más corto que el anterior. Irrumpe sin previo aviso, en medio de otros incidentes al parecer ajenos al tema. Dice:

«Llegué a Vancouver en un guardacostas de la Armada canadiense que nos salvó milagrosamente, minutos después de hundirse el maldito barco cargado de pieles apestosas, conducido por un capitán y un contramaestre que de seguro tenían pacto con el demonio para hacernos la vida imposible. Sin papeles, sin dinero, lo primero que se me ocurrió fue pedir hospedaje en el Refugio del Marino, institución de caridad que proporciona lo indispensable mientras los navegantes en condiciones como la mía consiguen enderezar su suerte. Como usted conoce muy bien cuál es mi estado en orden a papeles y documentos y lo precarios que han sido éstos, cuando he logrado conseguirlos, merced a expedientes sobre los cuales mejor es guardar silencio, se dará cuenta de mi condición en la Columbia Británica, donde se acercaba un invierno anunciado como el más inclemente en los últimos cincuenta años. En el Refugio me obsequiaron alguna ropa más abrigada que la que yo traía, que sacaron de un armario en donde se guardaban las prendas de los marinos muertos allí. En esas trazas me lancé a la calle sin saber muy bien qué hacer. Como no estoy registrado en ninguno de los archivos de la marina mercante que existen en el mundo, ni hay en consulado alguno noticia mía, comprenderá mi ansiedad por encontrar alguna salida antes de los treinta días de plazo que las autoridades de migración me concedieron al desembarcar.

»Así pasó una semana y cada día se me cerraba más el horizonte, De pronto, resolví un día ir al consulado de Colombia y enviar desde allí un S.O.S. a mi amigo Alejandro Obregón. ¿Por qué se me ocurrió precisamente él y no otro de los escasos pero fieles y firmes amigos que tengo dispersos por el mundo? "Porque así son las vainas, carajo", me explicó Alejandro cuando le hice la pregunta. Desde el consulado enviaron a Cartagena mi llamada de auxilio y de allí contestaron que Obregón se hallaba en San Francisco presentando una exposición de pintura. Se alojaba en el Hotel Francis Drake. Tratándose de nuestro amigo, me pareció apenas lógico que hubiera escogido un sitio con ese nombre. En el mismo consulado me permitieron comunicarme con el pintor, a quien le expuse en forma sucinta mi situación. Se limitó a contestar. "¡Mierda! Voy para allá. No se me pierda. Déjeme hablar con el cónsu1." Le pasé la bocina al cónsul quien, mientras escuchaba a Obregón, me miraba con curiosidad y desconfianza. Terminó de hablar y sacando del cajón de su prehistórico escritorio unos billetes, me los alcanzó diciendo: "El maestro me pide que le dé esto para que vaya pasando hasta cuando él llegue; creo que viene el sábado próximo". Le manifesté mi gratitud, en este caso absolutamente sincera y hasta conmovida, a lo cual sólo se le ocurrió comentarme: "No se preocupe, señor, tranquilo. Tratándose de alguien como el maestro Obregón, uno no puede negarle nada, por extraño que parezca". Di media vuelta y salí tratando de digerir, sin que se afectara mi serenidad, la oculta reserva que esas palabras encerraban. La vida me ha enseñado a cumplir con ese rito en forma casi refleja e impersonal. Mi facha, además, no debía ser de las más recomendables. No había visitado aún al barbero y las ropas que llevaba denunciaban a leguas que la talla del difunto era mucho mayor.

»Alejandro llegó como lo había prometido. Irrumpió con esa calurosa disposición que constituía uno de los signos constantes de su carácter, temperado, como siempre, por un pudor de buena raza y un prurito de respeto inflexible por la intimidad ajena. Traía, además, un pasaporte de una pequeña república del Caribe adornado con una fotografía que mostraba algunos de mis rasgos escondidos por una barba de ballenero. "Va a tener que dejarse la barba, Gaviero. Menos mal que va bien adelantado", me comentó muerto de risa mientras nos tomábamos un whisky canadiense, flojo y perfumado, que tratamos de hacer llevadero mezclándolo con ginger-ale. Allí me contó cómo habían terminado las cosas en Kuala Lumpur. "Salí de aquello sin mayor pena. La relación con su amiga se me convirtió en una especie de misa violeta envuelta en todos los aromas de la ortodoxia budista. Bueno, no sé si esa vaina sería budismo. Lo que sea. Pero cuando abrí la maleta en Roma, adonde llegué en vuelo sin escalas, olía lo mismo que el difunto aquel del entierro que nos reunió".

»Pasamos a otra cosa. Se me ocurrió preguntarle qué estaba pintando ahora. Lo que me dijo es imposible de olvidar pero estuvo tan lleno de interjecciones que, al transcribirlo sin ellas, me da la impresión de estar traicionando a nuestro amigo. Esto fue lo que me dijo Obregón, en estas o parecidas palabras:

"Mire, Gaviero, la vaina de la pintura es muy sencilla ... pero muy complicada también. Se reduce a esto: hay que andar siempre con la verdad. Así como en la vida, en el cuadro sólo cabe la verdad. Ahí el cuadro se juega la carta de la inmortalidad. Mentir es falsificar la vida, es decir: morirse. ¿Está claro? Bueno. Ahora viene el problema de los colores. Hay que estar a toda hora seguro de que uno, el pintor, es quien los maneja, quien los ordena. Quien los crea, pues, para no ir muy lejos. Pero ellos también hacen la fiesta por su cuenta. Cuando se juntan y se convierten en un nuevo color es una gozadera que nadie puede imaginarse. Pero siempre, no se le olvide, siempre, mandando uno. Con el pincel o la espátula en la mano, sin temblar, sin titubear, con la seguridad de ser el dueño y señor de ese reino. Al arco iris hay que mandarlo al carajo. Jamás rendirle cuentas, o el cuadro se pierde, naufraga en un mar de babas. Mire, con el arco iris y todo ese cuento hay que hacer lo que yo hice hace muchos años con una bandada de alcatraces que venían en formación volando muy bajo. Creo que ya se lo conté. Estaba en la playa, cuando los vi venir. Dibujé con un palo una flecha enorme en la arena, que apuntaba en dirección contraria a la que traían los bichos. Cuando vieron la flecha se volvieron como tembos; daban vueltas encima de mí, rompieron la formación y, al rato, volvieron a reunirse y se largaron en la dirección que indicaba la flecha que hice en la arena, o sea, la contraria a la que traían. Así es el cuento con la pintura: uno marca el destino de los colores y de la composición, del orden en que deben ir los elementos del cuadro. Ya sé, se dice fácil; pero así debe ser. Pero mire, Gaviero, si es la misma cosa que todas las vainas que le pasan a uno en la vida. Lo que uno no controla se vuelve siempre en contra nuestra. Lo que ocurre es que la gente no entiende esto. Bueno, la gente, usted sabe, la gente no sirve para gran cosa. Nada me fastidia más que la gente. Un poeta de mi tierra, que hubiera sido un muy buen amigo suyo y compañero ideal en el trasiego de los más densos alcoholes y de las tabernas más inverosímiles, decía: '¡Ah las intonsas gentes siempre dando opiniones!'. Bueno, pero eso es otra historia. Volvamos a la pintura. Quedamos, entonces, en que lo que pinto, todo lo que he pintado en mi vida, hasta el dibujo más simple, todo es verdad y nada más que la verdad. Y a mí lo único que me interesa, además, es que quienes vean el cuadro tengan de inmediato esa certeza. Ahora, lo importante es aprender a ver, llegar a saber ver, ver todo: las cosas, las personas, el cielo, los montes, el mar y sus criaturas. Todo lo que vemos esconde siempre una parte, la deja en la sombra. Allí hay que llegar, iluminar, descubrir, descifrar. Nada puede quedar oculto. Lo sé: es mucho pedir. Pero no hay otro remedio. El mar, por ejemplo; usted que lo ha transitado tanto y lo conoce tan bien. El mar es lo más importante que hay en el mundo. Hay que saber verlo, seguir sus cambios de humor, escucharlo, olerlo. ¿Sabe por qué? Por algo muy simple que todos creen saber pero creo que no acaban de entenderlo a fondo: porque allí nació la vida, de allí salimos y una parte nuestra siempre estará sumergida allá entre las algas y las profundidades en tinieblas. Ahora ya casi estoy listo para emprender un viejo sueño que me ha perseguido desde hace años: pintar el viento. Sí, no ponga esa cara. Pintar el viento, pero no el que pasa por los árboles ni el que empuja las olas y mece las faldas de las muchachas. No, quiero pintar el viento que entra por una ventana y sale por otra, así, sin más. El viento que no deja huella, ése tan parecido a nosotros, a nuestra tarea de vivir, a lo que no tiene nombre y se nos va de entre las manos sin saber cómo. El viento que usted, como Gaviero, ha visto venir tantas veces hacia las velas y a menudo cambia de rumbo y nunca llega. Ése es el que vaya pintar. Nadie lo ha hecho todavía. Yo lo voy a hacer. Ya verá. Es cosa de saberlo sorprender en el preciso instante en que su paso no tiene duda posible. Para eso, lo sé, hay que saber mirar, ya se lo dije; mirar el lado oculto de las cosas. Con el viento es lo mismo y lo que en verdad yo sé hacer es eso: mirar, mirar hasta no ser uno mismo. Bueno, ¡qué carajo! Ya me perdí otra vez, pero creo que usted me entiende, Maqroll, porque si no me entiende estamos jodidos". Le contesté que sí lo entendía y que, si bien me parecía todo muy claro, por otra parte esa manera de ver la vida suponía una exigencia, un ascetismo, una vigilancia muy difíciles de sostener en todo momento. "No hay otro remedio, Gaviero, no hay otro remedio, así es esa vaina".

»Estábamos en un bar cuyo dueño, un griego de cejas espesas y aspecto malhumorado, había insistido en encajarnos un ouzo infecto que rechazamos sin contemplaciones a cambio del whisky canadiense en las rocas. El hombre nos miraba con altanera sospecha, lo que no podía menos de causarnos gracia ya que el sitio se veía bien poco recomendable y los tratos que en las otras mesas se llevaban a cabo, entre gentes de las más variadas nacionalidades, tenían cara de todo menos de honestos. "Es que somos inocentes -comentó Obregón-o inocentes en el sentido en que los rusos usan la palabra, o sea: desvelados servidores de la verdad. Y ésa es la condición más sospechosa que hay para la gente. Por eso, aquí, somos gente de cuidado". El griego retiró la mirada de nosotros y simuló enfrascarse en los vasos que lavaba con parsimonia ficticia. Dos días más estuvimos recorriendo lugares del puerto no mejores que el mencionado. Obregón regresó a San Francisco sin siquiera permitirme expresarle mi gratitud. Con un gesto terminante de su mano cancelaba todo intento mío en ese sentido. Lo acompañé al aeropuerto y nos despedimos con un estrecho abrazo. En ese momento tenía los ojos de un gris acerado, el tono celeste había desaparecido. Lo interpreté como un signo de ternura reciamente controlada. Al día siguiente me embarqué rumbo al sur en un carguero que iba hasta Valdivia. Una avería en el radar nos obligó a detenernos en el puerto de Los Ángeles ... ».

Hasta aquí las noticias del Gaviero sobre sus encuentros con Alejandro Obregón, el pintor.

Todo esto pasó hace mucho tiempo. Hoy, la vida de los tres ha cambiado por completo. De Maqroll el Gaviero hace años que nada sé; muchas versiones corren sobre su muerte, ninguna confirmada. Como no es la primera vez que esto sucede, aún solemos sus amigos indagar sobre noticias suyas. Alejandro Obregón murió en su casa de Cartagena, casa de pirata retirado que huele a pintura y a disolventes y desde cuya terraza se puede ver un mar inverosímil que aún nos hace esperar los galeones. Yo, en México, trato de dejar alguna huella en la memoria de mis amigos, mediante el truco de narrar las gestas y tribulaciones del Gaviero. Poca cosa creo conseguir por ese camino pero ya ningún otro se me propone transitable.

Sin embargo, un rumor ha venido circulando hace mucho tiempo, sobre el cual no quise ahondar, por miedo quizás de encontrarme, al final, con una de esas sorpresas a las que nos tiene acostumbrados Maqroll y que desembocan en la nada. Pero, ahora, de repente, al narrar estos encuentros del Gaviero con Obregón, empezó a trabajarme la mente la conseja que había olvidado y busqué el escrito de otro amigo entrañable que completa el cuarteto -me refiero a Gabriel García Márquez-, donde recoge parte de la noticia en cuestión. Ésta consistía en decir que fue Obregón quien encontró en la ciénaga el cadáver del Gaviero cuando éste se perdió allí con Flor Estévez y, al parecer, murieron de sed y hambre buscando la salida de los esteros. Veamos lo que relataba Gabo:

«Hace muchos años, un amigo le pidió a Alejandro Obregón que lo ayudara a buscar el cuerpo del patrón de su bote que se había ahogado al atardecer mientras pescaban sábalos de veinte libras en la Ciénaga Grande. Ambos recorrieron durante toda la noche aquel inmenso paraíso de aguas marchitas, explorando sus recodos menos pensados con luces de cazadores, siguiendo la deriva de objetos flotantes que suelen conducir a los pozos donde se quedan a dormir los ahogados. De pronto, Obregón lo vio: estaba sumergido hasta la coronilla, casi sentado dentro del agua, y lo único que flotaba en la superficie eran las hierbas errantes de su cabellera. "Parecía una medusa", me dijo Obregón. Agarró el mazo de pelos con las dos manos, y con su fuerza descomunal de pintor de toros y tempestades sacó al ahogado entero con los ojos abiertos, enorme, chorreando lodo de anémonas y mantarrayas, y lo tiró como un sábalo muerto en el fondo del bote ... ».

En la deleitable y eficaz prosa de Gabriel, algo se insinuaba, trataba de salir a flote por entre los datos que para nada coincidían con la pretendida desaparición del Gaviero en los esteros de la Ciénaga Grande: la pesca de sábalo, el hecho de que el muerto no fuese también el dueño de la barca, y la mención de un bote, palabra que bien pudiera aplicarse a la barca de quilla plana en donde se perdió Maqroll pero que no era la indicada y esto en Gabo es inconcebible. Todos estos datos venían a perturbar, a desvirtuar, más bien, la conclusión a la que no era tan descabellado llegar, de que el ahogado era Maqroll.

Pero, a mi vez, en el poema en prosa que aparece en Caravansary, menciono una lancha del resguardo que descubre el planchón con los dos cadáveres, lancha que venía mencionada en la versión que me llegó sobre esta muerte del Gaviero. Como además de ser el inmenso escritor que sabemos Gabo también se precia, y con razón, de ser muy buen periodista, hay que pensar en que los datos que refiere fueron, en su momento, verificados por él. Lo primero que hice, como es obvio, fue interrogar a Obregón sobre mis dudas. Se limitó a sonreír entre divertido y ausente y empezó a hablar de otra cosa. Me temo que las historias que sobre él propagábamos sus amigos, lejos de hacerle gracia, las sentía como una distorsión abusiva de su intimidad.

Así las cosas y, como es costumbre cuando se trata del Gaviero, la verdad se nos escapa de entre las manos como un pez que se evade. Pero nadie nos puede quitar la idea de que, si en efecto el cadáver rescatado en los esteros por Obregón era el de Maqroll, su compañero y cómplice de Cartagena, Curazao, Kuala Lumpur y Vancouver, la historia se cierra con una hermosa precisión que no suele ser común en la vida de los hombres. Conociendo a los dos protagonistas como los conozco, este final se ajusta tan bellamente a su carácter y al encontrado diseño de sus días sobre la Tierra, que no puedo menos de mencionarlo aquí, desde luego sin avalarlo como cierto, pero tampoco negándolo enfáticamente. Los artistas y los aventureros suelen hilvanar de antemano su fin de manera tal que jamás pueda ser claramente descifrado por sus semejantes. Es un privilegio que les pertenece desde Orfeo el taumaturgo y el ingenioso Ulises u Odiseo.